AUH precisa una reforma de segunda generación

La AUH genera casi unánime aceptación, por eso debe quedarse, pero esto no debe llevar a caer en el conformismo que implique cristalizar sus defectos

 

Por Jorge Colina Economista de IDESA

 

La Asignación Universal por Hijo (AUH) genera tanto consenso como conformismo. Lo primero es positivo porque significa que el programa goza de ciertas garantías de estabilidad. En una sociedad tan ambivalente como la nuestra, esto no es poca cosa. Pero el riesgo es caer en el conformismo, que parecería que es lo que está pasando. El conformismo puede llevar a cristalizar varios de los muchos defectos que la AUH tiene en su muy rudimentario diseño.

 

El primer defecto de la AUH es su condición de beneficio no contributivo de igual monto que su símil contributivo (las asignaciones familiares). Esto es, una mujer que trabaja en la informalidad, cobra la AUH sin necesidad de hacer aportes a la seguridad social (ya que está “en negro”), mientras que esa misma mujer si quiere ser registrada debe pasar a pagar altas cargas sociales sin que ello se traduzca en un beneficio diferencial. De esta manera, la AUH, tal como está concebida, induce a la informalidad. En Uruguay, lo que sería la AUH de ellos tiene el mismo monto que las asignaciones familiares de la relación de dependencia registrada, pero no se pagan cargas sociales para recibir asignaciones familiares. La razón es que, dado que la asignación por hijo se define como universal, entonces, se financian con rentas generales, no con impuesto al empleo formal.

 

El segundo defecto importante del diseño de la AUH es que otorga un mismo monto por cada hijo independientemente de la cantidad de hijos hasta 5. Sin entrar en la discusión sobre si esto induce a la maternidad –que posiblemente no lo haga, ya que las decisiones de procrear dependen de muchos otros factores más–, lo cierto es que tampoco ayuda a inducir una sexualidad y maternidad responsable, fundamentalmente en jóvenes de bajos ingresos. Actualmente, 1 de cada 6 nacimientos es de una madre menor de 20 años lo cual por eso mismo significa un parto de riesgo, para la madre y el niño. Desde la creación de la AUH este indicador no subió. Pero tampoco bajó, y desde el punto de vista de salud pública lo recomendable es que baje. Cabe aclarar que este indicador refleja los nacimientos de madre adolescentes, no cuenta los embarazos que fueron interrumpidos voluntaria o involuntariamente (ya que no hay registros de estos casos). Volviendo a Uruguay, allí el monto total de las asignaciones familiares disminuye con la cantidad de niños.

 

El tercer defecto relevante es que, al igual que con el caso de la maternidad, no induciría a la inactividad laboral –en otras palabras–, a abandonar un empleo y dejar de trabajar por recibir la AUH. Pero tampoco induce a la incorporación al mercado laboral. Las evidencias disponibles no son concluyentes pero sí muestran con alta probabilidad que las mujeres que reciben subsidios asistenciales tienen casi el doble de inactividad laboral que las que no reciben. La AUH puede ser un complemento pero nunca reemplazar el efecto positivo de una madre que tiene un empleo. En este sentido, hay que mejorar las condicionalidades. Actualmente la condicionalidad de la AUH es llevar los hijos a controles médicos y a la escuela, pero no tienen ningún inductor a la terminación de los estudios secundarios de la madre ni a su posterior incorporación al mercado de trabajo. En Chile, se sumó como condicionalidad que las madres que reciben la asignación por hijo perciben un importante suma adicional si trabajan. Las primeras evidencias señalan que esto ayudó a aumentar la participación laboral en algo y fundamentalmente en las madres más pobres.

 

En suma, la AUH genera casi unánime aceptación, por eso debe quedarse, pero esto no debe llevar a caer en el conformismo que implique cristalizar sus defectos. Precisamente, por ser un programa social tan aceptado, merece ser perfeccionado. En otras palabras, necesita una reforma de segunda generación.

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