“Macri y Evo tienen los mejores niveles de imagen de la región”

Entrevista a Julio Burdman, Director del Observatorio Electoral Consultores

 

En diálogo con El Economista, Julio Burdman dice cuáles pueden ser los cisnes negros planetarios de 2017 y argumenta que “la situación de Brasil es verdaderamente preocupante”. Asimismo, ofrece su opinión sobre la imagen positiva que ostenta Mauricio Macri (aunque retrocedió algunos escalones), habla de la interna peronista (y la de Cambiemos también) y explica qué está en juego en las legislativas.

 

Brexit y Donald Trump fueron los grandes cisnes negros de 2016, aunque no los únicos. Estamos antes electorados más difíciles de leer y presenciamos rarezas políticas varias. Hay gente que todavía no se explica cómo Trump siquiera fue nominado como candidato republicano. Si bien son imposibles de predecir los cisnes negros, ¿a qué elecciones y definiciones hay que estar atentos en 2017 para ver si sigue la racha de sorpresas?

 

Podemos discutir si los resultados electorales de 2016 fueron tan sorprendentes o el producto de procesos sociales que se venían gestando y observando desde hacía tiempo. Da para largo. Pero ya en 2017, las dos elecciones que más nos importarán seguramente serán las de Francia –la primera vuelta será en abril y, la segunda, en mayo- y Alemania -a fin de año y con fecha a definir-. Después del Brexit, hay un convencimiento de que en esas dos elecciones se juega el futuro de la Unión Europea. En Francia, un triunfo de Marine Le Pen sería una conmoción. Su Frente Nacional plantea desde hace décadas que el Estado francés debe recuperar el control de sus fronteras y la moneda, entre otras cosas. Si obtuviera el 50% más uno en el ballotage en mayo, comenzaríamos con un nuevo shock sobre el euro, que hoy está próximo a la paridad con el dólar, y con el anuncio de que París hará todo lo posible para independizarse de Bruselas. Sería como un jaque a la UE, que para entonces habrá perdido los alfiles y las torres, y deberá ser defendida por la reina sobreviviente, Angela Merkel. Quien, paradójicamente, deberá adoptar un discurso menos europeísta y más alemán para ganar la elección, cosa que ya viene insinuando. Los pronósticos dicen que Marine no puede ganar porque en la segunda vuelta la mayoría se alineará detrás de su contendiente “del sistema”, François Fillon, Emmanual Macron o quien sea. Pero ninguno de ellos está diciendo las cosas que los votantes quieren escuchar.

 

También hay elecciones en América Latina…

 

En nuestro barrio hay elecciones presidenciales en dos países afectados por la caída de las commodities: Chile y Ecuador. La economía de Chile apenas crece y la de Ecuador cae. Dos liderazgos antes indiscutidos, Michelle Bachelet y Rafael Correa, están en retirada. Correa se automarginó invocando razones personales, pero sospechamos que no quiso ser el Presidente del ajuste que viene. En Chile retornan, sin entusiasmo, los nombres de Sebastián Piñera y Ricardo Lagos. Las elecciones en América del Sur definen los nombres y las formas de un nuevo “pasar el invierno”.

 

Con la salida de Dilma en Brasil, tras el impeachment, se suponía que la crisis brasileña iba a tender a solucionarse. Sin embargo, pasaron los meses, la economía no arranca, la popularidad de Michel Temer es bajísima y los casos de corrupción le están respirando en la nuca. ¿Seguirá la crisis?

 

La situación de Brasil es verdaderamente preocupante. El empujón a Rousseff estuvo impregnado del mismo diagnóstico que se respiraba en Argentina en 2015: que un giro liberal en el Gobierno iba a producir un “shock de confianza” en los mercados de capitales y que íbamos a atraer grandes flujos de inversiones, en principio financieras. Si volvemos escuchar aquellos discursos, entre angustiosos y disparatados, de los diputados liderados por Eduardo Cunha que votaron el inicio de la era Temer, estaban hablando de salir de la crisis económica. Pero falló la lectura del mundo. Hoy Brasil está políticamente descapitalizado, y busca implementar políticas de fuerte austeridad sin liderazgo político. Temer dice: ‘yo, que no tengo pretensiones electorales, me inmolo para que el sistema sobreviva’. Pero esa idea, que en el Brasil de hoy muchos bienintencionados comparten, en mi opinión es errónea: sin apoyo popular ni legitimidad, sus decisiones de gobierno son inestables.

 

Volvamos a Argentina. Una encuesta reciente de Observatorio Electoral Consultores encontró que el Presidente tiene una imagen positiva de 42,5%, una de las más altas de la región. ¿Cómo lo explica y qué pasará si las expectativas positivas para el desempeño de la economía en 2017, que apalancan ese 42,5%, no se cumplen?

