El gran empuje nacional

La economía argentina se quedó sin motor. Hace rato. El precio de la soja dejó de crecer y las materias primas en general derraparon

 

Nos quedamos sin nafta, aventuró un pasajero. Se paró el colectivo en la montaña y antes del repechaje posterior a la bajada. El ruido del motor no se sentía. La respuesta del conductor fue “nos quedamos sin motor”. La posición del vehículo era inestable. El pasaje era numeroso. Ponerlo en marcha era imprescindible.

 

La única manera de moverlo era bajarse y todos a una empujar en la misma dirección con voluntad.

 

Si alcanzaban la cima, después, todo sería más fácil. Con habilidad y aprovechando el envión de la bajada saldrían de lo más difícil y en condiciones de esperar repuestos y el arreglo del motor propio. Todos tenían claro que había que empujar en la misma dirección.

 

El escenario inimaginable es que el pasaje dividido hiciera fuerza en contrario. Para atrás, barranca abajo y con el colectivo mirando en dirección contraria, el desbarranque estaba garantizado.

 

Para adelante, si bien era cuesta arriba, después tendrían la dirección y camino a favor. No debería haber discusión. Todos abajo y a empujar en la misma dirección.

 

Aquí, nosotros

 

La economía argentina se quedó sin motor. Hace rato. El precio de la soja dejó de crecer y las materias primas en general derraparon. Brasil se paralizó. Decir que la inversión está quieta es una redundancia. No hay nada genuino que nos empuje. Fue fácil crecer a impulso de la demanda externa derivada de un escenario excepcional como la expansión china y su presión sobre los términos del intercambio.

 

Fue fácil la existencia en un mundo fantasioso como la “chimérica” en la que los yankees consumían a lo pavote, los chinos producían sin freno y ahorraban para financiar los desequilibrios americanos.

 

También nosotros contribuíamos modestamente incrementando nuestras reservas mientras disfrutábamos de una década de viento de cola que terminó siendo una década “soplada” porque el viento la empujó, pero la política irresponsable dilapidó lo que debería haber sido la palanca de transformación. Y eso no ocurrió con CFK sino con el propio Néstor. Es decir desde el primer momento en que nos encontramos con la abundancia inesperada de recursos, con términos del intercambio favorables y con las ventajas internas de un supertipo de cambio heredado más una deuda en default, que significa dejar de pagar. Todo a favor.

 

Y, además, un escenario dramático de pobreza y desempleo que implicaba ausencia de presión de demanda interna sobre los precios mientras el supertipo de cambio ayudaba a poner en marcha motores apagados desde hacía años.

 

Eso no está más. Ahora el motor no está. Y la solución, como en el caso del colectivo, no es técnica. En todo caso no es, primero, técnica. La solución es política. Todos a una. Abajo, que es una metáfora. Bajarse del pony dicen los chicos. Y a empujar. A pedir para que empujen y no prepotear con méritos aún no demostrados.

 

La oposición política, con la excepción de algunos pocos hombres y mujeres de distintas fuerzas que manifiestan la visión de hombres de Estado, no se destaca por disponer de “una visión” que llene de sentido el vacío de la política. No funciona el discurso de reivindicación del pasado porque es entonces cuando está la causa de no tener motor propio.

 

No funciona la paja en el ojo ajeno cuando la viga en el propio es monumental. Habrá pícaros, atorrantes, pecadores. Sí.

 

Pero cómo explicar las fortunas de los amigos. La magia de los hoteles que se reproducen como hongos. Los bolsos. No todos participaron. Obvio. Pero carece de sentido defender lo que estuvo mal. Aunque haya cosas que se hayan hecho bien. Y aunque haya cosas que los otros hayan o estén haciendo mal. Pero mucho menos dispone de una “visión” el oficialismo que, después de la multitudinaria manifestación del 1A, de reacciones disciplinarias que disolvieron el exceso de acción directa y el desprestigio de los dirigentes de los gremios docentes, ha optado por el discurso “somos los mejores”, “los más”, “los únicos”. Desubicados.

 

El ministro de Transporte, Guillermo Dietrich y el jefe de la CABA, Horacio Rodríguez Larreta, están lanzados en estos días a repetir que “ha ocurrido” lo que esperan que ocurra. Me explico.

 

El primero -afirma- dispone del plan de obras públicas de infraestructura “más grande de la historia”. Pero en todo caso es un “plan” y sería bueno esperar a que ocurra para poder comparar con lo que otros hicieron. Es cierto que hace años que en el país se hace poco. Pero no es menos cierto que “mejor que prometer, es realizar”.

 

Y la prudencia, que es una virtud a la que deben aspirar no sólo los políticos sino también los gerentes de empresas metidos a funcionarios, aconseja hacer el recuento de lo que hicimos después de haberlo hecho y no antes.

 

Habrá planes y obras en marcha. Pero hasta ahora no mueven el amperímetro. Y esto no quiere decir que Julio de Vido y la trouppe de funcionarios K merezcan calles con su nombre. Aunque, como decía Jorge Luis Borges, es bastante desagradable convertirse en una calle que, como tantas de la ciudad y el mundo, nadie sabe por qué se llaman así y, sin embargo, nos dirigimos a ellas con precisión.

