La oda de la macro sana

Estamos ante un nuevo ensayo, que se llama Cambiemos, y promete resultados poco espectaculares pero sustentables

 

Por Alejandro Radonjic

 

Caben pocas dudas de que Argentina podría estar, económicamente hablando, mucho mejor de lo que está. Sobran recursos, potencial, superficie y hay déficit varios a subsanar, desde el elevado “costo argentino” hasta la seguridad jurídica, que pueden verse como brechas con el PIB potencial.  Y caben pocas dudas que la frase inicial podría haberse escrito hace 40, 30, 20 o 10 años, épocas en las que también hubiera tenido validez. Estamos, pues, ante un problema tan voluminoso como recurrente. Y los problemas que no se resuelven, lógicamente, se agravan. Así estamos: 32% de pobreza y perdiendo posiciones en el ranking global.

 

El objetivo, más que mirar hacia atrás, debe ser hacerlo hacia afuera y otear qué han hecho otros países y, luego mirar hacia adentro, para ver qué la falta a Argentina para sumarse a esa autopista del desarrollo y dejar de transitar entre la colectora y, muchas veces, las zanjas de la banquina.

 

Siempre recorriendo los contornos de la economía, la primera asignatura pendiente es tener una macro sana y estable que ofrezca certidumbre a las familias para planificar y a las empresas, las que generan empleo y riqueza en definitiva, para operar con calma y previsión. Mirando hacia adentro y afuera, ese repertorio debe incluir cuentas públicas relativamente equilibradas, inflación baja y una inserción inteligente en el mundo, que implique conceder algunas cosas y ganar (muchas) otras. No hay magia ni debemos aspirar a inventar la pólvora.

 

El manejo del corto plazo es el desafío histórico y grandes proyectos han naufragado en sus orillas. Hay que ser prácticos en el corto plazo sin perder la coherencia en el largo aliento. Y tener paciencia hasta la maduración. Y eso corre para los policy-makers como para la sociedad.

 

Estamos, hoy, ante un nuevo ensayo, que se llama Cambiemos, que promete resultados poco espectaculares pero sustentables. El tiempo recorrido es escaso, pero se aprecia con nitidez esa apuesta doble por manejar el corto plazo sin comprometer el largo plazo. Para algunos, hay dosis de contradicción, y puede ser que los instrumentos de hoy no sean, ni deban ser, los del mañana, pero el corto plazo es un desafío que debe sobrellevarse para evitar tener un cementerio de buenas intenciones. Y ese primer prerrequisito antes mencionado parece estar presente: existe un compromiso con una macro sana. Por necesidad, es cierto, pero también por convicción. Inflación de un dígito, cuentas públicas equilibradas y una mayor inserción global. Esa es la hoja de ruta. Nada novedoso en el mundo. Algo casi revolucionario por estos lares.

 

Por supuesto, la búsqueda de una macro sana, paradójicamente, puede tener costos colaterales en el corto plazo y requerir ajustes cuando la economía está montada sobre una serie amplia de desequilibrios. Así estamos hoy. Y pocos lo entienden, parece: la heterodoxia critica a Cambiemos por hacer un ajuste salvaje e insensible y la ortodoxia, por todo lo contrario. ¿Y la sociedad qué piensa? Veremos en octubre.

 

Pero pocos proponen un modelo alternativo, y van más allá de la críticas, mientras los beneficios de la macro sana se empiezan a sentir: el país (y sus empresas) se financian a tasas decrecientes (aunque altas aún), aparece el crédito hipotecario, la gallina de los huevos de oro (el agro) crece, la inflación tiende a bajar, hay incentivos para ahorrar en pesos, el país del “crisol de razas” retoma diálogo con las demás naciones, se crean oportunidades de empleo y las perspectivas de crecimiento del PIB son positivas para 2018 (rompiendo el serrucho del ajuste en los años no electorales).

 

El camino es largo y el éxito está lejos de estar garantizado. Requerirá pericia, paciencia (gradualismo), acompañamiento social, pedagogía y algo de ayuda, que siempre es bienvenida. En eso estamos.

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