El Estado a la defensiva

La ausencia de una estrategia de desarrollo ha generado un Estado “a la defensiva” que trata de enmendar el error de no haber generado incentivos a la inversión ni empleo

 

Por Carlos Leyba

 

La tasa de inflación rondó el 25% en 2017. La estrategia de la tasa de interés para combatir la inflación, equivocada o no desde el punto de vista teórico, ha sido decididamente cara (cuasi fiscal ) e inútil (mucho costo y poco beneficio).

 

Ni menos inflación, ni menos pobres, ni más PBI por habitante.

 

Los conceptos

 

Volvamos a la inflación.  Es cierto que el peso de los precios regulados sobre los promedios (y sobre la cadena de ajustes que corren por la Matriz Insumo- Producto) anula cualquier “calma inducida” en la inflación núcleo.

 

Pero es no menos cierto que, con precios inflexibles a la baja, los cambios en los precios relativos presionan los promedios al alza y estos presionan las expectativas hacia arriba y provocan reajustes preventivos.

 

Los “fiscalistas duros”, aquellos que entienden que la madre del borrego es el “enorme gasto público” y los “fiscalistas blandos”, aquellos que entienden que la madre del borrego es el déficit, coinciden en que primero hay que acabar con los “subsidios económicos”. Pero ese cambio en los precios relativos es una presión que golpea la inflación núcleo.

 

La economía es un sistema. La conferencia de prensa de Federico S., N. Dujovne y L. Caputo dejó afuera  a los ministros de Energía y Transporte. Esas ausencias marcan la negación del enfoque sistémico en la política de estabilización y en la política económica. Problema central de la concepción PRO.

 

Recordemos que esos ajustes (transporte), o liberaciones (combustibles), son más inflación excepto un desplome monumental del consumo lo que es absolutamente improbable.

 

Ante la resistencia inflacionaria, los “fiscalistas duros” han retomado la iniciativa. Gozan del entusiasmo de algunos economistas que encajan como anillo al dedo en el “teorema de Baglini”: en el llano se comen los niños crudos y cuando alcanzan las alturas, en las que ven el precipicio, reculan.

 

Ellos  sostienen que el problema es el tamaño del Estado que, en nuestro país, no es mayor al de muchos países europeos. Demandan achique ya.

 

Los voluminosos estados europeos proveen bienes públicos en cantidad y calidad que fortalecen el consenso acerca del sistema: educación, salud, seguridad, infraestructura pública, transferencias por equidad social y por equidad de desarrollo territorial y así.

 

Los tributos y el financiamiento a largo plazo del gasto, a tasas de interés iguales o menores que la tasa de crecimiento, hacen de esos Estados promotores del bienestar que sus políticas de pleno empleo sostienen. No es nuestro caso.

 

Aquí ha crecido el gasto sobre el PIB, pero no ha logrado ni el financiamiento vía tributos ni tampoco vía financiamiento a tasas consistentes con nuestro crecimiento.

 

La clave es que ese gasto público es incapaz de brindar educación – la privatización crece sostenidamente-; salud – es enorme la atención privada, lo es la sindicalizada -; seguridad – es gigantesco el ejército privado- y nada ha logrado en materia de transferencias para la equidad regional del desarrollo. Imaginemos nada más las condiciones de vida promedio en el Chaco y en la Ciudad de Buenos Aires.

 

Las distancias regionales, la inequidad social, se acrecientan al mismo ritmo que la privatización de la prestación de los que consideramos bienes públicos y al ritmo del aumento del gasto público.

 

El indicador que lo esclarece todo es que el porcentaje de personas que viven en condiciones de pobreza hace que uno de cada 3 de nosotros sea pobre. Una tendencia de largo plazo. Esa es la estructura de nuestra sociedad.

 

Nuestro gasto público no es anómalo o “malo” por su tamaño, sino por lo que “no hace”. No hace lo que tiene qué hacer. ¿Qué hace tamaño Estado?

 

Como la política no cumple con la función elemental de cualquier gobierno, que es la de crear condiciones para el trabajo productivo, se ha concentrado en sostener un mínimo de vida, para decirlo de alguna manera, mediante un sistema de pagos de transferencia (becas, planes, subsidios directos) y una masa enorme de empleados públicos. Si ni siquiera hiciera eso, ¿cómo estaríamos hoy? Lo aclaro: peor.

 

En muchos municipios los salarios se pagan con demora, bajando otras partidas de gasto para poder pagarlos, se pagan con anticipos de impuestos pedidos a las empresas del territorio. Pan para hoy y hambre para mañana.

 

Para atrás

 

La ausencia de una estrategia de desarrollo, que es un bien público que el Estado debe proveer y no provee hace 40 años, ha generado un Estado “a la defensiva”.

 

Un Estado que, con su gasto, trata de enmendar el error (y evitar males mayores) de no haber logrado generar incentivos a la inversión productiva y por lo tanto no haber logrado generar empleo. Un Estado a la “defensiva” y desfinanciado, no ofrece las mejores perspectivas.

 

Cualquiera sea el sistema público, de gasto y tributario, con reformas o sin ellas, sin una economía dominada por inversiones reproductivas, que implican empleo y productividad, estará sometido a la tendencia al déficit.

