El puente

Si hay algo en que los argentinos no podemos ponernos de acuerdo es acerca del pasado: caos identitario y grieta nos condicionan de manera extraordinaria

 

Por Carlos Leyba

 

Si hay algo en que los argentinos no podemos ponernos de acuerdo es acerca del pasado. Héroes y villanos dibujan un pasado en el que ora somos víctimas, ora  victimarios. Y si nosotros no lo somos, entonces lo son nuestros héroes. Que da igual.

 

Esas grietas parten nuestra Historia sin solución a la vista. Mucho más si se agrega la grieta a esa condición que, según Tomás Abraham, nos hizo “el único país del mundo que tuvo una avalancha inmigratoria en los niveles que registró Argentina y eso provocó un caos identitario” (entrevista en La Nación). Identidad. Nación. Hogar común. Al decir de José Ortega y Gasset, “la Nación es un proyecto sugestivo de vida en común”. Caos identitario y grieta, dos problemas que, sustentados en el pasado, nos condicionan de manera extraordinaria.

 

Las heridas, las grietas, se curan con azúcar y la sal las revive. Son pocos, mínimos, los que han echado azúcar en la grieta del presente y muchos, muchísimos, los que esparcen sal en ella. De ambos lados, unos desde arriba, los del poder cuando lo tienen y otros desde abajo, cuando desalojados.

 

Sin embargo, un hecho protocolar de los últimos días ha sido una cucharada de azúcar levemente esparcida que debemos celebrar. Se trata sólo un acto, no una corriente, apenas un ejemplo. Pero  una demostración de que algo es posible a pesar que, con el mero transcurso del tiempo, si nada hacemos el azúcar se torna más y más improbable. La grieta es acumulativa.

 

El envase de este hecho es  una carta a Francisco al cumplirse cinco años de su pontificado. El contenido es la firma de un documento redactado en común de personas con responsabilidades y trayectorias procedentes de ambos lados de la grieta y un mensaje poderoso: “Gracias por lo que has hecho y hacés” “sabemos (que tu visita) se producirá cuando sientas que es el mejor momento y confiamos en vos” “te acompañamos con cariño y confianza”.

 

Lo que importa es el gesto y el coraje de María Eugenia Vidal acompañada de Verónica Magario; Esteban Bullrich junto a Juan Grabois; Gabriela Michetti con Pablo Moyano; Pino Solanas y Jaime Campos, presidente de la Asociación Empresaria Argentina (AEA); Hugo Yasky,  Juan Carlos Schmid, Héctor Daer, entre otros muchos dirigentes políticos, sindicales, empresariales que confluyeron con los valores que el Papa sostiene y testimonia. Una carta plural dirigida a un  líder moral universal condenado aquí, día tras día, por una campaña difamatoria diseñada por estrategas de la política oficial.

 

En ese marco hay que destacar la decisión de dirigentes del PRO de compartir un reconocimiento a Francisco. Valioso. Valiente.

 

La medida del valor y la valentía es que, al tiempo que ellos gestaban esta esperanza con esa carta de sentir y sentido común, la usina mediática de la Jefatura de Gabinete, por ejemplo, mediante la apasionada obediencia debida del periodista Alfredo Leuco, contaminaba el ambiente con su mensaje de odio y difamación especialmente preparado para el quinto aniversario del papado. Claro que la ignorancia no es pecado.

 

La carta fue azúcar para la herida. ¿Por qué la herida? Póngalo del derecho o del revés, la grieta, el desamor, el conflicto son hijos inevitables de una economía estancada y crecientemente injusta, que enferma a la sociedad toda. Sálvese quién pueda. Fuga de capitales. Estancamiento. Crecimiento escandaloso de la pobreza.

 

Podemos tratar de escaparnos de ese contexto repitiendo en el vacío frases más que huecas: “lo peor ya pasó” o “hace siete trimestres que crecemos”. ¿Vale algo?

 

La fuga continúa a US$ 20.000 millones anuales. El mismo ritmo al que empujaba el desastre de Cristina Elisabet Fernández hacia fuera del sistema financiero nacional.

 

La pobreza, ¿no es acaso lo peor? ¿Qué importa un punto de porcentaje menos, cuando la inmensa mayoría de los pobres
arrastran generaciones viviendo en esa condición? No es cierto que lo peor pasó porque la pobreza escandalosa esta aquí y ahora y golpea la puerta hace años.

 

El PIB por habitante está hoy en los niveles de 2011. No es cierto que crecemos. Tal vez recuperamos. Es algo.

 

¿Qué relación hay entre la grieta presente y el estancamiento de largo plazo de nuestra economía? En otros términos ¿cuándo comenzó la decadencia? El concepto de decadencia tiene sentido, sí y sólo si, en la memoria existe un tiempo previo de progreso. ¿Cuándo se detuvo?

 

Ese es uno de los ejes de nuestro profundo desacuerdo. ¿Cómo fijar la fecha de extinción del progreso?

 

Para dar mi opinión me apoyo en dos pilares, el primero es hablar de los tiempos que he vivido y el segundo, la democracia como proyecto de libertad, igualdad y fraternidad.

