Los caramelos “Media Hora”

Cada vez que el dulce llegó a la boca, muchos argentinos honestamente imaginaron que duraría mucho más de media hora, porque “ahora sí” la cosa estaba encaminada

 

Por Carlos Leyba

 

Era una marca honesta que endulzaba la boca de los niños durante un rato. No prometía nada más. En rigor nuestro país hace largo rato que vive momentos dulces para, al menos, una parte importante de la sociedad.

 

En esos momentos, la promesa de los que mandan y por cierto la que le hacen al resto de la sociedad, los que se benefician con la producción de ese dulce, y la que replican los medios de comunicación alineados que, en general, han perdido la vocación de ser los que alimentan el sentido crítico, es que “esta vez sí” los tiempos dulces van a durar. Que el caramelo no se disolverá y que, además de dulce, será eterno. Pasó muchas veces. Y no estamos vacunados.

 

Los dueños de “Media Hora” exageraban, pero señalaban que, en poco tiempo, el caramelo sólo sería un recuerdo. Con poco daño y pocas consecuencias. No dirá lo mismo un nutricionista. Vale pensar en eso.

 

Los momentos dulces de los últimos años han sido varios. Algunos emblemáticos. Y todos fácilmente identificados con la cuenta del balance de turismo: lo dulce es que los argentinos viajen mas al exterior para vacacionar e ir de compras.

 

En este 2017 estamos gastando (neto) unos U$S 9.000 millones en la balanza de turismo. Eso señala que estamos viviendo tiempos de país consumidor. País que consume más de lo que produce. Que importa más que lo exporta.

 

Nuestro saldo de la balanza comercial es fuertemente negativo y nuestra balanza de comercio de bienes industriales es negativa en U$S 35.000 millones. Tiempos de caramelo. Que difícilmente dure más de media hora. ¿O hay alguno que cree que esta vez durará mucho más?

 

Son muchos los preocupados con esta compulsa comercial en la que somos perdedores y, por cierto, son muchos los que imaginan que esto puede durar. Según las encuestas de opinión, los que imaginan que puede durar son muchos y en franco crecimiento. Hasta diría que muchos creen que un signo de salud es que el dólar baje.

 

Aunque el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, ha dicho que no es cierto, que el dólar no se ha retrasado frente al crecimiento de los precios. Es decir, para Dujovne no es un signo de fortaleza del “modelo” que el dólar se atrase. Lo que el dice es que no se atrasa.

 

Hay ministros que niegan la inflación, otros que niegan la pobreza, hay otros que niegan el desempleo y una pila de ministros que han negado el atraso del tipo de cambio. “Nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

 

Nadie puede negar que el presente goza de una importante expectativa de futuro. Todas las encuestas lo dicen. Uno podría decir “comunicación lograda”. Pero tampoco es la primera vez que ha habido comunicación lograda.

 

Cada vez que el dulce llegó a la boca, muchos argentinos honestamente imaginaron que duraría mucho más de media hora, porque “ahora sí” la cosa estaba encaminada. Finalmente habían llegado las decisiones “sensatas” que marcaban el buen camino.

 

Vale la pena repetirlo porque sólo empujando, una y otra vez, puede que las barreras mentales se derrumben.

 

Quiero recordar que en casi todos los casos que hemos experimentado “el ahora sí” a lo largo de los años, ideológicamente hay un patrón muy repetido. “Debemos realizar una apertura necesaria porque sólo ella logrará disciplinar a los perturbadores”. Le advierto que estamos en tiempos de futuros disciplinamientos.

 

70 y 90

 

Con J. A. Martínez de Hoz, en el primer cielo del “déme dos”, se repetía que Argentina vivía un milagro económico y que la prueba de ese milagro era que “ahora sí” podíamos mirar hacia delante, y había señales que el “mundo” confiaba en nosotros: nos prestaban sin desmayo.

 

Todos los que superan los 60 años lo pueden recordar. Y también recordar como se fueron vaciando, al mismo tiempo que aumentaba la deuda, los suburbios industriales de familias trabajadoras y vaciándose las plantas industriales mientras crecían las condiciones sociales de marginalidad. El caramelo no duró.

 

Con Domingo Cavallo, mucho más profesional, el “déme dos” fue más consistente. Para entonces, el que se vació a mayor velocidad fue el patrimonio del Estado, obligado a dar en pago todo lo que se había acumulado y, por cierto, mal administrado, durante años.

 

La razón era para paliar la deuda externa en dólares que había comenzado con el “Joe” y que ahora alcanzaba ridículos genesíacos.

 

Todos los que tienen más de 50 años lo vivieron. Y vivieron el derrumbe con el cierre y tapeado de los bancos que fueron los lugares sagrados de aquél festival de deuda y déficit comercial, con su secuela de desempleo y pobreza.

 

Cuando nos atragantamos con  el segundo caramelo, que duraba porque era de madera, la cara de terror se compadecía con 50% de personas en la pobreza y 22% de desempleo.

 

En esos años fuimos más que premiados por el “mundo”. Carlos Menem fue tal vez el único presidente que habló en una reunión del FMI, nos hicieron miembros del G20 y, al igual que llamaron a Leopoldo Galtieri “general mejestuoso”, nos recibieron con la idea que habíamos llegado, y habíamos ingresado al primer mundo.

