Barbecue ribs

Hemos perdido participación en el comercio y tenemos una industria ineficiente y sin escala. ¿Y si probamos haciendo al revés?

 

Por Diego Falcone Head Portfolio Manager de Cohen

 

En Europa, durante la Edad Media, el pan constituía el 70% de la ración diaria de alimento de la clase baja. En esa época, los pobres representaban prácticamente la totalidad de la población; por lo visto, no eran tiempos favorables para “crossfitters” o amantes de la dieta paleolítica: la proteína animal era escasa.

 

El pan podía ser de centeno, cebada, mijo o de avena. Una buena época para los fanáticos de la comida sana: eran alimentos 100% orgánicos (lástima que no alcanzaban para todos y siempre hubiera hambrunas pero, ánimo, al menos no ingerían transgénicos). Para no aburrirse de comer siempre lo mismo, solían acompañar el pan con caldos y sopas que con el tiempo evolucionarían hasta el actual cocido madrileño, nuestro querido puchero.

 

Era una época en la cual la gente comía sano pero a nadie se le ocurría poner una jarra de agua en la mesa por ser un agente transmisor de enfermedades. Por esta razón, la bebida para acompañar las comidas debía estar fermentada: eran buenos tiempos para los productores de vino, sidra o cerveza. Por ejemplo, en los países escandinavos se tomaban tan a pecho la cuestión de la higiene que llegaban a beber hasta seis litros de cerveza por día (aunque de menor graduación alcohólica que la actual): hubiera sido el paraíso para las cervecerías artesanales de Palermo.

 

¿Qué pasaba con la carne? La baja productividad y el escaso desarrollo tecnológico encarecía la producción de proteína animal y, por lo tanto, estaba sólo reservada a los más ricos: nobles, comerciantes y clero (obviamente). El cerdo era una de las opciones más consumidas. ¿Qué encarecía la producción? El costo de darle de comer a los animales. En el film de Guy Ritchie “Snatch: cerdos y diamantes” se echa luz sobre este tema: en una de las mejores escenas se da un delirante diálogo entre el ganster Brick Top (Alan Ford) y Turkish (Jason Statham), cuando el primero afirma que sólo le bastan 8 minutos a 16 cerdos para devorar 90 kilogramos de carne (hasta los huesos). Por lo visto, no es recomendable como mascota por más simpático que resulte en el film “Babe”.

 

Muchos siglos más tarde, y en Argentina, el cerdo aparece en el medio de una disputa entre “aperturistas” y “mercado internistas”. Esperemos que este nuevo intento no termine como la experiencia del ex-Secretario de Comercio de Raúl Alfonsín, Ricardo Mazzorín, cuando trajo pollos de Hungría, Brasil y Venezuela.

 

Made in USA

 

El acuerdo comercial entre Argentina y Estados Unidos es simple: exportamos carne sin hueso, limones y, por ahí, biodiésel e importamos, además de bienes de capital y tecnología, carne de cerdo Made in USA.

 

Para los estadounidenses, la exportación de cerdo no les cambia en nada, pero políticamente refuerza la simpatía de Donald J. Trump entre los votantes sureños. Para ellos, sería un paso importante ganar nuevos mercado para sus productos agropecuarios.

 

Aunque la balanza comercial bilateral siempre ha sido deficitaria con EE.UU. porque ellos ya tienen su propia pampa húmeda, el famoso “Corn Belt” (en el medio oeste americano), lo que aquí se discute otra cosa: el lobby de los estados de sur en cuestiones de importación de alimentos.

 

Nuestra hipótesis se sostiene en que, al tener cada sector su propio lobby, la traba al ingreso de productos primarios argentinos no se resuelve llevándose bien con los muchachos de Houston (sede de la industria petrolera) o los amigos de Wall Street, felices con cada nueva emisión de deuda en New York: es preciso hablar con otra gente. Esperemos que al ministro Ricardo Buryaile le vaya bien hablando con los granjeros del mediooeste.

 

Guerra no, baile sí Esta apertura comercial es discutible, pero al menos intenta un camino diferente. Las políticas públicas hasta ahora en materia de comercio exterior han dado, en los últimos 70 años, pésimo resultado. Hemos perdido participación en el comercio internacional y tenemos una industria ineficiente y sin escala. ¿Qué tal si probamos haciendo al revés? Es decir, abriendo mercados y firmado acuerdos de libre comercio para aumentar la competencia, ganar escala y mejorar la productividad. Cambiemos tendrá el desafió de avanzar, por una lado, con una reforma impositiva que deje de penalizar la producción y, por el otro, invertir en infraestructura. La queja y la protesta no tienen lugar en el mundo que se viene. Es hora de ponerse a pensar y trabajar.

 

Un crítico de las políticas económicas de Argentina y premio Nobel de Literatura (2010), Mario Varga Llosa, publicó en el 2000º “La fiesta del chivo”. La novela reflexiona sobre el apogeo de Rafael Trujillo en la década de 1950 en la República Dominicana. Lo único que pido, a quien sea en el futuro el narrador de las vicisitudes del Gobierno de Mauricio Macri, no termine titulando su obra con “El baile del chanchito”.

 

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