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“Había espacio para evitar la recesión y tener menos inflación”

 

Entrevista a Jorge Carrera, Ex jefe de Investigaciones Económicos del BCRA

 

En diálogo con El Economista, Jorge Carrera, ex jefe de Investigaciones Económicos del BCRA y profesor de finanzas internacionales de la UNLP, analiza el primer año de las Macrinomics y ofrece su pronóstico para 2017.

 

El Gobierno, y varios consultores también, esperaban que la economía, como se dice en la jerga, pegue la vuelta en el segundo semestre y los brotes verdes se difundan. Como sabemos, eso no ocurrió. ¿Lo sorprendió o era iluso pensar que eso ocurriría?

El problema fue que el Gobierno, siguiendo su agenda económica de largo plazo, cometió un error fundamental: no tomar en cuenta los costos económicos que tienen las transiciones. El Gobierno sostenía que el modelo anterior se basaba excesivamente en el consumo y el mercado interno y que querían ir hacia un crecimiento traccionado por la inversión. Para eso envió señales fuertes aumentando la rentabilidad esperada, devaluó, comenzó a modificar los precios relativos, hizo múltiples desregulaciones, levantó del cepo, entre otras acciones que generaron una importante redistribución del ingreso. La política cambiaria, monetaria, fiscal y financiera, fueron en esa dirección apuntando a subir la rentabilidad para futuras inversiones. Pero, como se sabe, partieron de un error de diagnostico inicial importante, pensaron que el shock devaluatorio no iba a tener impacto porque los precios, según decían, ya habían tomado el dólar blue a 15 y, en un contexto de equilibrio general, el cambio en tarifas iba a ser compensado por otras bajas, y así el impacto inflacionario iba a ser mínimo. Con ese diagnóstico errado hasta abril tuvieron una política monetaria y cambiaria muy errática que generó mayor confusión. Tampoco hubo una política de ingresos coherente. Y pasó lo que era esperable: esa política llevo a una erosión fuerte de la masa salarial y una recesión bastante profunda que no pudo ser compensada por una política financiera muy agresiva que permitió un rápido acceso a los mercados. Adicionalmente, pensaron que con agregar al shock distributivo un enfoque market-friendly alcanzaba para hacer llover inversiones. En resumen, de un motor gasolero quisieron pasar de golpe a uno naftero y continuar creciendo. Eso no ocurrió, la economía se quedó sin el motor viejo y el nuevo nunca arrancó y el PIB comenzó a contraerse. Subestimaron las lecciones ya aprendidas. Un poco asustados por lo se había generado, hacia mediados de año cambian el mix de políticas, con una política fiscal más expansiva y una política monetaria más contractiva. Resultado, la terapia de shock dañó al paciente, con recesión, exceso de inflación, no mejoró el sector externo, el tipo de cambio termina con una mejora magra para semejante shock y en ese contexto no vinieron las inversiones. La política fiscal salió a morigerar esto con deuda y mayor gasto, pero no se vieron los resultados todavía. Mucho costo económico y social para un resultado que no llegó. El gradualismo podría haber costado menos.

 

¿Por qué es tan importante tener un tipo de cambio alto y competitivo? Hay evidencia que indica que su impacto sobre las exportaciones es cada vez más acotado…

Es una grieta más entre los economistas que debe ser cerrada saliendo de los lugares comunes. No podemos caer en la simplificación que cualquier tipo de cambio alto es bueno y nos arregla todo. Pero también hay que señalar la facilidad con la que Argentina choca con la restricción externa cuando quiere estimular la demanda y tener un mercado interno pujante, como se vio con el gobierno anterior. Un tipo de cambio real adecuado te cubre ante eso. En Argentina tenemos un problema adicional: que es un sector muy competitivo por la naturaleza y también por la innovación, que es el agropecuario y el resto de los recursos naturales y, por otro lado, tenemos un sector, más ligado a la industria, que no es tan competitivo pero es el más intensivo en mano de obra. Es muy difícil encontrar un tipo de cambio único que sea adecuado para ambos. Pero necesitamos de ambos sectores. Es un país demasiado grande y no se puede pensar que el agro, aun con todos sus eslabonamientos, pueda absorber la mano de obra con casi 45 millones de habitantes. El sector intensivo en mano de obra debe tener un tipo de cambio que le permita crecer y exportar, como mínimo hacia América Latina y así integrarse a cadenas productivas. Por eso, el tipo de cambio debe ser relativamente alto por un tiempo. Además hay contradicciones notables, por ejemplo, el tipo de cambio apreciado en el corto plazo genera una sensación de bienestar por el acceso a bienes externos baratos mientras destruye gradualmente el empleo. Esperemos que no sea este el sendero hacia donde se encamina el Gobierno.