 

Primero, por carencia de recursos y después, por el aumento de gastos destinados a sostener la vida de millones de personas a las que, la carencia de empleo, les impide subsistir sin esas ayudas públicas, transferencias, que agotan la capacidad del Estado para hacer todo aquello que, al privatizarse, termina aumentando la exclusión.

 

Un Estado “a la defensiva” es un Estado “paralizado” ante la frontera de la exclusión social.

 

La propuesta de reducir el gasto, a lo pavote, para que se achique su peso sobre el PIB –más allá de los fenómenos sociales críticos en un país que, con ese gasto, tiene 14 millones de personas en la pobreza– implica, en una primera iteración, una caída del PIB que – paradójicamente – lo más probable es que haría aumentar el peso del gasto sobre el PIB. No es el camino.

 

Estamos en una encerrona propia de la decadencia. Una decadencia que, medida por la tasa de crecimiento de la pobreza y por la debilidad de la tasa de crecimiento del PIB, comenzó en 1975 y que -medida por la violencia y la violación de los derechos humanos- también comenzó en esos años. Hay quienes ponen el comienzo del declive más atrás. No podremos acordar sobre el pasado. Tal vez sea esa una de las características del desacuerdo nacional.

 

Pero nos queda la posibilidad de acordar sobre el futuro.

 

Claro que no queda demasiado tiempo para lograrlo. El gradualismo en la búsqueda del consenso de estrategia de largo plazo, a esta altura, es un crimen.

 

El año comenzó con estos datos: ni menos inflación, ni menos pobres, ni más PIB por habitante.

 

Sin más PIB por habitante será difícil reducir la pobreza y bajar la inflación. Más PIB y más productividad forman la plataforma más sólida para sostener la lucha contra la pobreza y la inflación. ¿Cómo hacerlo?

 

Necesitamos, antes que nada, un acuerdo básico para poner al asador todos los incentivos (los hay) para promover un shock de inversiones reproductivas capaces de generar empleo y reequilibrar la geografía productiva.

 

También necesitamos acordar que no hay incentivo posible a la inversión reproductiva que funcione con este nivel real del tipo de cambio. Y no existe un tipo de cambio de incentivo, compatible con la estabilidad social, sin retenciones a los productos básicos de exportación.

 

Nuestra estructura productiva es dos velocidades. Tenemos un sector primario con la mayor productividad del planeta. Y un proceso de destrucción de la industria desde hace 40 años. No podemos no tenerlo en cuenta.

 

Nuestra distancia tecnológica creció, en este período, vertiginosamente. Hace 40 años estuvimos cerca de la primera línea en muchas industrias y dejamos de estarlo. Fuimos sometidos a las “aperturas benéficas” que se llevaron a cabo sin medir las consecuencias y sin consolidar las estructuras previas.

 

Mis tías abuelas riojanas decían “entorna el madero volante para que no penetre el céfiro constipante”. Sabias.

 

Tuvimos varios procesos de abrir “el madero volante” y el céfiro constipó el aparato productivo. Y fue así – al menos para mí – que comenzó la decadencia. Los sistemas no se reforman. Se rediseñan.

 

Y el diseño requiere incrementar la productividad que implica, esencialmente, hacerlo aumentando el empleo, no disminuyéndolo. Todas las “aperturas benéficas”, desde 1975, destruyeron el empleo productivo. Los rediseños, entonces, no fueron tales.

 

Para entornar es tarde. Cierto. Hace falta mucho más. ¿Qué?

 

Megaincentivos como los que aún proveen los países desarrollados, como los que produjeron el despegue de los países que crecieron aceleradamente cuando nosotros decaíamos aceleradamente. Insertarse en el mundo no es abrir “el madero volante”: eso sólo sirve para aumentar la constipación.

 

Insertarse en el mundo es hacer lo que el mundo hace. Que justamente no es lo que, aquellos que en el nombre del mundo hablan, realmente hacen.

 

Simplemente repitamos los incentivos que el mundo capitalista ahora, hoy, le brinda a las empresas para que inviertan en sus países.

 

Sería muy positivo que la Cancillería le solicite a nuestros embajadores la lista de incentivos, beneficios, donaciones – de distinta envergadura y forma – que los países brindan y le han brindado, a las inversiones reproductivas en los últimos 10 años. Sería desopilante ver la sorpresa de los traductores tardíos que abundan en la profesión.

 

La pregunta es con qué. La respuesta es sencilla.

 

Pero, para ponerla en blanco y negro, primero necesitamos la convicción y el acuerdo que, sin incentivos a las inversiones reproductivas, creando empleo y distribución regional, y sin retenciones que permitan un tipo de cambio que no trabe el potencial productivo, no hay manera de equilibrar las cuentas públicas ni las cuentas externas. Esas son condiciones necesarias para debatir el con qué.

 

Sin esas condiciones (convicciones) seguimos en la “economía para la deuda” que ahora puede malversar los potenciales beneficios de la PPP.

 

La ausencia de inversión reproductiva genera el “Estado a la defensiva” cada día más débil.

Te puede interesar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *