Probemos con el miedo

Por Carlos Leyba

Cada año se repite en Davos un encuentro de CEO globales, las personalidades destacadas en el campo de las tendencias más sólidas en el mundo de los negocios y, en general, ocurre con poca presencia de empresarios argentinos.

En esta oportunidad, como en muchas otras, se hicieron presente “nuestros concesionarios” esa “astuta avis” que –en nuestro país– se ha apropiado del patrimonio público a cambio de menos que poco; que goza del enorme privilegio de la protección natural que esas actividades conllevan; del trato preferencial del PRO, que prolijamente remeda el que tuvo el Gobierno K y que cuentan entre ellos al récord de la fortuna súbita, que es la característica que los une con sus benefactores.

La casi ausencia de los empresarios que producen y acumulan con el esfuerzo propio es notable en esta oportunidad, como lo ha sido en muchas otras. Es que la visión de la globalización divide las aguas dentro de nuestro país –lo que invita a la adhesión o al rechazo al mecionado foro– y lo nuevo es que, en los tiempos que corren, la globalización también está generando tensiones en todo el planeta.

La (nueva) batalla

Ausentes con aviso en el Foro de Davos, han sido los protagonistas del ascenso político de las ideas críticas a la globalización, que están contenidas en los fenómenos Trump, Brexit, indignados, los partidos antisistema en toda Europa y, por qué no, muchas de las expresiones doctrinarias del papa Francisco.

El foro es territorio de las empresas multinacionales, que son una expresión de la desnacionalización del capitalismo –que nació con las naciones–y de los organismos internacionales que han estructurado otra idea de burocracia sin Estado.

Todo es producto de la doctrina neoliberal fundada políticamente hace 40 años en los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Sus resultados han profundizado la inequidad en todos los países, han generado enormes niveles de desempleo e incremento de la pobreza en los países centrales. Las reacciones negativas se han hecho sentir.

Tal vez por eso este foro, doctrinariamente hipercapitalista, fue presidido, esta vez, por el líder del Partido Comunista de China, que colocó a la práctica marxista como la expresión más agresiva a favor del libre comercio. Hubo que girar a Oriente para encontrar un adalid convencido. Es que la eliminación de barreras es la vía para sostener la expansión sine die del Celeste Imperio. Y es la vía que corrobora el Teorema Stolper-Samuelson que establece que el libre comercio iguala el precio de los factores: detrás de cada producto chino se oculta una presión a la baja de los salarios por desaparición del empleo.

¿Reconocerán a China como economía de mercado? Néstor Kirchner lo hizo, aunque no lo envió al Congreso.

¿Y la IED?

Nuestros funcionarios viajaron a Davos para repetir la búsqueda de inversiones extranjeras que inauguraron al asumir en Buenos Aires. El portavoz de las ideas gubernamentales fue el ministro Francisco Cabrera.

Cabrera expone sin anestesia. Lo recordamos en la reunión de Abeceb, que dirige Dante Sica, momento en que, ante 300 empresarios locales, a la pregunta sobre cuándo arranca la economía respondió “no tengo la menor idea”, desnudando así las improvisaciones trimestrales de sus colegas de gabinete. La realidad confirmó que la polvareda de la economía arrancando no se divisó en 2016. Tenía razón.

Y ahora en Davos le ha dado la despedida al mantra de “la confianza”. Durante todo el año, el Presidente y su equipo han repetido que ellos trajeron “la confianza” y que con “la confianza” llegarían las inversiones y con las inversiones el crecimiento. El crecimiento no llegó –y en el mejor de los casos todos esperamos el rebote en 2017, que es otra cosa– y tampoco llegaron las inversiones.

La pregunta que nos hacemos los ciudadanos es si llegó “la confianza”. Pero la que hoy se hacen los funcionarios, después de un año, es si con “la confianza” alcanzará. Ellos creen que “la confianza” llegó porque, a su entender, ellos mismos la generan. Es decir, creen, que la presencia de los CEO en el Gobierno genera la confianza de otros CEO. Pero, en la práctica, no alcanzó.

Habrá que probar con otra cosa. Inclusive con lo contrario a la confianza que, como sabemos, bien puede ser el miedo. Quien tiene miedo no tiene confianza y viceversa.

Miedo al miedo

Probamos con la confianza y no sirvió. ¿Y si probamos con el miedo? Algo por el estilo acaba de insinuar el honesto Cabrera.

En Davos sostuvo, según La Nación, que “Argentina tiene un problema de productividad en la industria y que la estrategia de integrarse al mundo para sumar tecnología e inversiones “genera miedo”. Para aclarar sus ideas dijo: “El empresariado piensa en productividad con una concepción antigua”.

Para Cabrera, el “problema de la productividad de la industria” se debe a la “concepción antigua de la productividad” del empresariado argentino. Es decir se trataría –según Cabrera– de un problema cultural. ¿Qué será lo antiguo – y lo contrario – de la productividad? Inescrutable.

Hay consenso en la profesión en que “la productividad” es consecuencia de la acumulación en bienes de capital, tecnología, innovación, capacitación, organización, etcétera.

En consonancia con este concepto J. A. Schumpeter definió al capitalismo como un sistema de propiedad privada en el que la innovación (la vía de acceso a la productividad creciente) se financia con crédito. El problema es que lo que no existe en Argentina es el crédito capaz de financiar la innovación, los bienes de capital, la tecnología, la capacitación, la organización, etcétera. El crédito al sector privado no pasa del 15% del PIB e incluye hasta la financiación del consumo. Puede que sea una concepción antigua. ¿Cuál sería otra?

El ministro nos respondió: “Acá, en Davos, quiero atraer inversiones a Argentina. Compañías grandes que traigan innovación e integración al mundo”. Tres conceptos: “compañías grandes”, “innovación” e “integración al mundo”.

Cabrera propuso un modelo que ya en el año 1925 el economista español Luis Olariaga, amigo de José Ortega y Gasset, describió en Revista de Occidente. En él auguró su hibridez, la que se materializó: el progreso social colectivo no se importa.

Es importante generar potencial de compañías grandes, una cultura de la innovación e integrarnos al mundo que significa, esencialmente, diversificar producciones y mercados. Y no desactivar producciones, especializarse y concentrar mercados, que vendría a ser lo contrario y a lo que hemos estado sometidos casi durante los últimos lamentables 40 años.

Eso es lo que hasta ahora generó el modelo insinuado por Cabrera. Demasiadas palabras sin la adecuada explicitación.

El ministro continuó: “Hay tensión y miedo. Porque cuando hablamos de normalizar la economía e integrarla, eso produce miedo. Cuando hablamos de comercio internacional, las pymes tienen miedo”.

De las palabras de Cabrera se desprende que “la confianza” sembrada no germinó en las compañías grandes y que por eso vino ahora a Davos a buscarlas. Y tampoco en las Pymes locales, que las describe “tensionadas y con miedo”.

Y dado que, día a día, como dice Mauricio “todos los días un poquito más”, hablan de normalizar e integrar la economía y comercio internacional que, según Cabrera, les producen miedo a las pymes, podemos concluir que se da por terminado el discurso de “la confianza” y van a probar con lo que da “miedo”.Una suerte de “con sangre la letra entra”.

Atrasamos el tipo de cambio, mantenemos alta la tasa interés en pesos, abolimos controles antibicicleta, formulamos estrategia de pedal a full, entran dólares financieros, reforzamos atraso cambiario, ingresan importaciones, se tornan inviables actividades manufactureras, se hace cuesta arriba agregar valor…Un círculo vicioso harto conocido.

Entonces…

Es obvio que ni Cabrera ni el Presidente desean esas consecuencias. La pregunta es si son evitables y si las demás decisiones estratégicas pueden generar efectos compensadores. Por lo pronto, la canciller Susana Malcorra ha repetido su vocación por incorporarnos a diversos tratados de libre comercio. Todo ello apunta al mismo camino y responde al mismo supuesto acerca de la conducta empresaria. No lo han dicho. Pero está implícito: para Macri, “sólo piden”.

La gente del PRO, que imagina a los empresarios como si todos siguieran el patrón empresarial de Franco Macri, supone que todos son oportunistas y prebendarios y que la apertura – y tal vez la llegada de “compañías grandes multinacionales” que les generen “miedo”, los hará transformarse de parásitos, con concepciones antiguas acerca de la productividad, en empresarios capitalistas modernos.

“La letra con sangre entra”. Puede que sea cierto. Pero lo que es indudable que cuando se transita el camino del atraso cambiario y la vocación de libre comercio, entran bienes, cierran plantas, aumenta el desempleo y crecen los déficit gemelos. La economía de la deuda en la nueva versión de la economía del miedo.

Tenemos que concluir en que, después de 40 años, hemos logrado un gran consenso en el error: militares, peronistas, radicales, liberales, todos –cada uno a su turno– haciendo imposible producir en la Argentina otra cosa que no sea explotar recursos naturales.

En la dictadura se decía “achicar el Estado es agrandar la Nación” y la realidad ha significado que achicar la Nación y el aparato productivo ha sido agrandar el Estado.

Fuera de Davos, el Gobierno se debate entre “gradualismo” y “shock” y en ese ditirambo caen funcionarios como moscas. Es que la cuestión no pasa por el equilibrio del Estado sino por el equilibrio de la Nación. Y ese hay que construirlo y no alcanza “la confianza” ni sirve “el miedo”. Necesita política, que es lo que el PRO quiere hacer desaparecer. Miedo.

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