Un nuevo mapa político a partir del lunes próximo

Como en 2009 pasó con el kirchnerismo, Cambiemos está a punto de perder la estratégica provincia de Buenos Aires, pero la situación para Macri será mucho más delicada que la del FpV en aquel entonces

 

Por Daniel Montoya Politólogo @DanielMontoya_

 

El oficialismo sufrirá el domingo el mayor cimbronazo político que puede tener un gobierno en Argentina. Una derrota en la provincia de Buenos Aires a manos de Cristina Kirchner, la única líder de la posdemocracia que logró recuperarse de una derrota de medio término en la madre de todas las batallas y obtener su reelección dos años más tarde.

 

Ayer y hoy

 

La situación para la gestión de Mauricio Macri será mucho más delicada ya que el Frente para la Victoria, el oficialismo de aquel momento, tenía todas las condiciones estructurales para poder recuperar la iniciativa política.

 

Puntualmente, una mayoría de gobernadores del mismo signo, predominio legislativo en ambas cámaras y el respaldo de los mini gobernadores del conurbano bonaerense, un tercer atributo muchas veces soslayado pero con gravitación decisiva en la actual política argentina. Y por si ello fuera poco, el cisne negro de la muerte de Néstor Kirchner que catapultó a Cristina a las nubes.

 

El resultado tendrá consecuencias inmediatas hacia adentro de la actual coalición de gobierno. En primer término, el revés en la provincia de Buenos Aires agitará el fantasma de la gobernabilidad y pondrá a prueba el músculo político de Macri para transitar los próximos dos años en el contexto económico de una reactivación acotada a algunos sectores como agro y construcción pero que, en el balance general, transcurre más en el ámbito de las discusiones entre analistas económicos que a nivel de la calle, los bares y las parroquias de los grandes centros urbanos. En segundo lugar, ese desenlace electoral dejará averiada la coraza de María Eugenia Vidal, el buque insignia del oficialismo que tenía mayor proyección política a futuro pero que, a partir de ahora, entrará a boxes a causa de una derrota en su propia casa.

 

La elección de provincia de Buenos Aires tiene una característica única. Es un test sobre la gestión presidencial que es muy difícil de pasar por los estamentos políticos inferiores cuando la mochila que viene de arriba es demasiado pesada. En tal sentido, el gobernador no puede neutralizar con carisma ni con obra pública el efecto de una política económica que golpea la diaria del conurbano. De ello pueden dar testimonio Daniel Scioli y Eduardo Duhalde. Así como no hubo sonrisa y partido de futsal que le permitiera a Scioli evitar la derrota legislativa en 2009, tampoco hubo obra pública originada en el Fondo del Conurbano que le ayudara a Duhalde a sortear las legislativas de 1997. No obstante, Cambiemos hoy podría haber amortiguado el resultado bonaerense jugando su mejor carta posible, la propia candidatura de Vidal, pero en el juego de diferenciación con “el pasado” entre blanco y negro, era lógico que la variante testimonial quedara excluida.

 

Y en la CABA…

 

Por otra parte, en el ámbito del principal bastión político, ya no de Cambiemos sino del PRO, se está produciendo una gran novedad. El triunfo de “Lilita” Carrió no será el triunfo de Cambiemos ni del PRO sino la victoria de Carrió. Su propia participación representa la mayor transgresión a una de las vigas fundacionales del PRO, la idea de que “el candidato es el equipo”, un mantra que llevaron a la práctica compitiendo una y otra vez con figuras salidas de su propia cantera como Gabriela Michetti, Horacio Rodríguez Larreta y la propia Vidal. En tal aspecto, fue emblemático que Carrió vistiera una camiseta con el número 10 en uno de los actos de cierre de campaña. En el fútbol, el 10 es el conductor del equipo. Ese jugador que, si siente que no es batuta, cambia de equipo como le ocurrió a Neymar con el Barcelona. Con su perfil político nacional y una legitimación de más de 40 puntos sobre su espalda, Carrió tendrá chapa para guiar al Gobierno y ser más aspirante que nunca a la presidencia.

 

Más allá de AMBA

 

El interior también arrojará algunas novedades importantes, aunque no demasiadas. En líneas generales, habrá una ratificación de los oficialismos provinciales en muchos distritos, con las excepciones de Córdoba y Santa Fe. En el primer caso, el gobernador Schiaretti optó por adquirir la mayoría de edad compitiendo con candidatos propios sin punch electoral y no con el incombustible José Manuel de la Sota, el Messi cordobés. Ello tendrá impacto en la interna del peronismo ya que las credenciales de la derrota nunca son buenas para aspirar al liderazgo de una liga de gobernadores. De esa forma, Schiaretti quedará encapsulado en Córdoba, teniendo que contener la amenaza de una oposición cambiemista que intentará ganar la provincia tras varios años ininterrumpidos de gestiones peronistas.

 

Por el lado de Santa Fe, será una elección de tercios donde no quedará instalado un ganador nítido, aunque sería una gran novedad el triunfo de Agustín Rossi en una provincia esquiva para el peronismo desde 2007 y, lo más importante, de una de las pocas figuras nacionales referenciadas con Cristina Kirchner. En otro plano, los esperables triunfos del oficialismo peronista en Tucumán y Salta, sumado al de Chaco, convertirán al norte argentino en el único núcleo político con el piné suficiente para sentarse a discutir el liderazgo de la oposición y del peronismo en particular.

 

Ni aquí ni allá

 

Por último, resta una mención especial para “la ancha avenida del medio”, aquel territorio que es como la Atlántida: muchos hablan de ella, pero nadie puede ubicarla en el GPS. Sus principales referentes son Sergio Massa en provincia y Martín Lousteau en capital. No son oficialistas ni opositores. Un eventual tercer puesto forzará a Massa a reconsiderar su proyecto presidencial y, en el caso de Lousteau, a repensar su proyecto vecinalista sin anclaje político nacional.

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