¿Hacia el fin del esquema multilateral de la posguerra?

El Gobierno de Trump parece inclinarse decididamente por el desarme del régimen multilateral que ha regulado la posguerra

 

Por  Eduardo R. Ablin Embajador. Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen a la institución en la cual se desempeña.

 

La política exterior de Estados Unidos osciló siempre entre la expansión y apertura internacional y el resurgimiento de tendencias predominantemente aislacionistas, respondiendo a modelos nacionalistas y mercantilistas.

 

Su intervención en la Primera Guerra Mundial debe entenderse como una decisión anómala dentro de dicha tendencia. Con espíritu internacionalista, el Presidente Woodrow Wilson intentó moldear un enfoque multilateral, plasmado en el proyecto de la Liga de las Naciones, experiencia que puso a prueba la contienda entre las demandas mundiales y las domésticas. Luego de un intenso debate parlamentario y público esa iniciativa no pudo superar la cultura aislacionista del Senado, debiendo ser desechada.

 

Tras devenir en potencia hegemónica al concluir la Segunda Guerra, los Presidentes Roosevelt y Truman vieron la necesidad de contar con un sistema multilateral liderado por EE.UU, donde se pudieran englobar las políticas comerciales y de seguridad, a fin de evitar que las divergencias económicas se convirtieran en disputas bélicas. Los estrategas de postguerra atribuían gran responsabilidad a las políticas comerciales del período de entreguerras como disparadores de la segunda conflagración mundial.

 

Para evitar las experiencias vividas el nuevo esquema asignó el mantenimiento de la seguridad y paz internacionales a la “Organización de las Naciones Unidas (ONU, 1945)”, al tiempo que patrocinó el “Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT, 1947)”. Concebida originalmente una “Organización Internacional del Comercio” destinada a constituir el tercer vértice del “Esquema de Bretton Woods (1944)”, conformado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (hoy Banco Mundial), una vez más el proyecto de una entidad rectora del comercio internacional encontró un fuerte rechazo en el Congreso, debiendo ser abandonado. Ello dio impulso al GATT, el que recién logró institucionalizarse en la “Organización Mundial del Comercio (OMC,1995)”. La nueva estructura absorbió el patrimonio legal y concesional negociado en la historia del GATT, complementándolo -a instancias estadounidenses- con un complejo sistema de normas mucho más precisas y contractualmente vinculantes, incluyendo la introducción de un nuevo Esquema de Solución de Diferencias (ESD).

 

Después de convivir por 70 años con resultados imperfectos, aunque reconocidamente positivos, el Gobierno de Trump parece inclinarse decididamente por el desarme del régimen multilateral que ha regulado la posguerra. A diferencia de la Liga de las Naciones y la Organización Internacional del Comercio, rechazadas a priori, esta vez se trata de desarticular instituciones en operación, alentadas y lideradas por los EE.UU. durante largo tiempo.

 

Así, Washington celebró el retiro del Reino Unido de la Unión Europea -cuya conformación había alentado intensamente durante la segunda mitad de los años 40-, fustigó a Europa por la presunta escasa disposición a financiar la “Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN, 1949)”, vulneró históricas decisiones de la ONU al convalidar el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, se retiró de la UNESCO y amenaza con reducir en forma sustantiva el presupuesto de la propia ONU.

 

Sin embargo, el mayor embate de Washington se centra sobre la OMC, paradójicamente diseñada en 1994 para atender a la frustración estadounidense respecto del funcionamiento del GATT.

 

Ese enfoque daría lugar a un clima internacional de negocios incierto y restaría confiabilidad a la dilucidación de derechos

 

La nueva doctrina Trump acusa a varios socios comerciales de abusar, por falta de reciprocidad hacia la apertura económica de los EE.UU, del contexto legal de la OMC, y en particular de: a) ejercer prácticas comerciales desleales; b) manipular el valor de sus monedas con el objeto de mejorar su competitividad exportadora; c) amenazar con sus exportaciones -caso del acero y aluminio- la “seguridad nacional” de EE.UU. y d) no responder con equidad a disciplinas de Washington sobre estándares laborales y medioambientales, propiedad intelectual y protección de inversiones.

 

Los reclamos comerciales de Washington -en particular contra China- han sido acompañados por críticas crecientes a la OMC, anticipando la disposición a ignorar toda dilucidación de derechos que los EE.UU. juzguen contrarios a su soberanía, recurriendo a la aplicación de normas unilaterales contra los presuntos desvíos normativos de sus socios comerciales, inclusive mediante el uso de barreras simétricas contra supuestas violaciones del principio de reciprocidad. Ello implica desconocer la primacía de la normativa acordada multilateralmente, así como la autoridad de la OMC, exigiendo una reconsideración estructural de su instrumental,  incluyendo la revisión de la fortaleza contractual del ESD.

 

Bajo esta perspectiva

 

la Administración Trump parece perseguir, en forma arbitraria, un sistema global de comercio carente de normas sólidas,  sujeto a un esquema de reglas selectivo, que afirme exclusivamente sus intereses unilaterales. Dicho enfoque daría lugar a un clima internacional de negocios incierto y restaría confiabilidad a la dilucidación de derechos.

 

Tal enfoque refleja un profundo escepticismo en torno de las virtudes del Sistema Multilateral de Comercio y de los principios que guían el objetivo de promover el  crecimiento económico y la creación de empleo. Dicha desvalorización de las ventajas de una liberalización del intercambio se centra en una interpretación mercantilista de los resultados del comercio exterior a nivel tanto global como bilateral, prefiriendo la sustitución del esquema multilateral por negociaciones bilaterales que apunten a negociar concesiones específicas en los campos de interés para EE.UU.  Así, el Gobierno de Trump parece orientarse a renegociar los acuerdos comerciales multilaterales que no se sometan a sus términos de referencia, o en su defecto retirarse de los mismos. Si tensiones futuras resultaran en su  eventual retiro de la OMC el esquema de post-guerra habrá cerrado un ciclo, cuyo impacto sobre la seguridad  internacional resulta prematuro vislumbrar, y el mundo deberá buscar refugio en otras ideas.

 

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