Falta juego en el medio campo

En total, el BCRA “imprimió” cerca de $800.000 millones que hoy le “sobran” a la economía y, por lo tanto, tuvieron que ser absorbidos con Lebac. ¿Qué opción tenía, sino, el BCRA?

 

Por Diego Falcone Head Portfolio Manager de Cohen

 

Los ‘90 son los nuevos ‘70 descubrí gracias a Aspen (FM 102.3) que, según IBOPE, es la segunda FM más escuchada. Sin darme cuenta, un día abandonaron para siempre de la programación habitual temas de Village People como “Y.M.C.” o el insoportables “Stayin’ Alive” de los Bee Gees, única canción que bailan las tías en una fiesta.  Hoy pasan temas de Ace of Base y Britney Spears. ¿Cambiamos para mejor o para peor? Al menos de vez en cuando meten el tema “The Unforgiven” de Metallica (el disco negro es, para los metaleros de raza, una traición y, para mí, su mejor obra).

 

Los ‘90 no fueron años dorados porque algunas cosas malas trajeron. Por ejemplo, fue en esa década que se intentó expulsar de la noche cool de Buenos Aires a la Avenida Corrientes (inmortalizada en “Moscato, pizza y fainá” (1983) de Memphis la Blusera) porque el primer mundo de Carlos Menem tenía que globalizar a Argentina y hacerle lugar a Pizza Hut & Co. Pero lo nacional y popular, arraigado en los descendientes que dieron vida a pizzerías como Güerrin y Las Cuartetas, logró sobrevivir. Hoy, además, tenemos la única maratón de pizza del mundo: la Muza5k, ¿qué tal?

 

Los ‘90 fueron años de apertura al mundo, en general y, a Miami en particular. La convertibilidad nacía gracias a los cambios que produjo la caída del Muro de Berlín (1989) y la implosión de la U.R.S.S. (1991). Pero con las crisis de Asia (1997), Rusia (1998), Brasil (1999) y la nuestra (2001), decidimos cerrarnos al mundo (sobre todo ideológicamente) mientras que el resto de países emergentes, en particular aquellos de Asia, aceleraban su integración. Ahora nos toca recuperar el tiempo perdido.

 

Los 800.000 millones

 

El primer paso para ponernos al día con el mundo era ordenar el caos monetario. En lo inmediato había que pagar el regalito Vanoli & Co. por los contratos dólar futuro. Allí el BCRA se puso (emitiendo pesos, obviamente) con $50.000 millones; luego tuvo poner $360.000 millones para financiar parte del déficit fiscal heredado ($160.000 millones en 2016 y otros $150.000 millones este año) y, por último, tuvo que comprar directamente al Tesoro los dólares que traía mes a mes Nicolás Caputo con sus colocaciones de deuda en los mercados internacionales (otros $440.000 millones).

 

En total, el BCRA “imprimió” cerca de $800.000 millones que hoy le “sobran” a la economía y, por lo tanto, tuvieron que ser absorbidos con Lebac. ¿Qué opción tenía, sino, el BCRA? Una alternativa hubiera sido usar las Letras “intransferibles” en dólares que le plantó nuestro querido Axel Kicillof & Co al BCRA en su balance cuando le pedía los dólares (contantes y sonantes) de las reservas. ¿Cómo hubiera funcionado esta alternativa? Por un lado, el Tesoro podría haber cambiado estas Letes “intransferibles” (es decir, que no sirven para nada) por otras “transferibles” pero en pesos y, por el otro, el BCRA podría haber vendido estos instrumentos a los inversores privados a cambios de sus pesos y retirar, de esta forma, el sobrante de liquidez del sistema.

 

¿Por qué no se hizo así? Las Letes “intransferibles” en dólares, que aún siguen en el activo del BCRA ($854.000 millones a noviembre), son deuda intrasector público, es decir, para el Tesoro es mejor deberle a un conocido que a terceros (al menos, entre funcionarios se van a entender más fácil que con el mercado).

 

Pero además, estas Letes “intranferibles” pagan poco o nada de intereses mientras que las Letes en pesos (de haberlas emitido el Tesoro) deberán pagar tasas similares a las Lebac y, por lo tanto, hubieran añadido 2% extra del PIB de déficit. Conclusión, “no way, Jose” y así estamos.

 

El tanque de ortodoxia

 

Por no reconocer el Tesoro (en su propio balance) este sobrante de $800.000 millones, terminó el BCRA haciéndose cargo y teniendo que adoptar una postura más ortodoxa de la necesaria.

 

Es por esta razón que las últimas subas en la tasa de política monetaria (de 26,50% a 28,75%) tienen como objetivo enfriar la economía para bajar la inflación núcleo (producto de tanto peso suelto, entre otras cosas). El fin de semana vimos la primera reacción de los bancos con el aumento en las tasa de las líneas de créditos hipotecarios UVA.

 

La lógica es impecable: como el crecimiento en el modelo de Cambiemos se sostiene en gran medida con crédito al sector privado (interno y externo), una forma para desacelerar (algo) el ritmo de marcha es encareciendo la tasa de los préstamos (aunque sea el tramo local).

 

En definitiva, Federico Sturzenegger, como su primo Arnold en “Terminator”, salió de punta a quitarle momentum a la economía para cumplir con sus metas de inflación. “He is back, baby!”.

 

Esta situación me recuerda cuando tu equipo de fútbol va perdiendo y el contrario te cruza, al mejor estilo Caruso Lombardi, un autobús frente a su propio arco y, para empatar, tu DT decide acumular delanteros a como dé lugar. Lamentablemente, si nadie cruza la mitad de la cancha con alguna idea de juego, el equipo queda partido al medio. Hoy, entre los ministerios de Hacienda y Finanzas y el BCRA se ha creado un agujero enorme y cuando la pelota cruza la mitad de la cancha, sólo vemos pelotazos. Está claro que a Federico Sturzenegger le cuesta meter pases en profundidad ante cada pique de los dos “Nicolás” (Caputo & Dujovne). Es más, me da la sensación de que prefiere darse media vuelta y pasársela al arquero para que haga un poco de tiempo.

 

Lo bueno es que el segundo tiempo recién arranca y van apenas cinco minutos. Pero, cuidado, porque de un momento a otro pueden bajar los primero murmullos de la platea y los muchachos pueden arrancar con el clásico “movete, loco, movete…déjate ya de BIIIIIIIP…que en esta tarde de fiesta… el país no puede perder”.

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