Casa Rosada

Un rumbo preocupante

 

por Carlos Leyba

 

Dos episodios, protagonizados por ministros de este Gobierno, están contribuyendo a perfilar “de qué se trata”. El ministro de “la producción” –quizás el nombre peor elegido para su tarea– manifestó un singular entusiasmo por sus avances en lograr un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. Pero, de inmediato, la canciller Susana Malcorra lo dejó en el aire diciendo con claridad que no hay tal cosa y sólo se trata de una intención futura.

 

Un poco más allá

 

¿“De qué se trata”? Primero, que aun en el extranjero y en el país con el que supuestamente se negocia, los ministros tienen posiciones encontradas hechas públicas en el país del que hablamos. Mal.

 

Sabemos que existiendo el Mercosur es imposible llevar a cabo un acuerdo de ese tipo sin el consenso, por ejemplo de Brasil, y aún teniéndolo, las buenas relaciones obligan a acordar –antes de conversar– con los socios qué y cómo se puede avanzar.

 

Por un lado, precipitación e ignorancia que genera desautorizaciones cruzadas. ¿Qué revela? Falta de conocimientos, debates y acuerdos al interior del Gobierno. Es cierto que se trata de una cuestión formal, pero no es menos cierto que desvaloriza la presencia del Estado argentino frente a la comunidad diplomática y, en particular, en el seno del Mercosur.

 

La segunda revelación es el estado de “excitación” de gran parte del elenco gubernamental con todo aquello que suene acorde con la sinfonía del libre comercio.

 

Precipitación e ignorancia (¿se imaginan el tiempo que demanda un TLC con USA después de Barack Obama y el retroceso que acerca de estas panaceas han manifestado Donald Trump, Hillary Clinton o Bernie Sanders?) a las que hay que sumar una tierna ingenuidad.

 

¿Saben –más allá de la viabilidad lejana– lo que implicaría para nuestro país intentar siquiera adecuarnos a un TLC con Estados Unidos? ¿Alguien conoce los estudios detallados de las consecuencias sectoriales y regionales de los impactos económicos, no ya de la plena puesta en marcha de un TLC, sino de las “previas” para poder entrar a la fiesta?

 

Como –y parece que lo son– en las reuniones de adolescentes, hoy es más peligrosa la “previa” que la fiesta en sí. Y con ese presunto TLC será así. Afortunadamente, la canciller le pasó un cepillo importante, y lo que pretendía ser un arma punzante hoy se ha convertido en una madera mocha. Pero a no adelantar derrotas de pensamientos que gozan de plena salud.

 

Las ideas

 

Néstor Kirchner, luego de imaginar que una inversión de US$ 20.000 millones del Gobierno chino lo pondría (lo dijo) en el lugar de San Martín, reconoció a China como “economía de mercado” en el 2004.

 

Si hoy no es ni por asomo una “economía de mercado”, si hoy mantiene condiciones de dumping social, si hoy exporta productos a un precio que no cubre los costos de la materia prima, si utiliza todo tipo de herramientas “fuera de mercado”, imagínese usted lo que hacía hace 12 años. Sólo Néstor –propietario de un voluntarismo afortunado– podía firmar un decreto procurando ese estatus para la economía asiática.

 

Digo “sólo Néstor” porque ningún otro habría propuesto esa definición ni tampoco un gasoducto desde Venezuela que atravesara el Amazonas, otra muestra de voluntarismo propio de las personas a las que “las cosas” les salen bien, aunque sea por un rato.

 

Recuerdo que, apenas asumió, un íntimo y amigo de Néstor textualmente me dijo: “Néstor cree que las cosas no tienen costo. Siempre vivió de los alquileres”. Sin costos todo es posible. La pena es que los costos siempre están.

 

La ley que debe consagrar ese estatus no se sancionó. Pero se allanó el camino y la relación con China, que creció de manera extraordinaria, económica y políticamente, durante toda la etapa kirchnerista se mantuvo firme durante el período Macri.

 

Puede que los malpensados imaginen el influjo de Franco Macri, padre, que fue comisionista inicial de los negocios con China. Pero siquiera es necesario pensar mal. Es que Mauricio y Francisco Cabrera –el ministro de la producción– con cero fundamento en la teoría económica (incluido el pensamiento neoclásico) y mirada ciega sobre la experiencia del país, están convencidos de que abrir la economía es el camino para crecer y que “ese crecimiento” (el que derivaría de la apertura) genera empleo calificado y barre la pobreza.

 

¿A qué seguir esperando? Abramos las ventanas a la vida. Vamos por el TLC aquí y allá. O profundicemos las puertas que ya abrieron los Kirchner.

 

Un cuento chino

 

La gran puerta es la relación con China. Por esa puerta en 2015 (período de la revolución kirchnerista imaginaria) pasaron hacia China US$ 3.500 millones de porotos de soja (porotos de la planta a la bodega del barco) y del total de los US$ 5.400 millones de exportaciones casi todo son productos primarios. Es decir, valor agregado urbano igual a cero.

