Crecimiento y avance tecnológico (parte I)

Hay muchos interrogantes acerca de las consecuencias sociales de la adopción de nuevas tecnologías en países todavía no del todo desarrollados

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

En los años ’70, el futurólogo Alvin Toffler (foto) anunciaba que la adopción de tecnologías de punta permitiría saltear la necesidad de pasar por la industrialización como trampolín al crecimiento. El título de su libro, “La Tercera Ola”, predecía que los países estaban en condiciones de transitar directamente desde una economía agrícola a una que proveyera servicios de alta tecnología. La frase que sintetizaba esta idea era “Gandhi con satélites”.

 

Su predicción resultó ser bastante poco realista. Hasta nuestros días, las transiciones de los países de ingreso mediano hacia el desarrollo siguen sin poder prescindir del intermedio industrial, y los casos de transformación del sector primario en uno de servicios (Australia o Canadá vienen a la mente) corresponden a economías que ya gozaban de cierto nivel de prosperidad al momento de encarar los cambios. La revolución informática de las últimas dos décadas no parece haber ayudado demasiado a varias naciones de ingreso medio, que siguen inmersos en una trampa de crecimiento duradera y con perspectivas poco claras. ¿Por qué sucede esto?

 

El desarrollo, para decirlo en pocas palabras, depende de un conjunto amplio de circunstancias específicas de tiempo y lugar del país en cuestión, lo que incluye cierta cuota de buena fortuna. El lugar que ocupa la adopción de tecnologías puras en esta metamorfosis todavía no ha sido identificado claramente. Las experiencias de crecimiento sostenido se han caracterizado por la identificación de estrategias relacionadas con la capacidad de crear mercados de exportación, como fue el caso de las economías del sudeste asiático y de China. En este mundo, gana lugar quien llega primero a adoptar dichas técnicas y las logra traducir con eficacia en oportunidades de negocio concretas.

 

Es claro, por otra parte, que los beneficios de productividad de las nuevas tecnologías y sus rentas (aun cuando sean transitorias), son apropiados por aquellos que tuvieron algún tipo de capacidad financiera para crear las condiciones para que el cambio técnico sucediera en primera instancia. La diseminación de estos procesos no es automática, en parte porque las patentes y los derechos de propiedad son defendidos por una legislación taxativa, pero también porque adoptar tecnologías requiere de complementariedades con otros factores productivos y de una infraestructura adecuada, propiedades de las que los países atrasados por lo general carecen. Si bien las nuevas tecnologías podrían contribuir a flexibilizar de facto algunas de estas restricciones, las dificultades de aplicabilidad a países con entornos productivos poco sofisticados persiste.

 

Es de esperar, por lo tanto, que la adopción de las tecnologías más modernas por parte de países de ingreso medio siga tropezando con las falencias estructurales que los caracteriza. Entre las dificultades que estas economías deben resolver está el inconveniente de que el crecimiento de la productividad derivado de la incorporación de la inteligencia artificial y la automatización difícilmente pueda sortear su etapa natural de apropiación monopólica. Al principio solo un grupo pequeño de firmas o emprendedores son capaces de acceder al financiamiento y a los recursos humanos necesarios para implementarla.

 

Otra contrariedad es que en la medida en que las nuevas tecnologías se incorporan a las distintas esferas productivas, los conflictos pueden hacerse sentir con más intensidad. Dado que la flexibilidad de las economías en desarrollo es naturalmente menor, las pérdidas de eficiencia durante la transición podrían no serán triviales. En países con sociedades reactivas, los conflictos corporativos y gremiales también son más exacerbados, y los riesgos sociales y políticos de modificar sustancialmente el statu quo podrían dejar algunos procesos a mitad de camino.

 

Todo esto deja planteados intensos interrogantes acerca de las consecuencias sociales de la adopción de nuevas tecnologías en países no del todo desarrollados, y también sobre cual es la mejor forma de minimizar sus costos. Intentaremos precisar estas cuestiones en próximas entregas.

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