 

Mi tiempo fue de dictaduras y derrocamientos, de lucha armada quimérica alimentada de desprecio por la vida, y de represión genocida. También vivimos tiempos de libertad y progreso en todas las dimensiones de la vida social. Tiempos superpuestos. En esa historia no terminaron su período gobiernos constitucionales peronistas y también gobiernos constitucionales no peronistas. La Constitución no fue la regla ni siquiera desde 1983 ya que Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa no pudieron concluir sus mandatos.

 

Un indicador robusto de la decadencia es la dinámica del número de personas que viven en la pobreza medida como la medimos en nuestro país: el alcanzar o no a disponer de un mínimo de bienes. Es una medida limitada que, en todo caso, al mejorar la medición, nos llevaría a incrementar el número de afectados.

 

La igualdad o el camino hacia ella, se extravió hace 45 años. El número de argentinos en condiciones de pobreza ha crecido a la tasa de interés compuesto de 7,1% anual. El total de la población se multiplicó por 2 y el número de personas pobres por 16. Una fábrica de pobres. Incomoda recordarlo.

 

Si eliminar la pobreza, como incluso ha señalado Mauricio Macri, es la clave de “cualquier progreso”, entonces es evidente que la decadencia se desencadenó cuando la pobreza comenzó a crecer vertiginosamente, cualesquiera haya sido el proyecto económico que se haya practicado en los últimos 45 años.

 

En ese marco la “fraternidad”, el proyecto sugestivo de vida en común, se transformó en lo contrario. En su lugar  hoy la grieta social se expande. Edgard Morin, el gran pensador francés, señalaba que siendo contradictorias libertad e igualdad, la manera de sostener a las dos era el ejercicio de la fraternidad. La fraternidad es una condición necesaria de una democracia vigorosa. ¿Cómo imaginar una democracia plena sin ella? Somos muchos los que reconocemos que la sombra de la decadencia está instalada en nuestra sociedad. Somos menos los que coincidimos en un exacto momento histórico en que se terminó el progreso.

 

La grieta histórica se agiganta en el presente cuando el territorio de cada uno es definido a partir de la fecha en la que cada uno entiende en que se terminó el progreso. El pasado nos divide.

 

Y como cada etapa tiene personajes e ideas dominantes diferentes, aunque los resultados sean mas o menos los mismos, la proyección del pasado sobre el presente anula cualquier posibilidad de fraternidad.

 

Anclados en el pasado devoramos el presente y reducimos cualquier posibilidad del futuro. Y el futuro es el lugar donde vamos a vivir. Es increíble que no podamos pensar acerca de él. El pasado nos divide. El presente es la grieta. Y la gran y la única posibilidad de escapar de ella es debatir acerca de la construcción del futuro. El primer paso es pensar el presente con humildad.

 

¿Cómo estamos hoy? A pesar que Macri señala que quiere ser juzgado por la reducción de la pobreza (pero nos informa que tardará veinte años y para entonces difícilmente pueda ser juzgado) hoy el 60% de los encuestados, mayores de 16 años, considera que su gobierno beneficia a los “ricos y a las empresas”. Lo señala la última encuesta de Raúl Aragón. El 71% considera que Macri no avanza en dirección a “pobreza cero”. ¿Acaso hay un programa de la dimensión necesaria para lograrlo?

 

El 71% considera que no está trabajando para cerrar la grieta o unir a los argentinos.

 

Y –una buena– 57,3% considera que es exitosa la lucha contra el narcotráfico. Y en verdad este es un enorme logro, tanto la convicción de tantos argentinos como el fundamento de las evidencias de progreso. Y ni hablar si lo comparamos con el período anterior y sólo recordamos la “efedrina” que, como en tantas otras cuestiones, nadie tiró de la soga para cazar los peces gordos, que los hay.

 

Pero a pesar de estos desencantos, por compromisos no cumplidos, el 45% que es mucho, considera positivamente al Presidente. Un dato esperanzador para que cumpla un papel protagónico. ¿Querrá?

 

La realidad económica nos informa de una economía que este año tendrá una tasa de crecimiento menor a la informada hace apenas unos meses y la tasa de inflación, con los datos del último mes, nos informa de una resistencia a la desaceleración. En ese contexto, el BCRA ha comunicado, de manera sibilina, que finalmente retornamos al método del ancla cambiaria. ¿Todo vuelve? Otra presencia del pasado que nos ciega.

 

La única vía de escape del eterno retorno es debatir el futuro. La agenda del futuro, dada las bases de la decadencia en la que estamos instalados, tiene dos ejes principales, prioritarios y además urgentes.

 

El primero es un combate, consensuado y organizado, para terminar, aquí y ahora, con las condiciones de vida de miseria de los niños menores de 14 años. La mitad de los menores de 14 años son pobres. Es impostergable terminar con esa condición de vida. Sin ellos no hay futuro.

 

El segundo es un proceso de mega inversión reproductiva. Eso no se logra sin una política consensuada y de largo plazo para la captura de inversiones.

 

Objetivos sin enemigos. Sólo hay que consensuar el cómo para los que sobran ejemplos de éxito. Miremos cómo y qué hacen en el mundo.

 

Esos dos ejes pueden conformar el puente que permita cruzar la grieta. Francisco nos invita a crear puentes.

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