 

Pero por esa puerta entraron casi US$ 12.000 millones. Es decir, un déficit comercial de más de US$ 7.000 millones por año. ¡Qué socio! Y de esas importaciones todas son industria. Industria que estructura un modo de producción: no existe Tierra del Fuego sin la idea y vuelta china. Y Tierra del Fuego es un agujero gigante. De eso no se habla.

 

El ministro de la producción –qué mal elegido el nombre o el hombre– señaló que para reconocer o no a China como economía de mercado “van a formar una comisión”. No es un chiste.

 

Estos estrategas van a resolver el problema formando “una comisión”. Aclaro, no dijo que vamos a llamar a los sectores de la producción y del trabajo y a la política y a los centros de investigación para analizar sobre la base de estudios sectoriales y regionales en profundidad, contratastados contra las alternativas posibles, y definir una estrategia común de largo plazo de nuestro desarrollo (productivo, territorial, demográfico). No.

 

Ni TLC ni China economía de mercado pueden ser siquiera analizados sin tener en cuenta que hoy, esta economía heredada de la pésima gestión de todo el kirchnerismo desde su primer día, es una en la que cada punto de porcentaje de crecimiento del PIB incrementa 3 puntos de porcentajes en las importaciones, que a lo largo de los últimos años el déficit de comercio (exportaciones menos importaciones) de la industria arrojó hasta US$ 35.000 millones en un año. Una acotación para medir de qué estamos hablando: en los últimos años el promedio de importación neta (exportaciones menos importaciones) de alimentos sin elaborar de China (1.300 millones de habitantes) fue de US$ 39.000 millones, casi lo mismo que nuestro déficit industria (con 42 millones de habitantes). Pero China es superavitaria en alimentos elaborados. Defiende su valor agregado. Defiende su empleo. Defiende su estabilidad social.

 

Nosotros tenemos un desempleo que, bien medido, no baja de 10% y que si, lo netearamos de las trabajos con productividad cero, seguramente más que duplicaría esa cifra. Y además tenemos capacidad industrial ociosa. Y aclaremos toda inversión extranjera, bien venida sea, obliga a crecer en las exportaciones so pena de montar un mecanismo de endeudamiento para pagar los servicios de ese proceso que primero empuja pero que, si no atiende a procurar más exportaciones industriales, nadie está en condiciones de establecer el beneficio neto.

 

Volver

 

A esta altura, la cuestión principal reflota aquella definición dada en febrero de 1933 por el Príncipe de Gales: “Es exacto decir que el provenir de la Nación Argentina depende de la carne. Ahora bien: el porvenir de la carne argentina depende quizás enteramente de los mercados del Reino Unido”.

 

A eso, en buen romance, lo llamamos “dependencia”: un producto, un mercado. Carne, Gran Bretaña. Soja poroto, China. Dependencia de un mercado y de un producto: primarización económica y política.

 

En mayo de 1933, se firmó el Pacto Roca-Runciman. Cristina K y Axel K firmaron el Acuerdo Estratégico con China avalado por el Congreso K. En todo caso, Macri hace kirchnerismo en estado puro tanto con China como con el intento de TLC.

 

¿De qué se trata? Pensar que la adaptación a la economía dominante es un camino sin alternativa. Y esa es la consecuencia de la negación de pensar, elaborar y convocar a un proyecto propio que, para ser tal, necesita de un consenso mayúsculo.

 

En el estado de esta economía estancada hace 5 años, subinvertida hace 20 años, carente de un proyecto de consenso desde hace 40 años y con más del 40% de los jóvenes hijos de padres y abuelos de la pobreza, no hay otra alternativa que un programa nacional de consenso en el que las relaciones con el resto del mundo, necesarias, deben ser la consecuencia de nuestro programa y no viceversa.

 

No es el PRO, porque los K ignoraron el programa y el consenso, es el conjunto de la sociedad que no motoriza eso a lo que Francisco llama “cultura del encuentro”. Cultura que consiste esencialmente en definir un proyecto de vida en común para crecer incorporando a todos a ese crecimiento.

 

Lo que no podemos permitir, porque este tejido social no lo soportaría, es un crecimiento que condene a millones de personas a quedar a la intemperie. Si el proyecto es el que se deriva de las presiones de otros países, sea China o el TLC, la consecuencia está escrita. Aunque no lo crea, de ahí venimos. A pura deuda o a pura soja: ya lo vivimos y aquí estamos.

 

Es que los Estados y las naciones, en rigor, no gobiernan el proceso de globalización de los que China o el TLC son una versión folclórica de nuestra adaptación. Son las multinacionales las que hoy modelan ese proceso de híperconcentración y hay suficiente información como para afirmar que sólo unas 150 corporaciones, la mayor parte financieras, controlan casi la mitad de los negocios de las corporaciones mundiales. No pensar un proyecto propio de consenso es condenarnos a adaptarnos al proyecto de las empresas multinacionales a las que hoy se están rebelando amplios sectores del mundo desarrollado. No hay una sola dirección posible. Y la que nos ofrecen como única alternativa ya la hemos transitado y lo que hoy tenemos son los resultados.

 

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