 

Macri no tiene una superimagen y sufrió un cierto deterioro, pero así y todo es una de las mejores de América Latina. Recordemos que estamos en un momento de deglución de liderazgos políticos en la región: vacas sagradas como Bachelet, Correa y Tabaré Vázquez caen, PPK asumió en pendiente, Temer y Nicolás Maduro están por el piso, y a Juan Manuel Santos no le pueden dar un premio Nobel todos los meses. Macri y Evo Morales son los dos sudamericanos que se mantienen a flote. Hay explicación: el PIB de la región está en caída, mientras que Bolivia es el único país que creció a tasas interesantes en 2016. ¿Por qué, entonces, Macri? Hay un debate al respecto. Todos tenemos los mismos números: que la imagen de Macri se mantuvo razonablemente bien a pesar de que aún los que lo apoyan dicen estar disconformes en materia económica. Las explicaciones que dominan son políticas: que el Gobierno logró sostener importantes cuotas de apoyo gracias a su habilidad comunicacional y discursiva, y a un juego político que dejó sin mejores opciones a su propia base. Traducido: los que lo votaron en 2015 siguen creyendo que la recuperación está a la vuelta de la esquina y, además, no saben adónde ir. Conclusión: un Macri que es mejor político de lo que muchos suponían logró sobrevivir a un mal primer año económico. Yo comparto todo eso, pero creo que hay que explorar un poco más detenidamente la variable económica. Que está impactando demasiado evidentemente al resto de los países latinoamericanos. Aun cuando hubo inflación y pérdidas de ingreso en este primer año que afectaron a grandes sectores, y por ello la disconformidad, tiendo a creer que la política gradualista y hasta expansiva en el gasto público social tuvieron efectos positivos sobre la imagen de Macri y María E. Vidal. En el análisis de la imagen presidencial por región, podemos ver que hubo cierta caída en CABA y el interior, pero crecimiento en la provincia de Buenos Aires. Y tal vez haya segmentos sociales que esperaban recortes más fuertes y, en el balance personal, quedaron empatados. Esta mirada requiere un análisis más fino de los números y es importante para el debate entre gradualistas y fiscalistas en el seno del equipo económico: tal vez el gradualismo pagó mejor de lo que algunos creen.

 

En unos meses más, iremos a las urnas. Hoy, a trazos gruesos, hay tres espacios en el universo peronista: el PJ institucional y territorial; los resabios del kirchnerismo y el Frente Renovador. ¿Competirán juntos o separados y, en base a eso, cuándo se dirimirá la famosa interna peronista y el movimiento se encolumnará detrás del nuevo elegido?

 

Hoy luce difícil la unión, por algo que Eduardo Duhalde sintetizó muy bien: el cogobierno. Los peronismos son hoy una gran masa de votos y gobernantes. Y hay al menos cinco peronismos con poder: los gobernadores, los intendentes bonaerenses, los diputados, los senadores, y la CGT. Cada uno de estos cinco peronismos tiene su propia lógica, y está cooperando aceitadamente con el Presidente y la gobernadora Vidal. Sergio Massa y CFK son algunos aspirantes a liderar a esta gran torta, pero hoy tienen poca influencia en el esquema de los cinco peronismos. Yo dudo un poco de la teoría de que una elección legislativa bonaerense alcance para ordenar a todo este conjunto. Siquiera estoy seguro de que massismo y kirchnerismo sean hoy corrientes con capacidad de liderar al mismo peronismo bonaerense. ¿Qué ocurriría si se diese una nueva “rebelión de los intendentes”, como en 2013, y el PJ termine postulando a Verónica Magario o Juan Zabaleta como candidatos “propios” para enfrentar a Vidal? Massa y el kirchnerismo puro perdieron el poder territorial. Creo que en 2018, homenajeando a la histórica interna de 1988, el peronismo deberá realizar una movida introspectiva para construir una candidatura presidencial. Pero ello requerirá mucha voluntad, y liderazgo.

 

¿Avizora tensiones al interior de Cambiemos en el famoso armado de listas? Hay una mesa chica cada vez más poderosa y amarilla, que seguramente querrá monopolizar el bolígrafo y asegurar legisladores leales para el último tramo y, por otro lado, un radicalismo que siente que apoyó y pone más bancas en juego…

 

Sin duda. Hay una tensión no resuelta en Cambiemos. Una tensión de identidad, que podemos sintetizar en dos conceptos: el “cambio” de 2015 y el “cogobierno” de 2016. El debate entre el ala amarilla y Emilio Monzó expresa esta tensión: los amarillos audaces quieren despegarse cada vez más del cogobierno, casi tanto como Néstor Kirchner de Duhalde en 2005. Y Monzó (y otros tantos que piensan como él, pero hablan bajito), con una visión más tradicional de la política, quieren sincerar la relación con el peronismo, y cooptar algunos dirigentes representativos. Los segundos tienen un buen argumento electoral: si presentamos en sociedad nuestro noviazgo –nunca casamiento– con peronistas varios, podremos presentar casi como propios sus triunfos electorales provinciales este año. Los amarillos ponen a la decisión política sobre el poroteo: es ahora o nunca, dicen. Los radicales van a seguir presentes en Cambiemos, y tal vez logren aprovechar para conseguir algunos nuevos espacios e influencia: tanto Marcos Peña como Monzó descuentan que seguirán con ellos hasta el final.

 

El 2018 y 2019 del Gobierno será muy distinto si gana las elecciones que si las pierde. ¿Qué nos puede decir de uno y otro escenario?

 

Si Cambiemos decide ir por el camino “purista” y sufre una derrota rotunda, sin dudas todo su esquema de gobernabilidad sufrirá. Sin embargo, con la información de hoy cuesta imaginar escenarios tan nítidos en términos de triunfo o derrota. Los escenarios grises e intermedios parecen más probables. Por ejemplo, si Cambiemos gana en la CABA y provincia de Buenos Aires, con un tercio de los votos nacionales, con triunfos peronistas en la mayoría de las provincias, y sin cambios en la composición de las cámaras, ¿es un triunfo o un empate? Todo dependerá de las expectativas que cada uno se ponga, y de cómo se definan los términos de la elección. Algo que todavía no han logrado hacer ni Cambiemos ni el peronismo. Por eso, antes de responder a esa pregunta, debemos saber cómo se dirimen las cuestiones anteriores.

 

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