El malestar de los ricos y los giros de la globalización

Desde una perspectiva de largo plazo es indudable que lo ocurrido en los últimos dos o tres siglos en materia de aumento de bienestar no tiene ningún antecedente en la historia de la humanidad.

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Desde una perspectiva de largo plazo es indudable que lo ocurrido en los últimos dos o tres siglos en materia de aumento de bienestar no tiene ningún antecedente en la historia de la humanidad. Nos referimos a la revolución industrial, pero también a la aparición del comercio internacional de bienes y activos tal como lo conocemos hoy (lo que llamamos “globalización”).

 

¿Qué ocurrió con el bienestar en el período de globalización? El producto del esfuerzo colectivo, aproximado por el PIB por habitante, se multiplicó por diez en el último cuarto del milenio. Y la cantidad de habitantes no disminuyó, sino todo lo contrario: se multiplicó por siete. Si miramos más allá del PIB también aparece la imagen de un cambio de tendencia positivo para el bienestar: si a mediados del siglo XIX la esperanza de vida llegaba a los 26 años, hoy roza los 70 años. Sólo 6 de cada 10 niños sobrevivían a los 5 años, y hoy lo hacen 19 de cada 20. Y hay más: no solo vivimos mejor y más tiempo sino que también la mayor energía nos hizo en promedio unos 8 centímetros más altos.

 

¿Por qué entonces la resistencia a la globalización? La respuesta es bastante simple: los frutos del esfuerzo colectivo no se han repartido en forma pareja, y en diversos momentos del tiempo los perjudicados alzaron –y alzan– su voz como respuesta.

 

¿Todos los países fueron parte de este progreso nunca antes visto asociado a la globalización? Lant Pritchett, al tratar de contestar esta pregunta, llegó a una conclusión bastante negativa en 1997. “La divergencia en la productividad y los niveles de vida relativos ha sido la característica dominante de la historia económica moderna”, decía. Así es como aparecieron los países desarrollados, por un lado y el resto –los países emergentes, diremos aquí– por el otro. Las disparidades de ingresos por locación (o la “prima por ciudadanía”) eran entonces muy altas en esos tiempos. No sorprende que en los países emergentes se concentrara el malestar con la globalización. En América Latina, por ejemplo, la escuela cepalina giraba en torno a repensar las relaciones entre los países.

 

Pero en algún momento de los noventa la globalización cambió, redefiniendo ganadores y perdedores. Gracias a la aparición de las cadenas globales de valor y las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs), desde 1990 vivimos un proceso de transferencia de know-how desde los países desarrollados hacia los emergentes que ha acelerado el crecimiento en estos últimos. Este proceso de transferencia de ideas –que Richard Baldwin llama La Gran Convergencia– ha ocurrido en un grupo selecto de países de Asia, pero gracias a su crecimiento ha arrastrado también a otros proveedores de insumos (tanto dentro de la ‘Factoria Asia’ como productores materias primas de otras regiones). En los países que viven La Gran Convergencia –traducida para nuestro caso como una dramática caída en la desigualdad por locación– la globalización tiene un valor positivo.

 

No es casual entonces que el malestar se concentre en los países ricos. Por eso las referencias a los beneficios que la globalización genera en los países emergentes no ayuda a borrar ese malestar actual con la globalización. Con un adicional importante: la desigualdad de clase (o intra-país) ha aumentado considerablemente desde los setenta en estos países, producto en buena medida de los nuevos rasgos de la globalización que comentamos más arriba. Por eso al enojo con el sistema de comercio internacional se suma un sentimiento antielite que va más allá del encono hacia la clase política.

 

En suma, para las clases medias y bajas de los países ricos aparece un doble motivo de malestar. Por un lado, La Gran Convergencia les quita parte de la prima de ciudadanía que gozaron por décadas; por otro lado, su ingreso relativo cae en relación a los segmentos de altos ingresos de su país. Veremos hacia delante el peso que esa voz de malestar tiene en el rearmado de la globalización.

 

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