Inflación: realidad versus palabras

La baja de la inflación de los últimos dos trimestres pero, tras las elecciones volverá a escena la demorada suba de tarifas públicas

 

Por Héctor Rubini Instituto de Investigación en Cs. Económicas (USAL)

 

La baja de la inflación de los últimos dos trimestres quedará, sin duda, como una de las mejores noticias del año. Sin embargo, y una vez que se apague la polvareda de la campaña electoral, volverá al centro de la escena la demorada suba de tarifas públicas (con los pendientes “toques” al costo del transporte de pasajeros) y, junto a esa dinámica, la suba de algunos productos estacionales.

 

¿Se cumplirá la meta de inflación del BCRA de 12%-17% para todo 2017? En gran medida depende de la variación del índice de septiembre que esta tarde dará a conocer el Indec. Las proyecciones de la mayoría de las consultoras privadas están entre 1,5% y 2% para el mes pasado, y alguna que otra espera una cifra más cercana al 1%. Si el IPC Nacional de septiembre indica, en un extremo, un incremento de 1%, la inflación acumulada desde diciembre sería ya de 16,5%. Imposible cumplir la meta cuando quedan tres meses hasta el fin de año en ese caso. Si la suba registrada hubiera sido de fuera en otro extremo de 2%, por caso, la inflación acumulada en 9 meses ya habría sido de 17,7%.

 

Si el objetivo del régimen es el de empezar a señalizar un sendero de menor inflación, el inicio de la tarea es promisorio. Terminaría el año con una inflación inferior al 25%, lo que significa una desinflación de más de 15 puntos en 12 meses, aun descontando el impacto de la suba de tarifas públicas en torno del 40% para este trimestre. Si se observa la experiencia de varios países que pusieron en vigencia un régimen de metas de inflación, en varios casos la inflación de no pocos trimestres ha sido más volátil (y en promedio superior) a los límites máximos de sus bancos centrales. Si la intención de la autoridad monetaria es influir sobre expectativas sin “ayudas” extra, el objetivo es más que encomiable, pero aun cuando los mercados financieros ajusten hacia abajo las expectativas inflacionarias, los resultados ex post se evalúan de manera simsimple: anuncios versus realidad. Para 2016 la proyección oficial fue de 25%. Siendo un año con un apagón informativo de tres meses, las estimaciones de inflación han estado entre una aproximación oficial de 36% (tanto para autoridades nacionales como provinciales) y aproximadamente 40% según la mayoría de las consultoras privadas. Un desvío respecto de la proyección entre 11 y 15 puntos porcentuales entre pronóstico oficial y realidad. Este año sería inferior: entre 5 y 8 puntos porcentuales respecto del techo de la banda estimada por el BCRA, o entre 7,5 y 10,5 puntos porcentuales respecto de la meta promedio oficial.

 

En términos absolutos la aproximación hacia la realidad pareciera ser cada vez mayor, pero aun en la hipótesis más favorable al Gobierno, si para 2016 se compara un pronóstico de 25% con una realidad de 36%, en términos porcentuales el desvío no ha sido despreciable: 44%. Si el 2017 cerrara con una inflación de 24,5%, con relación al techo de la meta oficial de 17%, el desvío sería algo mayor: 44,1%. Si el punto de referencia fuera el promedio entre el “piso” y el “techo” de la banda oficial (14,5%), el desvío resultante es todavía mayor: 68,9%.

 

El resultado no sorprende. El control de una tasa de interés interbancaria como “ancla” de expectativas difícilmente logre imponerse para modificar la psicología de empresarios y consumidores. La paz inflacionaria se ha consolidado gracias a un BCRA alejado de prácticas imprudentes de administraciones anteriores, pero no puede negarse que el rol central lo ha jugado la postergación de las subas de tarifas públicas para después de las elecciones.

 

Como ya es de conocimiento general en la profesión, la inflación persistente y de difícil control evidencia síntomas de desajustes en la formación de precios que están relacionados tanto con aspectos institucionales, regulatorios y de coherencia (o falta de ella) entre instrumentos de política monetaria, cambiaria y de ingresos.

 

¿Podrá esto revertirse? Exigirá en el futuro algo más que controlar agregados monetarios. La dominancia fiscal está acotada, pero tratar de estabilizar expectativas de inflación con una tasa de interés nominal interbancaria de control de la autoridad monetaria enfrenta límites insalvables. En cierta forma, la política “market friendly” en el sistema financiero ha dado un importante espaldarazo a la estrategia oficial. El comportamiento de los precios y del tipo de cambio difícilmente hubiera sido el de la calma actual si los bancos optaran por rechazar Lebac a su vencimiento y huir.

 

La base monetaria empezó a desacelerar su crecimiento, pero la no independencia del Tesoro sigue sembrando dudas. La emisión por compra neta de divisas al Tesoro, adelantos transitorios y transferencia de utilidades al Tesoro acumulada hasta el 9 de octubre pasado fue de $ 320.699 millones. Esto es 40,5% más que en igual período del año pasado ($228.282 millones).

 

La emisión de Lebac, a su vez, permitió absorber base monetaria por $ 282.710 millones (+49,9% interanual). El stock de Lebac emitidas al 9 de octubre ya superaba $1,1 billón y la operatoria de pases no ha contraído base monetaria en lo que va del año. Aun con “tasas altas”, ha generado un llamativo aumento de base monetaria acumulado por $ 33.275 millones. ¿Puede considerarse este patrón de política como de “restricción monetaria” creíble? ¿Cómo lograr para el año próximo una inflación entre 8% y 12% sin evitar ajustes de tarifas y subas salariales superiores a esos valores? ¿Cómo creer en un descenso a esos niveles cuando el Ministerio de Hacienda presentó al Congreso un proyecto de Ley de Presupuesto 2018 proyectando una inflación de 15,7%?

 

Demasiadas preguntas y con difícil respuesta. Pero van a estar en el centro de las polémicas sobre la inflación ni bien se termine el escrutinio de las elecciones de este mes.

 

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