 

Y lo mismo cabe al intendente Larreta, que nos comenta por radio que tenemos el plan de seguridad más ambicioso de la Historia ¿Y? Lo lógico es hacer ese plan y una vez los resultados a la vista de todos y caminando a las 12 de la noche tranquilamente por Leandro Alem nos sintamos tan seguros como lo sentíamos en la década del ‘60.

 

Plan y agenda

 

Recuperar infraestructura y seguridad es una tarea imprescindible. Pero nadie se debe comer el asado antes de que deje de sangrar en la parrilla.

 

El oficialismo, habrá excepciones entre ellos y la oposición, hay excepciones –la diferencia es mi ignorancia– no disponen de una “visión” que contemple el diseño del motor que arranque a la sociedad argentina del letargo y decadencia en la que estamos postrados mientras se viene la noche.

 

En términos de coyuntura económica es que la economía no arranca. Y no arranca porque los motores externos no están u operan a baja presión o solamente figuran como expectativa. Y los motores internos no existen. O están fundidos.

 

En esa circunstancia el conductor, si conduce, debe instar al pasaje a bajarse (y el conductor bajarse del pony de las encuestas de J. Durán Barba a quien Elisa Carrió lo considera un impresentable), generosamente, arremangarse, confesar la impotencia –que no es pecado– y convocar al gran empuje nacional.

 

El gran empuje nacional pasa primero por la catarsis de la crisis de la que todos los sectores, por lo menos todos los mayores de 21 y todos los que no están bajo la línea de pobreza, somos culpables por omisión o comisión (algunos de la comisión tienen notables cuentas pendientes, pero ese es otro tema).

 

A partir de allí abandonamos el pasado. Lo sepultamos por un tiempo y al menos hasta que alcancemos la cima, momento en el que no sería necesario seguir haciendo fuerza porque la inercia nos llevaría a tomar velocidad a destino con todos arriba.

 

Recordemos…

 

¿Es posible? Es curioso. En 1971, en plena dictadura, la CGT dirigida por José Ignacio Rucci –en un país asolado por la guerrilla y bajo la presión de una dictadura– cuando las balas mataban dirigentes sindicales, lanzó un documento que proponía un camino para salir de la recesión, el desempleo y la inflación que reventaba los salarios. El documento comenzaba con la frase “Hombres y mujeres sin trabajo”. El texto desarrollaba una “visión” desde la mirada de productores de la clase trabajadora argentina. Una “visión” convocante.

 

Ricardo Balbín supo capturar el sentido profundo del mensaje y convocó a “La Hora del Pueblo”. Todos los partidos políticos, menos la guerrilla (La Tendencia, Montoneros, grupos marxistas) y el liberalismo tradicional, más los adherentes a la dictadura, lo firmaron.

 

La clase obrera y las fuerzas políticas instalaban un diálogo propositivo y dibujaban un programa para lograr la democracia con sentido. Poco después y repitiendo la misma frase “Hombres y mujeres sin trabajo” todos los partidos, la CGT, la Confederación General Empresaria que agrupaba a los sectores pequeños y medianos de todo el empresariado nacional, industrial, rural, de servicios y sumaba más de 1 millones de asociados, firmaban las “Coincidencias Programáticas”.

 

Un documento con un diagnóstico compartido por todas esas fuerzas y, además, lo más importante, un conjunto de 20 leyes que habrían de instalar un modelo de desarrollo inclusivo, social y territorialmente, de la Nación.

 

La fuerza de esa visión compartida produjo la convocatoria electoral. Y el 90% del electorado apoyó a las fuerzas políticas que habían acordado una “visión” a la que Balbín definió con “el que gana gobierna y el que pierde apoya”. Gobierna con ese programa común y apoya ese programa común.

 

A la semana de asumir el poder se gestó el Acta de Compromiso. La inflación pasó de 80% a menos de la mitad en pocos meses. Roberto Aleman felicitó el acuerdo. Todos los empresarios de la UIA y hasta de ACIEL firmaron una extensión del mismo. En diciembre, Juan Carlos De Pablo escribió una nota desde FIEL donde sostenía que “no había mercado negro”.

 

En 1974 –un año después– se logró el mayor nivel de reservas de la historia hasta ese momento, un desempleo de 3% y la pobreza de 4%. No era el mérito del que había ganado. Todas las leyes se sancionaron por unanimidad.

 

Más allá de la discusión sobre el final, la cuestión principal es el principio. Con los militares en el poder y la guerrilla asesinando a mansalva, se logró un acuerdo valioso, profundo, inteligente.

 

Los que no lo firmaron usaron la fuerza sistemáticamente para terminarlo. La opinión pública lo apoyaba. Primero los Montoneros motivaron el asesinato de Rucci, quien había lanzado la estrategia, y después la dictadura. Hizo falta tanta violencia…

 

El motor posible es el gran empuje nacional: primero bajen y empujen.

 

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