 

Máxime cuando se piensa tender hacia la apertura. Hacerlo cuando el tipo de cambio no es competitivo puede ser muy nocivo…

Efectivamente. Además, hay países muy agresivos en sus políticas de venta de stocks y excesos de capacidad. Y ni hablar de las ventas online y el e-commerce. Es claro que no te podés quedar anclado en el pasado, pero hay que dar tiempo y reorganizar y reinventar los procesos productivos, pero se debe hacer de una forma armónica con incentivos y penalidades claras. En el largo plazo, para las nuevas generaciones, la formación de los recursos humanos es clave, pero también que la gente no pierda sus empleos y se desenganche del proceso productivo. Este es el costo irrecuperable de las recesiones.

 

Y allí, como mencionaba, la transición es clave…

Totalmente. Si te pasás un año con una caída del PIB de 2,5% o 3%, como 2016, tenés costos. La gente pierde habilidades y hay ocupados que pasan a la desocupación y luego se les complica salir de allí. Por algo en general se trata de escapar de las recesiones salvo que se las desee con fines disciplinatorios. Este costo va más allá de los 3 puntos que te cae el PIB y te destruye crecimiento potencial. Pero nunca se lo computa. La caída de 2016 no era inexorable. Aun con los instrumentos que este Gobierno prefiere debían haberlos usado en forma diferente. Una estrategia cambiaria más gradual para no tener un salto inflacionario tan alto; hacer gradual el ajuste tarifario y tener también gradualismo en las rebajas fiscales, manteniendo el shock agresivo en lo financiero, adelantando el blanqueo al primer semestre, graduar la reparación a jubilaciones altas, no bajar las retenciones con la devaluación y asociar incentivos a inversiones concretas. Esto te daba un espacio para tener menos inflación y posiblemente evitar la recesión.

 

¿Cómo está viendo el tema de la inflación? Ha descendido, ciertamente, desde los registros del primer semestre y hoy está cerca de 20% anualizada. Sin embargo, la economía se empezará a mover algo más y eso siempre pone presión, se vendrán algunos ajustes en tarifas, está la famosa inercia, los sindicatos buscarán recuperar algo de lo perdido, el dólar se está moviendo y demás.

Cuando uno se pone metas siempre debe preguntarse cuáles son sus costos y, sobre todo, quienes los pagan. No podemos disociar entre una política monetaria que hace su trabajo para bajar la inflación, que está bien, y los costos que genera. Acá nunca se reflexiona sobre los costos. Como si la política monetaria estuviera ausente y no tuviera nada que ver con todo lo demás. Se la presenta con la última que mueve, determina la tasa de interés y listo baja la inflación. No evalúan el feedback. No hacen el análisis costos-beneficio de las acciones. Sabemos que la política monetaria fue una de las grandes causantes del fogonazo inflacionario y, por ende, la recesión que vino después. Entonces, ahora, gracias a que tenés recesión y apreciación cambiaria bajaste la inflación que vos mismo generaste. No es un gran logro. La cuestión, es si se va a sostener esa dinámica cuándo se reactive la economía o tengamos un tipo de cambio mayor.

 

El que sostiene ese punto de vista es Alfonso Prat-Gay. Quiere una tasa de política monetaria en 20%, y no 24,75%, y hace varios meses ya…

Yo creo que se dan cuenta de que el costo de la recesión es muy alto y excesivo. Dejar correr una recesión no tiene justificación bajo ningún aspecto. Y por eso no vemos hoy una contracción fiscal. Saben que eso empeoraría las cosas. Esa discusión es un poco vieja. Parece difícil creer que haber hecho en enero un mix de política monetaria y política fiscal contractiva era la solución. Contrariamente a lo que se dice, en la coyuntura actual la política fiscal se convirtió en esclava de una política monetaria y cambiaria errónea que generó una recesión e inflación excesivas.

 

Hablemos del 2017 y, cometiendo una herejía en el reino del corto plazo, de 2018 y 2019. ¿El crecimiento que se avizora en 2017 será genuino o una suerte de rebote estadístico y qué determinará que esa suba del PIB siga o se agote rápido?

La estadística va a ayudar porque vas a comparar con un año muy malo y ahora se vienen los bonos y las ayudas sociales, aunque no alcanzan para cubrir la inflación de los deciles más bajos, que casi llegó a 48%, algo ayudará al consumo. El contexto internacional, sin embargo, va a ser más negativo que hoy, y más negativo de lo que pensaba el Gobierno, que apostó por una continuidad del entorno externo con Hillary Clinton. Pasaremos el año conociendo a Donald Trump. Una política fiscal más agresiva en EE.UU. implicará tasas más altas, dólar fuerte que se asocia con commodities más bajas y mayores spreads a emergentes. Por eso, viento menos favorable y una capacidad ociosa de 35% no invitan a ser optimistas con la inversión, salvo en sectores muy puntuales con altos retornos. No veo entonces un crecimiento fuerte y sostenible. Para fines de 2017 creo que van a ir creciendo las expectativas de los agentes económicos de que el Gobierno hará algún ajuste cambiario o en el mix de políticas luego de las elecciones y eso estimulará el wait-and-see. No soy muy optimista con una recuperación fuerte.

 

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