Macron y los límites de una victoria

Las divisiones de la sociedad marcarán los límites dentro de los cuales este Presidente inesperado deberá desenvolver su mandato

Por Tomás Múgica Analista internacional

 

Empujado por el rechazo a Marine Le Pen, Emmanuel Macron es el nuevo presidente de Francia Como suele suceder en los balotajes, el ganador es la expresión de un voto negativo. En este caso, la victoria de Macron representa el freno a una candidata –Le Pen- y a un proyecto –el del Frente Nacional y la extrema derecha francesa- percibidos como una amenaza a los valores del liberalismo político todavía dominantes en la sociedad francesa. No por casualidad, en su discurso tras el triunfo, ha señalado que “Europa y el mundo esperan que defendamos en todas partes el Espíritu de las Luces”. El candidato de En Marche! capitalizó el apoyo de las clases medias, urbanas y cultas, que lo vieron como un baluarte de esos valores, frente al voto anti-élite, predominantemente de clase trabajadora, rural y de niveles educativos más bajos, que acompañó a Le Pen.

 

La victoria de Macron –un exbanquero europeísta y liberal, que más allá de sus ataques a la política tradicional pertenece, por trayectoria e ideas, a la élite francesa- está llena de advertencias. Empezando por el propio resultado electoral. Que el Frente Nacional -una fuerza que, a pesar de los esfuerzos de Marine Le Pen por suavizar su discurso, viene de una larga historia de xenofobia y racismo, reivindicación del pasado colonial y la Francia de Vichy- haya llegado a la segunda vuelta y haya obtenido más de un tercio de los votos, es un indicador de las divisiones existentes en la sociedad francesa y de los cuestionamientos que enfrentan los partidos tradicionales. A ello hay que sumar la performance de los otros candidatos anti-sistema, JeanLuc Mélenchon el más notorio, en la primera vuelta.

 

Pero hay más. Las divisiones de la sociedad francesa marcarán los límites dentro de los cuales este presidente inesperado deberá cumplir su mandato. Hay tres áreas decisivas en las cuales se manifestarán esos condicionamientos: la relación con la UE; la integración de los inmigrantes musulmanes y la seguridad frente al terrorismo islámico; y la gestión del modelo social francés.

 

En primer lugar, la victoria de Macron le da oxígeno al proyecto europeo.Pero la excelente votación realizada por los euroescépticos Le Pen y Mélenchon es un indicador significativo de la declinante legitimidad de ese proyecto, al menos en su estado actual. La UE deberá cambiar para sobrevivir como una entidad política significativa, balanceando la desproporcionada influencia alemana, abriendo mayores espacios a la participación ciudadana en las decisiones, y adoptando políticas económicas más inclusivas socialmente. Y Macron deberá ser uno de los gestores de esa reforma. De no hacerlo, se expondrá a cuestionamientos como los de Le Pen durante el debate televisivo entre ambos: “Francia será gobernada por una mujer, ya sea yo o madame Merkel”. En suma, el mensaje electoral ha sido: Europa sí, pero con cambios.

 

Segundo, el nuevo presidente deberá mostrar que es capaz de garantizar la seguridad y promover una convivencia más armónica en una sociedad en la cual una mayoría hoy rechaza a los inmigrantes provenientes del mundo islámico. El balance entre una mayor integración de los musulmanes y el necesario rigor frente a las amenazas terroristas no será fácil. Y tercero, Macron -que sostiene que sin cambios importantes en su costoso Estado de Bienestar, Francia no podrá recuperar un crecimiento económico vigoroso- deberá mostrar creatividad para contener el gasto público sin dañar políticas que la mayor parte de la sociedad francesa considera valiosas.

 

En ese contexto de limitaciones, Macron deberá explicar cuál es su verdadera identidad política: si se trata simplemente de un nuevo rostro de las políticas neoliberales o si, como afirma insistentemente, es un verdadero reformista. Otra desilusión podría ser demasiado costosa para Francia y para Europa.

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