Llegó la hora del “costo argentino”

En la agenda de competitividad, “los avances (de Cambiemos) han sido más bien modestos”, dice un informe

 

Las palabras del Presidente, primero, sobre “la mafia” de los juicios laborales y, segundo, sobre la asfixiante presión impositiva (“los impuestos nos están matando”, declaró, con dureza, hace algunos días) forman parte de la agenda que se viene (o se debería venir) con el eje puesto en el llamado costo argentino. Es decir, los elevados costos de producir en el país. Sus palabras, antes y después, fueron música para los oídos empresarios, aunque, como siempre pasa, luego del diagnóstico, llega la hora del “delivery”, esto es, pasar de los dichos y palabras a los hechos y soluciones concretos.

 

El tema está en el aire (la expresión “costo argentino” tiene más de 1.000.000 de resultados en Google), y el Gobierno parece dispuesto a querer dar una respuesta pero, reconocen, no tienen tantos márgenes. Ni políticos (aún con una gran elección seguirán siendo minoría en el Congreso) ni económicos (un monstruoso déficit fiscal de más de 6 puntos del PIB).

 

“Así como la mala salud de la macro ha sido debatida en extenso, otro rasgo de la herencia kirchnerista –más vinculado al plano microeconómico y que no suele concitar tanta antención- resulta tanto o más pernicioso para las chances de desarrollo de la economía argentina. Nos referimos concretamente a nuestra dramática pérdida de competitividad”, dice Federico Muñoz en su último informe, distribuido entre sus clientes el fin de semana.

 

En efecto, relata, “durante la era Kirchner, se acumularon vicios y distorsiones que nos fueron haciendo cada vez menos competitivos”. Por varios motivos que, aún hoy, siguen presentes. “Para empezar, el progresivo retraso cambiario, resultante del anclaje del tipo de cambio y la inacción frente a la inflación”, dice. El otro día, el subsecretario de Programación Macroeconómica, Luciano Cohan, recordaba en Twitter que “Cristina asumió con un dólar que hoy costaría $30”. Muy lejos de la paridad actual.

 

A su vez –sigue Muñoz-, “el Estado presente tuvo como correlato un aumento asfixiante de la presión tributaria. El costo laboral (salarial y extra-salarial, actual y contingente) también fue creciendo ágilmente con el aval oficial, en lo que pretendía ser una postura pro-trabajadores, pero en realidad terminó conspirando contra la creación de empleo formal y la inversión”, agrega Muñoz.

 

Y no podemos olvidar, remata Muñoz, la proliferación de “kioscos”  y “peajes” en muy diversos ámbitos, “negocios con demanda cautiva que florecieron al amparo del poder político y engrosaron el costo argentino.

 

Círculo vicioso

 

La acumulación de lastres hizo que la oferta local quedara cada vez más relegada frente a la competencia externa. Y, “en ese contexto de aumento incesante del ‘costo argentino’, la gestión de Cristina sólo atinó a cerrar aún más la economía (frenando importaciones) y a redoblar el estímulo a la demanda interna (aun a costa de agudizar la inflación y el déficit fiscal)”.  Así, dice Muñoz, llegamos al recambio de Gobierno.

 

La era Cambiemos

 

“El nuevo equipo económico se propuso sanear la macro y a tal efecto encararon una trilogía de acciones -flotación cambiaria, combate a la inflación y compromiso de reducción del déficit fiscal- logrando progresos en ese sentido. Pero en lo que concierne a la mejora de la competitividad, los avances han sido más bien modestos. En primer lugar, porque la mala salud macro impide avances más ágiles. Por caso, no es posible un rápido alivio de la presión tributaria porque el déficit fiscal ya es enorme y las altas tasas de interés necesarias para frenar la inflación conspiran contra una baja del costo financiero. Pero además, porque el clima social en el país sigue siendo poco propicio para discutir la cuestión de la competitividad”.

 

Concluye Muñoz: “La búsqueda de una mayor productividad y eficiencia suele implicar esfuerzos y sacrificios que el grueso de la sociedad argentina no parece estar dispuesta a acometer. De todos modos, para atraer inversiones (locales y externas), generar empleo de calidad y lograr mejoras de bienestar sostenibles y masivas no hay otra alternativa que trabajar a destajo para bajar el costo argentino. Cuanto más tardemos en entenderlo, más tiempo nos llevará explotar nuestro innegable potencial de desarrollo”.

 

La presencia del tema en la agenda ya es un éxito del Gobierno. Hace rato era necesario que las palabras competitividad, costos” y productividad” entren en el siempre acalorado debate económico vernáculo y en el contexto de una economía que se quedó sin motores para crecer. Hoy, allí están esos conceptos, y eso es gracias, en parte, a que se resolvieron, o están en vías de resolverse, otros problemas más exóticos e inusuales: default, cepo, anomia estadística y demás. Pero, como se decía, llegó la hora de atacar el problema, y por eso los empresarios reclaman que el Gobierno pasa de ser un mero comentarista y relator de la realidad a una participante activo.

 

Allí, en el “costo argentino”, por todo lo que implica y todo lo que de él se deriva, Mauricio Macri se juega una partida clave de su gestión. Su éxito (económico y, por ende, político) dependerá, en gran medida, en la manera en que dirima esa problemática.

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