¿Qué es Donald J. Trump?

 

por Julio Burdman

 

La pregunta es inquietante porque Donald J. Trump desafía muchas de nuestras imágenes y categorías. Pero la práctica política, que demarca espacios y pone etiquetas, necesita que la respondamos. Todo indica que “The Donald” es exponente de una derecha sin atenuantes. Para empezar, es millonario -o eso dice ser- e hizo campaña con eso. Ya como Presidente, convocó a una gran cantidad de gerentes y dueños de empresas a su gabinete, el menos político y menos tecnocrático que se recuerde en mucho tiempo. Sus ideas están fuertemente influidas por el management, el emprendedorismo y el individualismo. Impulsa reducciones de impuestos y los servicios sociales, y un aumento del 10% en el presupuesto de defensa. Y llevó más lejos que sus predecesores las restricciones a la inmigración ilegal y la negación del cambio climático. Finalmente, ganó las elecciones como postulante del Partido Republicano, que desde mediados del Siglo XX ocupa el cuadrante derecho superior del espectro ideológico estadounidense. ¿Qué más se necesitaría para calificarlo como un ultraconservador?

 

Sin embargo, hay demasiadas contradicciones. La más notable fue la constatación de que una importantísima porción del llamado “establishment” apoyó a su contendiente, Hillary Clinton. Incluidos los tres presidentes de la posguerra fría: Bill el esposo, Bush el hijo y Barack el jefe. En su discurso del Estado de la Unión del pasado 1º de marzo, Trump apeló al trabajo, el salario y la reconstrucción de la economía industrial estadounidense, en lo que luce como un segundo New Deal basado en la obra pública, el retorno “forzoso” al terruño de filiales de las grandes empresas y el proteccionismo comercial.

 

Una creación de empleo bajo estas condiciones podría implicar un encarecimiento de la producción, en el marco de una transferencia de ingresos hacia los asalariados. ¿Cómo podemos, entonces, calificar de derechista a un Presidente que tuvo poco apoyo arriba y propone redistribuir hacia abajo? La academia todavía está en estado de shock, pero muchos editorialistas y periodistas -Jackie Calmes de The New York Times, Rich Lowry del National Review y Matt Taibbi de Rolling Stone- han tratado esta cuestión en sus columnas: con Trump, dicen, el Grand Old Party estaría dejando de ser el partido de los ricos y la élite para convertirse en el partido de los trabajadores. Más concretamente, de los trabajadores blancos sin educación universitaria, que constituyen la primera minoría del electorado estadounidense y se volcaron masivamente por él el pasado 8 de noviembre.

 

Estos votantes, es cierto, ya venían acompañando a los republicanos desde hace dos o tres generaciones. Pero Donald los interpretó, enterró el “trickle-down economics” y los movilizó como nadie. Serge Halimi observó la paradoja de un electorado republicano estable pese los abruptos cambios de sus líderes –del neoliberalismo modernista al cristianismo militante al nacionalismo proteccionista–, contrariamente a un electorado demócrata en metamorfosis permanente pese a la estabilidad de su programa –el neoliberalismo progresista, como lo definió Nancy Fraser–. El intuitivo Donald, practicante de una metodología populista, simplemente escuchó a su electorado real, y empezó a hablar su idioma.

 

En ese sentido, Trump podría ser visto como quien salvó al Partido Republicano de sí mismo. De hecho, los principales desafíos al bipartidismo estadounidense en las últimas décadas fueron la candidatura de Ross Perot y las asambleas del Tea Party, dos corrientes que afectaron principalmente a los republicanos y que apelaron a ese mismo trabajador blanco que Trump conquistó.

 

Cabe preguntarse, entonces, qué es lo que deparará este giro popular que hoy lidera Trump. Porque ser el partido de los trabajadores no parece compatible con ser el partido de la derecha. Tanto el conservador Lowry como el progresista Taibbi, preocupados ambos por el advenimiento trumpista, coinciden en que había una disonancia entre el mensaje económico globalista que la dirigencia estadounidense pregonó durante veinte años, y los resultados que vieron sus votantes. Y advierten, también, que la respuesta a esta disonancia provino del Partido Republicano, y no del demócrata. Si el GOP está reaccionando a una demanda desde abajo, entonces Trump puede ser solo un oportunista lector de encuestas y big data para ganar las elecciones, que contuvo a los votantes desencantados con promesas falsas para salvar apariencias… o puede ser algo más que eso. Puede ser el iniciador de una nueva etapa en la política internacional, que lleve a la obsolescencia a la fórmula globalista del último cuarto de siglo, y también un transformador del rol de los republicanos en el sistema partidario estadounidense. Lo quiera, o no. No sería el primer político que termine ubicado en un lugar imprevisto por él mismo.

 

Siguiendo esta línea, decir que Trump es un derechista podría tener tanto sentido como recordar que Jesucristo era judío. Si es el intérprete de las demandas de un electorado y se debe a ellas, tanto a nivel local como internacional Trump puede partir desde un lugar, y terminar siendo la víctima y el instrumento de su tiempo. ¿Acaso puede el Partido Republicano convertirse en el partido de los trabajadores y terminar ubicado a la izquierda de los demócratas? Imposible no es porque ya ocurrió. Desde su fundación a mediados del Siglo XIX y hasta la Gran Depresión de los ’30, los republicanos de Lincoln fueron el partido del proteccionismo comercial, el antiesclavismo y el liberalismo político, lo que los ubicaba a la izquierda de los demócratas –librecambistas, esclavistas y racistas. Pero en 1932, el demócrata Franklin Delano Roosevelt ganó las elecciones y con sus políticas económicas y sociales alteró el balance ideológico. No estamos comparando a Trump con FDR, pero no está mal recordar que el lugar conservador que vienen ocupando los republicanos en el sistema partidario estadounidense es algo reciente, y que puede volver a cambiar. En el ajedrez, es cierto, solo puede haber un enroque por partida. Pero esto es política, el arte de lo posible.

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