El fetichismo de la apertura comercial

Los países que se desarrollaron utilizaron (y siguen utilizando) políticas que contradicen las recetas clásicas de librecambio y apertura comercial

 

Por Martín Alfie Radar Consultora

 

Las recetas mágicas pocas veces funcionan en la economía. El planteo abstracto de “integrarnos al mundo” como solución inequívoca al problema de competitividad local deja entrever cierto fetichismo de la apertura, que podría llevar nuevamente por caminos simplistas y equivocados. Desde ya, el otro extremo (“cerrar la economía”) tampoco es conducente. La riqueza está en los grises.

 

En líneas generales, la apertura comercial o la protección no deberían ser objetivos en sí mismos, sino herramientas de política enmarcadas en una estrategia de desarrollo productivo. Una inserción inteligente en las Cadenas Globales de Valor (CGV) va de la mano de una política de administración del comercio exterior.

 

Economistas como Dani Rodrik o Ha-Joon Chang demostraron que los países que se desarrollaron utilizaron –y siguen utilizando– políticas que contradicen las recetas clásicas de librecambio y apertura comercial. Son varios los ejemplos que muestran que los equilibrios de mercado en el comercio internacional no son siempre socialmente óptimos. México y sus pobres resultados en términos sociales es el principal caso.

 

De hecho, la administración del comercio exterior ha sido una política utilizada en prácticamente la totalidad de los procesos de desarrollo, tanto en los tempranos (desde los aranceles de Gran Bretaña a las importaciones textiles de los Países Bajos) hasta los más tardíos (los Tigres Asiáticos y China). Si bien el alto grado de integración de las cadenas productivas obliga a repensar las formas de intervención estatal en este campo, esta herramienta sigue siendo potente y necesaria.

 

Inclusive si se acepta que en ciertos sectores lo mejor es avanzar hacia una estrategia de mayor apertura relativa, es probable que los resultados en materia de empleo sean negativos para una franja importante de la población. La literatura muestra que no está garantizado que los puestos de trabajo que se destruirían en este escenario sean absorbidos por los sectores “ganadores”.

 

UNA INSERCIÓN INTELIGENTE EN LAS CADENAS GLOBALES DE VALOR VA DE LA MANO DE UNA POLÍTICA DE ADMINISTRACIÓN DEL COMERCIO EXTERIOR

 

Las políticas para hacer frente a esa situación como redes de contención y reentrenamiento de la fuerza laboral, por ahora, son de bajo alcance. El Programa de Transformación Productiva del Ministerio de Producción, según las últimas informaciones disponibles, alcanzó apenas a 200 empresas inscriptas en 15 meses de funcionamiento. En su primer año, el Plan 111.000 que busca formar ese número de programadores, logró apenas 700 egresados.

 

Las políticas sectoriales para mejorar la competitividad de la industria manufacturera son insuficientes. Los planes sectoriales oficiales para ciertas ramas como la automotriz (“Plan 1 Millón”) o la confección no poseen herramientas concretas, sino que son más bien un conjunto de metas y declaraciones de intenciones. Para otras, simplemente no hay. Políticas interesantes como el desarrollo de proveedores de insumos y equipamiento para energías renovables ocupan un espacio menor.

 

El escenario macro tampoco es favorable para el sector industrial: el crecimiento de la actividad es débil, la señal del tipo de cambio es poco clara (y, por lo menos hasta hace dos meses, con una tendencia a la apreciación) y el costo de financiamiento es elevado. El mundo tampoco ayuda: más allá de la recuperación de Brasil, el crecimiento de los principales socios comerciales dista de ser el de principios de siglo.

 

En síntesis, la discusión sobre la política comercial debería estar enmarcada en un debate más integral sobre la estrategia de desarrollo. En un contexto de ausencia de un rumbo claro en materia productiva, la apertura comercial parece ser más un canto de sirena que una vía hacia el desarrollo.

 

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