 

Los últimos años

 

En el último tramo, en la década soplada (creció por el soplo del viento y lo acumulado se lo soplaron) y publicitada como “década ganada”, también coincidió en el déficit comercial de la industria, la promoción del turismo de consumo al exterior y la fuga de capitales, U$S 100.000 millones en la década.

 

El discurso cambia pero la “economía dura”, lo estructural, permanece durante varios años, haciendo cada vez más difícil recuperar un ritmo que alguna vez tuvimos.

 

Repasemos. Los economistas profesionales tenemos un cierto consenso basado en los números. Veamos.

 

Entre 1900 y 1944, Argentina –en 44 años– experimentó un crecimiento de 69% en el PIB por habitante; entre 1944 y 1974, creció lo mismo (69%) pero sólo en 30 años y, en los últimos 43 años, de 1974 a 2017, creció sólo 35% el PIB por habitante.

 

En este último período, que empieza en el 1974 y termina hoy, el PIB por habitante creció la mitad que lo que logró en los primeros 44 años del siglo, y la mitad de lo que creció en los 30 años gloriosos del Estado de Bienestar y la sustitución de importaciones.

 

Sin dudarlo, si los primeros 44 años del siglo pasado fueron los de la producción agraria como impulsor del progreso y los segundos 30 años fueron los de la producción industrial como impulsor del progreso y la inclusión social; estos últimos 43 años – en los que se instaló un modelo de apertura sin desarrollo e intentos de crecimiento sin industria – han sido los de una regresión económica y social única en el Planeta.

 

Una cifra lo demuestra todo: entre 1974 y el día de hoy, el número, la cantidad, de argentinos que sobreviven bajo las condiciones de pobreza ha crecido a la tasa acumulativa del 7,1% anual: tasas chinas para la reproducción de la pobreza.

 

El resultado contundente es que la mitad de los menores de 14 años han nacido en la pobreza y, por lo tanto, desde ahora a 2025 la mitad de los jóvenes de 22 años habrá nacido en la pobreza.

 

Y esa es una limitante extraordinaria para su formación, información y educación, con los actuales métodos de enseñanza. Lo que podemos llamar la escuela burguesa puede dar resultado para los hijos del hogar de esa condición. Ni remotamente para los hogares castigados de la mayor parte de esos niños nacidos en la pobreza.

 

La prueba es el declive permanente de los resultados educativos cuando los examinamos comparadamente con otros y con nuestra propia Historia. Nuestra calidad educativa declina a la misma velocidad que aumenta la pobreza. ¿Cuál es el huevo y cuál la gallina?

 

El futuro

 

Frente a estas realidades cabe preguntarse, ¿cuál es la Argentina necesaria? Si la opción es una Argentina de consumidores (como hasta ahora) o una de productores (que hace décadas que no conjugamos).

 

No cabe duda que para salir de la decadencia en la que estamos, la del país de productores es la única vía. Y eso no está en el horizonte porque no hay un plan mayúsculo para lograrlo. Lo espontáneo, lo fácil, lo remanido, es alentar el proyecto del país deficitario comercialmente que es el país deudor.

 

El Gobierno se propone ahora firmar el Acuerdo de Libre Comercio Mercosur Unión Europea. De lo poco que ha trascendido, es un acuerdo desequilibrado a favor de la UE. Hasta el extremo que la procura de acceso a la UE de, por ejemplo, la carne y al biodiésel –dos de las grandes causas comerciales para firmar – están en franco retroceso al punto que el negociador oficial ha llegado a decir “estamos dispuestos a desbovinizar” el acuerdo.

 

La propuesta, en definitiva, es reducir los aranceles industriales linealmente en diez años y ponerlos en el nivel europeo. Lo dicho es una simplificación destinada a ilustrar el rumbo.

 

La expectativa de uno de los comentaristas más brillantes de Argentina, no sé si opinión propia o relato de la opinión de los que gobiernan, es que, finalmente, el Presidente apela al acuerdo de apertura con la UE para disciplinar al empresariado “prebendarlo” (sic).

 

En buen romance “disciplinar” equivale a desplazar con una oferta que en precios y calidad es difícilmente emulable localmente. Como decía Miguel A. Broda, que de proteccionista no tiene un gramo, “es más barato ida y vuelta París-NY que Buenos Aires – Punta” y en esas condiciones lo que queda de la industria no resiste una hora a una mayor apertura.

 

¿Cuál es el antídoto al exterminio?

 

La respuesta oficial es que con el acuerdo vienen las inversiones, y ésta es la expresión más prometedora de este Gobierno. Hay quien lo cree.

 

Como decía el sabio Kenneth Boulding, el poder se ejerce con el abrazo, el garrote o la zanahoria. Lo que nadie tiene dudas es que las inversiones, aquí o en dónde sea, sólo llegan donde se ofrecen zanahorias. Y por aquí sólo sudor y lágrimas.

 

Con zanahoria no hace falta entregar lo que tenemos, vía un acuerdo, para volverlo a construir.

 

Y sin zanahoria el acuerdo es abrir la puerta una máquina de comer inocentes que creen que un caramelo puede durar más de media hora.

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