El mercado de trabajo necesita reformas

Tras la marcha de la CGT y la publicaron los datos oficiales sobre las canastas básicas alimentaria y total, se imponen algunas reflexiones

 

Por Eliana Scialabba & Lenadro Moro

 

Durante la semana en la que se llevó a cabo la marcha de la Confederación General del Trabajo (CGT) y se publicaron los datos oficiales sobre el valor de la canasta básica alimentaria y total (CBA y CBT, respectivamente), vale hacer algunas reflexiones sobre el mercado de trabajo, su nivel de rigidez y efectividad de la intervención estatal en el mismo.

 

De acuerdo a la valorización mensual de la CBT (que mide la “línea de pobreza”) realizada por el Indec, durante julio el ingreso mínimo para no caer bajo dicha línea se ubicó en $ 4.862 por hombre adulto entre 30 y 60 años de edad, según sus requerimientos de consumo, mientras que para no ser indigente (medido a través de la CBA), esa persona requirió de un ingreso de, al menos, $ 1.984. A nivel hogar, una familia tipo de cuatro miembros, con dos menores, requirió un ingreso mínimo de $ 15.024 para no ser pobre, lo que muestra una variación interanual del 20,5%, algo por debajo de la inflación del mismo período.

 

Por otra parte, considerando los ingresos de los hogares, el Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVyM) determinado por el Consejo Nacional de Empleo se fijó en julio en $ 8.860, lo que para una familia tipo representa sólo el 59% de la CBT, lo cual constituye un SMVyM deficitario en términos de calidad de vida.

 

No obstante, es importante destacar el nivel de trabajo formal al cual éste salario mínimo se hace efectivo: de acuerdo a la EPH relevada por Indec, de aproximadamente 18 millones trabajadores (13,4 millones de asalariados y 4,6 independientes), 31% se encuentran en condiciones de informalidad (38% si se excluye el empleo público), es decir, que se encuentran excluidos del “beneficio” del salario mínimo.

 

Consecuentemente, surge la idea de cómo funcionan los mercados cuando se fijan precios máximos o mínimos. Tal como lo sugiere la teoría económica, al introducir una restricción de tales características, existen trabajadores que están dispuestos a vender su fuerza laboral a ese salario nominal, pero, dado que el mercado no ajusta de manera eficiente, las empresas contratarán fuerza laboral en una cuantía menor, lo que genera un exceso de oferta estructural.

 

Para Argentina, a partir de los 2000, aun cuando las tasas de crecimiento económico alcanzaron récords, y el nivel de ocupación se acercaba al pleno empleo, el piso de desempleo jamás se ubicó por debajo del 7,1%, de acuerdo a datos oficiales Indec. Si bien existe la posibilidad de que estos bajos niveles de ocupación respondan también al desequilibrio de factores productivos puesto el gran déficit de capital, las rigideces del mercado ineludiblemente generarán un elevado desempleo estructural.

 

De esta manera, las restricciones de salarios, sumado a la alta carga impositiva aplicada al  trabajo formal, proveen incentivos más que suficientes a informalizar la situación de los trabajadores. Así, uno de cada tres trabajadores es informal, sumando la cantidad de desocupados, nos encontramos con un sistema que “protege” sólo a poco más de la mitad de la población, condenando a la marginalidad a un gran número de personas, con el agravante que esta restricción no alcanza a ser siquiera suficiente para otorgar un nivel de vida digno a los que se benefician de ella, ya que constituye apenas más de la mitad del ingreso necesario de una familia para no ser pobre.

 

En definitiva, la implementación de regulaciones en el mercado de trabajo, tanto impositivas como cuantitativas, han dejado como resultado un nivel de ineficiencia y desigualdad difícil de ignorar, y a lo cual se debe prestar importante atención al momento de llevar a cabo reformas profundas.

 

La estrategia hacia adelante no sólo debe basarse en la reducción de costos laborales para incentivar la formalización (mejorando las condiciones de los trabajadores y disminuyendo los costos de factores de las empresas), sino también debe complementarse con la promoción de una estructura productiva competitiva, orientada tanto al mercado interno como externo: las mejores condiciones laborales generarán un aumento de salarios –con la consecuente reducción de la pobreza e indigencia–, la productividad y la competitividad, produciendo un círculo virtuoso donde no sólo ganen los empleadores sino también los trabajadores.

 

Varios son los desafíos de este mercado de cara al futuro si se desea incluir laboral y socialmente a los trabajadores que se encuentran en la informalidad y desocupados, “olvidados” por los sindicatos.

 

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