¿Fintas en el primer round?

¿Prevén ambos colosos desangrarse en una espiral confrontativa o se trata sólo de fintas dirigidas a encarar una negociación global de su agenda bilateral?

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador (*)

 

Se asiste a las refriegas previsibles de la ofensiva comercial de Estados Unidos (EE.UU.) contra la República Popular China (RPC). Resulta difícil vislumbrar si el Gobierno de Donald Trump intenta desplegar una estrategia negociadora desde una posición de dureza o comienza un combate a diez asaltos entre “pesos pesado”.

 

Las sanciones desconciertan, al articularse como “preludio a una serie de negociaciones”. Trump manifestó que ve a China “como un amigo, que nos está ayudando mucho en Corea” y anticipó “conversaciones”. Señaló haber dialogado con el presidente Xi Jinping, confirmando el Ministerio de Comercio chino los contactos, sin precisiones.

 

Tras los elogios, Trump denunció “la agresión económica china”, promulgando medidas punitivas contra la importación de sus productos por valor de hasta “60.000 millones de dólares”, para frenar la “competencia desleal” y el “robo” de propiedad intelectual -estimado en US$ 48.000 millones por el “Representante de la Oficina de Comercio Exterior” (USTR)- que dispone ahora de 15 días para evaluar 1.000 posiciones arancelarias a ser penalizadas, abriéndose un período posterior para comentarios de 30 días.

 

También Trump expresó voluntad de “un acuerdo” que permita la reducción “inmediata” del déficit comercial bilateral en US$ 100.000 millones, recordando la impugnación de la RPC como economía de mercado, aspecto aún sin zanjar en la Organización Mundial del Comercio (OMC).

 

El anuncio impone aranceles del 25% sobre productos originarios de China, equivalentes al 0,25% de su PIB, sustentados en presuntos abusos a las empresas inversoras estadounidenses, apoyo a “hackers” y ataques cibernéticos, así como robo de secretos tecnológicos. Ante la nueva fase de política industrial de la RPC -dirigida a dominar campos cruciales del conocimiento futuro-, EE.UU. pretende proteger sectores de avanzada en los que mantienen primacía, por lo que a las sanciones comerciales seguiría el bloqueo de inversiones chinas en empresas domésticas de alta tecnología.

 

Washington alega que las empresas de EE.UU. son forzadas a conceder –sin costo ni compensación– tecnología, patentes y propiedad intelectual para poder operar en China, “competencia desleal” que amerita contramedidas, debiendo el secretario del Tesoro formular en dos meses recomendaciones dirigidas a restringir la inversión de empresas chinas en EE.UU.

 

Tanto las penalidades comerciales como de inversión apuntarán a diez industrias que integran el programa denominado “Made in China 2025”, que incluye robótica, inteligencia artificial, actividad aeroespacial, defensa y equipamiento para la salud, sectores en los que según el USTR la RPC pretende impulsar “campeones nacionales” capaces de acrecentar su poder económico y militar hasta alcanzar el dominio tecnológico mundial.

 

¿Es el país así caracterizado el “amigo” que visualiza Trump? EE.UU. importaron en 2017 mercancías de China por US$ 506.000 millones (18% del total de sus ventas externas) y exportaron hacia la RPC por US$ 131.000 millones (8%), surgiendo el déficit de US$ 375.000 millones, parcialmente compensado por U$S 38.000 millones de superávit en servicios.

 

Un avance del conflicto teóricamente afectaría mayormente a la RPC, perjudicando los aranceles punitorios asimismo a países aliados de los EE.UU. en el sudeste asiático –Corea y Taiwán entre otros– proveedores de componentes electrónicos que la industria china integra en sus productos finales. También desalentarán la inversión extranjera en la RPC ante las limitaciones para exportar, afectando en menor medida a empresas chinas que dependen crecientemente de su mercado interno.

 

En retaliación, la RPC anticipó aranceles del 15% al 25% sobre 128 líneas arancelarias, acorde los niveles impuestos al acero y aluminio en EE.UU. Incluirían 80 variedades de frutas, frutos secos, vinos, etanol, carne porcina, aluminio reciclado y tubos de acero sin costura. Dichos productos concentraron, en 2017, US$ 3.000 millones –apenas 2% del total de importaciones desde EE.UU.–, valor moderado que impulsó al ministro de Comercio a advertir que “China no teme en absoluto una guerra comercial”, por lo que “defenderá sus intereses legítimos con todas las medidas necesarias”, sin haber anticipado ninguna por el momento.

 

El sector agrícola –liderado por US$14.000 millones de soja al año– podría sufrir un endurecimiento en las inspecciones para el ingreso de alimentos al país, práctica habitual de la RPC para presionar a sus socios comerciales. La provisión de aviones Boeing por US$ 38.000 millones podría verse relegada, mientras la no adhesión de la RPC al “Acuerdo sobre Compras Públicas” de la OMC privaría a EE.UU. de un mercado estimado en casi US$ 500.000 millones.

 

Ambos países han anunciado acciones ante la OMC. La RPC alega que EE.UU. abusan de los “remedios” previstos contra presuntas prácticas desleales, debilitando así al sistema multilateral. Así, rechaza sostener negociaciones en el marco de investigaciones originadas en la Sección 301 de la Ley de Comercio Exterior, ni cualquier otra legislación unilateral, al haberse abolido la denominada “claúsula de fundador” que permitía -previo al Acuerdo de Marrakech- continuar aplicando legislación propia en materia de política comercial, criterio que desaparece con la creación de la OMC.

 

EE.UU. ha solicitado consultas respecto de “medidas relativas a protección de derechos de propiedad intelectual”, que la RPC negaría a los titulares de patentes. Demostrar bajo el “Acuerdo sobre los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio” (ADPIC) que la cesión de tecnología por una empresa en el marco de un régimen de inversión extranjera constituya un “robo” de propiedad intelectual no resultará fácil, porque la OMC no regula las inversiones. Nadie ignora las prácticas “informales” chinas respecto de los inversores, aunque si las empresas aceptaron dichos aportes como costos para beneficiarse de su acceso al mercado de la RPC tal caso resultará aún más complejo, pudiendo requerir años de litigio.

 

Como anticipo, el espectro de una guerra comercial entre ambos gigantes sacudió los mercados de valores desde Shanghai hasta Wall Street. ¿Prevén ambos colosos desangrarse en una espiral confrontativa, o se trata sólo de fintas dirigidas a encarar una negociación global de su agenda bilateral? Probablemente asistamos a rounds electrizantes, sin poder evitar que algunas gotas de sangre salpiquen a los que observamos desde el ringside.

 

(*) Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen a la institución en la cual se desempeña.

 

 

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