El “Trump carioca” que avanza en las encuestas

Jair Messias Bolsonaro tiene grandes similitudes estéticas, discursivas e ideológicas con el presidente de EE.UU. y viene escalando (y rápido) en las encuestas.

 

En once meses, el país más grande de América Latina (territorio, población, economía e influencia así lo señalan), es decir, Brasil, elegirá a su nuevo Presidente para el período 2019-2022. ¿Quién sucederá a Michel Temer, qué pasará con la incipiente recuperación que viene exhibiendo la principal economía de la región y hacia dónde se dirige, más integralmente, el Gigante sudamericano? Preguntas que, lógicamente, generan eco por estas latitudes también.

 

Por ahora, Lula mira a todos desde arriba, aunque desde una posición endeble (política y judicial, también): las encuestas le asignan, hoy, una intención de voto cercana a 35%, similar a la que obtuvo Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires hace pocas semanas. Es el núcleo duro del PT, que supo amasar mayorías más sustantivas hace pocos años, pero fue perdiendo atracción entre los independientes.  Pero, como Cristina, Lula tiene un techo bajo y no es un muy buen candidato para la (casi) inevitable segunda vuelta: se precisan 50% más uno de los votos para desembocar en el Palacio del Planalto sin balotaje.

 

La gran incógnita, entonces, es quién lo secundará en la primera vuelta. Se cree, quizás apresuradamente, que el segundo será, a la postre, quien amalgame el hondo voto anti-Lula. Allí, precisamente, hay novedades: en los últimos meses, según diversas encuestas, “se cortó” solo el legislador carioca Jair Messias Bolsonaro (62 años), cuya suba en las ponderaciones electorales ocurrió vis-a-vis con el desencanto de grandes franjes de la población con el sistema político en su conjunto (no es para menos) y cuyo síntoma más flagrante es la aprobación de Temer, hoy en menos de 5%. El puntal de Bolsonaro, según Bloomberg, no son los adultos sino los jóvenes. Asimismo, su popularidad se alimenta de la creciente inseguridad que se ha apoderado de las urbes brasileñas al calor de la recesión, la suba del desempleo y el avance del narcotráfico.

 

Más allá de que aún sigue bajo en las encuestas (en la zona de 1520% de intención de voto), varios analistas creen que no pasará mucho tiempo antes de que los votos (y los dirigentes) tiendan a encolumnarse, voto útil mediante, detrás de su nominación. La carrera presidencial de EE.UU. en 2016 es un espejo potencial.

 

Polémico, defiende el rol que tuvieron las FF.AA. en Brasil desde los ‘60 y, además, se lo recuerda porque, en su voto positivo en el impeachment a Dilma Rousseff en 2016, dedicó su sufragio a quien  la torturara durante el proceso militar. Por supuesto, apoya una creciente participación militar en la seguridad pública (y en su propio eventual Gabinete) y cree, también, que debería liberalizarse las leyes sobre uso civil de armas.

 

Sus “provocaciones” no acaban allí. Por ejemplo, propone restringir el acceso de China a diversas industrias brasileñas y quiere un mayor acercamiento con EE.UU.; propone privatizaciones varias; critica a la oligarquía y la corrupción de Brasilia y se basa en las redes sociales (tiene unos 800.000 seguidores en Twitter y casi 5 millones en Facebook) para apalancar su popularidad.

 

No casualmente se lo compara con Trump, una semejanza que él niega (aunque no del todo). Una diferencia es que Bolsonaro es diputado desde 1991 (tiene siete mandatos consecutivos a cuesta), algo que complica su perfil de outsider rupturista. Aunque, a diferencia de sus colegas, asegura tener las manos limpias. No es poco. Por supuesto, está en contra de las leyes más progresistas en el área de los derechos sociales y sus declaraciones habituales se chocan de lleno con la corrección política. El analista político Julio Burdman engloba su cosmovisión en lo que denomina “la rabia blanca”, tendencia que también incluye, por ejemplo, a José Antonio Kast en Chile.

 

Su nominación, sin embargo, esconde grandes obstáculos y el foco radiante que se posa sobre él, si bien puede potenciarlo, expondrá sus falencias. Lógicamente, también tiene, como Lula, un techo bajo y un rechazo que oscila el 30%. Su éxito dependerá de su capacidad para tejer alianzas (tanto a la vista como por debajo del radar), despejar el camino de competidores y polarizar la elección con Lula para convertirse en el vehículo mayoritario de un conjunto mayor de brasileños. Y en eso está.

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