El porvenir de una ficción

El porvenir de una ficción mediocre solo repite actores, escenarios y un mismo guión, que se reproduce y reproduce

 

Por Mario Serrafero

 

La situación electoral tiene varias incógnitas. Las más relevantes son si Cambiemos gana las elecciones u obtiene un buen resultado, la performance de Cristina y los números en la provincia de Buenos Aires (distrito al que muchos consideran predictor del futuro). Se trata de una elección de medio término. No debería dramatizarse, pero es que todos los competidores clave están pensando en el 2019. Como suele suceder, se aprovecha también la oportunidad para denostar a las elecciones intermedias y decir, por ejemplo, que a diferencia de Argentina en otros países latinoamericanos se votan todos los cargos en una misma elección con igualdad de duración de mandatos. Es claro que un gobierno preferiría tener elecciones al final de su período y evitar las molestas elecciones intermedias. Pero en un país como Argentina ello sería realmente bastante peligroso. Quizá sea un error plantear las elecciones como una cuestión de perecer, sobrevivir o triunfar definitivamente. Y que el Presidente haga campaña, una equivocación aún mayor. Plebiscitar al propio Mauricio Macri tiene dos alternativas posibles y un claro riesgo: fortalecerlo si ganan o debilitarlo si obtienen un resultado mediocre. El futuro de la reelección de Macri no se juega en 2017 sino en 2018. Si Cambiemos llega a controlar la situación política y económica y el clima social mejora, la “teoría de las ventajas del incumbente” torcerían la balanza en favor de Macri  y sería más fácil un nuevo mandato en las elecciones de 2019. Pero esta especulación no está en el set de la estrategia electoral de lo inmediato.

 

Pero analicemos el futuro próximo desde otro lugar. ¿Son importantes las próximas elecciones? Nadie diría que no. Sin embargo, habría que preguntarse para qué. El Gbierno dice que son fundamentales para la continuidad de su proyecto de cambio. La oposición  señala que son imprescindibles para ponerle freno a un Gobierno que gobierna sólo para pocos. Razonable, desde sendas perspectivas. Pero, ¿qué tan importantes son? Bastante para el segundo tramo del Gobierno de Cambiemos, o sea para el corto plazo. Distinto es si consideramos y pensamos en la resolución de los problemas del país. A esta altura de la decadencia argentina pensar que una fuerza política puede revertir la situación es simplemente una ficción. Los problemas del país son de tal gravedad que gane quien gane no se solucionarán en la soledad de una fuerza política. Gobierno y oposición deberían tener la grandeza del reconocimiento de su impotencia. Pero son impotentes incluso para reconocer su falta de grandeza.

 

Un acuerdo de gobernabilidad no parece a esta altura suficiente. Seguramente duraría lo que un año no electoral. Al año siguiente, nuevamente una dinámica de confrontación volvería las cosas para atrás. Los acuerdos explícitos o implícitos de gobernabilidad, para el político argentino, son una suerte de tregua entre dos batallas electorales. La alternativa de una gran coalición sería algo impensable para un país con escasa tradición y voluntad cooperativa y un estrepitoso fracaso en la materia. Si existieran suficientes políticos formados y dedicados a pensar el país sería más fácil dar un paso serio y comprometido hacia otra Argentina. Cuestiones como la pobreza, el hambre, la salud y la creación de empleo no pueden ser más tiempo postergadas ni banalizadas. Para no hablar de cuestiones que han quedado pendientes, desde que Alberdi escribió “Las Bases”, como el federalismo unitario del que hablaba el pensador tucumano y que hoy seguimos practicando.

 

Ninguna fuerza política parece tener la llave para resolver tales problemas. La arraigada improvisación política –señalada por Ezequiel Martínez Estrada– y la pretendida refundación del país en cada nueva administración son una muestra de la incapacidad, la falta de visión y perspectiva de la clase política. Completa el cuadro el amor por la confrontación innecesaria y dañina que va más allá de la lucha y la competición política propia de un régimen democrático. Como señalara Joaquín V. González en el “Juicio del Siglo”, hace 117 años, en Argentina prima una ley: la “ley de la discordia”.

 

Podríamos, de vez en cuando, pensar y probar otro camino. Tres elementos clave son liderazgo, instituciones y saber técnico. Y el objetivo concreto: suscribir, alguna vez, los Grandes Pactos. El liderazgo debería partir del Gobierno, específicamente del Presidente. El resto de las instituciones deberían estar presentes. Y el saber técnico debería ser convocado para el diagnóstico y las propuestas. Este saber especializado sería crucial. Si se convoca a los especialistas y a los mejores (que son conocidos en las diferentes áreas y están distribuidos en las distintas fuerzas políticas o fuera de ellas) podría obrarse rápidamente pues no se trataría de aprendices, sino de expertos. Pero todo esto sería una rareza para la autosuficiencia que se apodera del candidato que se convierte en funcionario (designado o electo).

 

Claro, también podemos seguir viviendo en la ficción de creer que si gana uno o gana otro, habrá la suficiente diferencia como para cambiar el destino de los argentinos. Y así seguirán pasando los años entre crecimientos económicos, colapsos y rebotes….La historia que viene es fácil predecirla pues repetiremos lo mismo, si no cambian los comportamientos. Según fueren los resultados, en 2018 habrá acercamientos para una “pequeña gobernabilidad” o la oposición apretará más las clavijas, en 2019 vendrá la lucha por la presidencia (con o sin reelección del actual presidente), en 2020… Entre tanto seguirá la pobreza, el desempleo, la inseguridad. Los economistas nos hablarán de la reforma impositiva, el déficit fiscal, las tasas de interés y la cotización del dólar… los encuestólogos harán predicciones que difícilmente se cumplirán…los del gobierno de turno nos hablarán de una Disneylandia que pocos ven. El porvenir de una ficción mediocre solo repite actores, escenarios y un mismo guión, que se reproduce y reproduce. Casi igual.

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