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Sobre la utilidad social de las ciencias sociales

Por Pablo Mira

 

A propósito del conflicto desatado por el Presupuesto y los ingresos al Conicet, Ezequiel Adamovsky, doctor en Historia y reciente premio Houssay, escribió un artículo en La Vaca donde explica la importancia de la investigación en ciencias sociales para la sociedad. Para empezar, resulta bastante asombroso que todavía sea necesario explicarlo. No hay país de desarrollo medio para arriba que no financie investigadores en todas las ciencias sociales. Y nadie ha descubierto jamás ninguna relación negativa entre estudios sociales y desarrollo (la pregunta es cómo se justificaría un resultado así siendo que se estaría realizando una investigación, justamente, perteneciente al ámbito de las ciencias sociales). La idea de “derroche” vertida en algunas interacciones brutales en las redes sociales no tiene ningún respaldo científico.

 

Adamovsky explica muy bien la utilidad concreta de las ciencias sociales en general, y también la razón de algunos estudios de investigadores del Conicet con nombres curiosos que a primera vista suenan ridículos o irrelevantes. No repetiré sus puntos, con los que coincido, pero quiero agregar dos aspectos desde la perspectiva de un economista.

 

  • El primero refiere al financiamiento público de las ciencias sociales. Los que se preocupan por el gasto del Conicet no están en contra de la investigación, sino de que se pague con impuestos. Pero dos razones teóricas muy establecidas justifican el financiamiento estatal. Una es que la ciencia tiene propiedades de bien público: sus beneficios son de difícil apropiación privada, y lo mejor que le puede pasar a la sociedad es que los hallazgos se generalicen lo más posible. La otra es el carácter riesgoso de esta “inversión”. Los saberes profundos y valiosos pueden surgir al azar, luego de varios años de financiar investigaciones. Esto explica por qué las empresas privadas subinvierten en este tipo de ciencias, y privilegian en cambio los estudios que puedan explotar privadamente, sin socializar los beneficios. Bueno para la empresa, insuficientemente bueno para la sociedad. Privatizar la investigación científica es en cierto sentido miope porque privilegia el corto al largo plazo.
  • El segundo aspecto para remarcar es que algunos críticos del Conicet y de la relevancia de las ciencias sociales son…¡economistas! Quizás estos acusadores consideren que la economía es una ciencia dura, como la física o las matemáticas. Conozco bastantes economistas que quisieran que esto fuera así, pero casi ninguno serio que defienda el disparate de que eso sea realmente así. Podría pensarse que estos críticos solo aceptan a los economistas validados por el mercado, y no a los financiados con dinero público. Pero esto limitaría la acción de los economistas exclusivamente a unas pocas consultoras privadas y a los economistas de las cámaras empresariales, que por lo general actúan en defensa de su sector y no necesariamente piensan en términos de bienestar agregado. La privatización plena de la investigación económica significaría renunciar a todo plan de organización económica, a la política macroeconómica, a las leyes de regulación, y en definitiva a que la sociedad disponga de bienes y servicios públicos lo más eficaces posible. Una distopía privatista que ningún país del mundo ha intentado jamás. Digamos, de paso, que en esta lógica tampoco existirían los organismos internacionales que hacen economía, incluyendo el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o al Banco Interamericano de Desarrollo.

 

En tren de ser algo cínicos, podríamos preguntarnos incluso cuál es la utilidad social de los economistas en general y de los analistas privados en particular. ¿Acaso no hemos hecho pronósticos completamente erróneos? ¿Acaso pudimos resolver el problema de las crisis y las recesiones? ¿Acaso no nos copiamos entre nosotros, en el seguimiento de la coyuntura y en la investigación? ¿Acaso no damos visiones sesgadas a favor de los sectores para los que trabajamos? ¿Acaso no hemos provisto información privilegiada para que algunos inversores se beneficien contra la mayoría? El jueguito chicanero de quién aporta más a la sociedad es absurdo y enojoso, porque es imposible detectar con alguna precisión qué actividad es útil y cuál no. El criterio que hoy se usa en todo el mundo es que los privados apuesten a la eficiencia y los bienes privados en función de lo que el mercado valúe, y que el sector público financie los bienes sociales con el objetivo último del bienestar general. Esto es, al menos, lo que la teoría de las ciencias sociales recomienda.

 

(*) Economista.

 

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