Lo que Washington no da, Beijing lo presta

El viaje más importante del año para Macri no fue el de hace unas semanas a Washington: sin lugar a dudas será el de China

Por Esteban Actis Doctor en Relaciones Internacionales

 

Uno de los rasgos centrales de la política exterior del Gobierno de Mauricio Macri ha sido el “retorno a Occidente” en relación a profundizar los lazos con las “potencias establecidas”, particularmente con Estados Unidos. A diferencia de las percepciones del kirchnerismo, sustentadas en una visión negativa sobre el rol de EE.UU. a nivel mundial, el Gobierno de Cambiamos adscribe a los valores e ideales políticos y económicos que allí se promulgan. En Washington (sistema político) y Nueva York (el mercado por excelencia) está el alma mater PRO. Cabe recordar que las negociaciones y contactos realizados allí fueron claves para el regreso de Argentina a la globalización financiera. Durante su primer año, el Gobierno necesitaba de dólares financieros para lograr estabilidad económica y sortear la restricción externa, siendo EE.UU. el principal primus inter pares en la búsqueda de dichos objetivos.

 

Ahora bien, para las actuales necesidades económicas (y políticas) de la gestión de Cambiemos, principalmente lograr la famosa “lluvia de inversiones” (productivas, que vayan a la economía real) lo que hoy puede ofrecer EE.UU. tiene un límite estructural y coyuntural. El primero se relaciona a que en un sistema como el estadounidense, política y negocios no necesariamente corren en el mismo sentido. La buena sintonía política con Washington no garantiza per se el acompañamiento del sector privado, actor que evalúa sus planes de inversiones desde los aspectos técnicos. Por su parte, el que hoy ocupa la Casa Blanca ya ha anunciado la intención de reducir y limitar los aportes de EE.UU. a instituciones multilaterales como, por ejemplo, en el Banco Mundial y en el BID.

 

En ese marco se debe analizar la importancia del viaje del Presidente a China. El Gigante asiático otorga, para las necesidades argentinas y a diferencia de EE.UU., importantes ventajas. Por un lado, la relación entre el gobierno y el sector privado es directa. El Estado chino tiene ascendencia sobre las principales empresas y bancos, por lo cual la decisión política tiene un peso nodal para la ejecución de inversiones. Por el otro, China ha comenzado a jugar su rol de acreedor internacional y está dispuesto a financiar la expansión del capitalismo chino. El proyecto de infraestructura denominado One Belt, One Road (Una Franja, Una Ruta) y la creación/ capitalización del Banco de los BRICS y del Banco Asiático de Inversiones e Infraestructura (BAII) son claros ejemplos. Asimismo, los sectores en los que China tiene interés en aplicar su estrategia de going out se complementan con los sectores competitivos argentinos a los que en el corto plazo pueden llegar inversiones: energía (tradicional y las denominadas limpias), infraestructura, minería y algún sector industrial.

 

Antes de que Macri pise territorio chino, salió a la luz que Argentina espera traer firmado el financiamiento de compañías de ese país por US$ 12.500 millones para construir dos nuevas centrales nucleares. A su vez, en una entrevista ofrecida a una agencia de noticias china en la Casa Rosada, Macri afirmó que Argentina se ha comprometido a ser parte del BAII y precisó que esa entidad de financiamiento internacional “puede ser un vehículo muy bueno para seguir desarrollando iniciativas comunes”. Por último, se conoció el acuerdo de un “plan quinquenal” que contempla 16 proyectos de infraestructura financiados por el país asiático, el cual va a ser firmado por Macri en China.

 

En el imaginario del “socio externo ideal”, muchos funcionarios del Gobierno deben soñar con que Xi Jinping sea el que esté sentado en el Salón Oval de la Casa Blanca. A pesar de las distancias culturales, políticas e ideológicas con el “actor emergente” y de la clara adscripción a un occidente liberal, hoy China parece ser la vía rápida para oxigenar la alicaída economía argentina. En materia económica, el viaje internacional más importante del año para Macri no fue el de hace unas semanas a Washington: sin lugar a dudas será el de China.

 

Ante este panorama, dos reflexiones deben colocarse sobre la mesa. La primera radica en ponderar los costos en el vínculo con China, actor que desde una relación de fuerza también condiciona sus externalidades. A diferencia de Occidente, que exige influir en la gestión de las políticas públicas, Beijing vincula cuestiones en otras dimensiones. El swap del 2014 le costó a Argentina una base espacial cívico/militar en Neuquén y preferencias a las empresas chinas en compras gubernamentales. El reconocimiento de economía de mercado en la OMC, aspecto que genera sensibilidad en los industriales argentinos, seguramente estará sobre la mesa. Si a esto le sumamos la tendencia reprimarizante de nuestra relación económica, las amenazas son importante. La segunda, más esperanzadora, señala que después de la cumbre entre Trump y Xi Jinping en Mara-Lago se han disipado en el corto plazo un escenario de tensión y confrontación entre ambas potencias. El alejamiento del fantasma de una “bipolaridad rígida” ofrece un buen escenario para que la política exterior argentina pueda pivotear entre Washington y Beijing aprovechando los márgenes de maniobra que ofrece el sistema.

 

En definitiva, el viaje de Macri a China revierte la popular frase “lo que natura no da, salamanca no presta”. Para Argentina, lo que Washington no da, Beijing lo presta.

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