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El encuentro y el futuro

Carlos Leyba 18 noviembre de 2016

por Carlos Leyba

La imagen con la que José Ortega y Gasset sugiere pensar el futuro es la del atleta en el momento previo de lanzarse a la carrera. Las manos en el suelo, un pie firme en el punto de partida, la otra pierna extendida hacia atrás y la mirada lanzada hacia delante. Todo a la vez. En contacto con el pasado, apoyados en el presente y proyectados al futuro para lanzarnos hacia él con una meta posible. “El ideal histórico concreto” (J. Maritain).

Nosotros

La Argentina contemporánea no se ha ejercitado para el futuro. El largo plazo ha estado, y está, fuera de la agenda. Cuando no hay consciencia firme del futuro sólo existe circularidad. La consecuencia de no hacer hoy pensando el futuro es el eterno retorno al lugar del que siempre queremos salir y al que parece estuviéramos amarrados. La Patria de las oportunidades y de las promesas incumplidas. ¿Ha sido siempre así?

Hemos y estamos dominados por el “paso a paso”, las “ingenierías astutas”, herramientas repentinas, sorprendentes y breves que son así por no haber no sido pensadas en dimensión de largo plazo. Cumpliendo la norma de lo más probable, esas ocurrencias fracasan y generan un enorme paso atrás, inclusive después de haber celebrado un “milagro” que al poco tiempo se desvaneció.

Esa es la experiencia ?en casi todos los planos de la vida social, de la educación a la vivienda, del sistema de transporte a la energía, de la salud a la economía, de la seguridad a la administración de justicia? de los últimos 40 años.

Todo lo hecho intentó resolver el problema en la superficie. Ni siquiera un minuto ocupado en escrutar la causa del problema que, no diagnosticado en profundidad, inexorablemente se volverá a repetir. El largo plazo estuvo enfermizamente fuera de agenda. Y por ahora lo sigue estando. Sin duda, en toda la política, tanto la del oficialismo como la de la oposición.

El desafío del futuro

Agenda significa aquello que hay que hacer. Y hace largo tiempo que la idea de futuro ha desaparecido del inventario de las cosas por hacer. Las consecuencias de esa desaparición son demoledoras. En su lugar, el pasado ha absorbido muchas energías. El trabajo intelectual de los argentinos, la obra publicada, está concentrado en el pasado. En el inventario se destacan los años 70 del siglo pasado. No cabe duda que esos años nos han marcado y que han disparado, desde hace muchos años, la sucesión de presentes que hemos vivido. Una tarea necesaria. Cierto.

Lo grave es que no hay obras que ahonden sobre el futuro. Nada sobre el futuro deseado, la prospectiva o sobre la previsión del futuro, ni tampoco sobre las vías de cabalgarlo, sea para conducir las tendencias, sea para acomodarlas a lo que deseamos. No hay un futuro pensado por los intelectuales, menos por el Estado o por la clase política. Nada sobre el futuro demográfico, el diseño territorial, la preparación de la estructura productiva. La Argentina del futuro no está pensada.

Tengamos claros que la única manera inteligente de comprender el presente es hacerlo desde la mirada retrospectiva del futuro deseado. ¿Cuál es la razón para la preferencia por el pasado en lugar del futuro como ámbito de reflexión?

¿El encuentro?

De lo que no hay duda es que no hay manera de generar el encuentro que postula Francisco, o el consenso en términos políticos, a partir del pasado. La única vía de entendimiento, de comprensión y de encuentro posible es a partir de la agenda del futuro. Su inexistencia imposibilita el encuentro.

La mejor manera de comprender nuestro desencuentro es la ausencia de pensamiento sobre el futuro. Es que, como decía Ortega, la Nación es un proyecto de vida en común. Y no tener ese proyecto es justamente esta ausencia de Nación que nos agota. Así de claro.

La molicie intelectual que nos invade también atenta contra la comprensión del presente. Somos un país de traductores y eso nos hace tardíos. Llegamos tarde a la comprensión de las corrientes de pensamiento dominantes en el planeta y sólo las decodificamos, en términos de nuestros intereses, cuando ya están en curso de desaparición.

Pero también nos inhabilita a la comprensión del presente la obsesión, en cada momento, por un objetivo y un instrumento. Federico Sturzenegger repite la obsesión obliterante cuando pone a la baja de la inflación como objetivo único y la tasa de interés como herramienta excluyente. Repite, en la estrategia obsesiva, a José A. Martínez de Hoz (reservas pero prestadas) a Domingo F. Cavallo (estabilidad financiada por deuda) o a los Kirchner (consumo a costa de agotamiento de stock). A cada uno de esos “objetivos” fueron sometidas el resto de las variables ignorando que la economía es un sistema y no hay en ella soluciones lineales. Molicie intelectual o simplemente ignorancia.

Malos datos hace rato?

Resultado de ello, estamos en un proceso de decadencia de larga data. La decadencias es un concepto que requiere de una etapa previa, suficientemente larga, en la que se haya vivido el progreso multidimensional. No hay decadencia sin progreso previo.

Hay consenso en que 1975 marca el quiebre de una etapa de progreso de 30 años. En los últimos 40 hubo esporádicos y breves períodos de crecimiento del PIB por habitante y los hubo “desmesurados”, pero todos “efímeros”.

Vivimos una etapa de progreso de 30 años que se inició en 1944. Industria consolidada, no registraba deuda externa gravitante, la pobreza castigaba al 4% de la población y el pleno empleo era una vía abierta de salida. Ese período de progreso se quebró en 1975.

Desde 1975 la Argentina inició un proceso de decadencia del que aún no hemos salido. Si trazamos una línea del PIB por habitante desde 1944 hasta 1975 vamos a constatar que, por ejemplo, durante esos 30 años la economía progresó al mismo ritmo que la de Estados Unidos. La frontera tecnológica todavía no era un abismo. Era una sociedad que progresaba.

El derrumbe provocado en 1975 está presente en nuestros días. La violencia y el genocidio son, por cierto, los signos fundamentales de la decadencia de los valores, el respeto a la vida y la violación organizada de los derechos humanos.

Pero además de todo eso hay un dato estremecedor para clausurar cualquier disenso por discrepancia política o ideológica. Hoy, y como consecuencia de un proceso acumulativo, la mitad de los niños menores de 14 años son pobres.

La pobreza acumulativa que se apila después de tres generaciones es, esencialmente, la mutilación del futuro. Para los millones que la padecen y para el conjunto de la sociedad que la ha tolerado. Es una encerrona. La mitad de los jóvenes del Siglo XXI argentino han nacido en la pobreza, son hijos y tal vez nietos de la pobreza. Ese es el indicador indiscutible de que hace 40 años estamos en un proceso de decadencia del tejido social. La pobreza no es un accidente.

¿Cómo calificaríamos a una sociedad que ha visto, día tras día, el incremento de la pobreza de sus habitantes?

En 40 años pasamos de 800.000 pobres a 13 millones. Y también en 20 años acumulamos una fuga del excedente producido por los argentinos que alcanza ?según estimaciones de distintas fuentes? a casi US$ 400.0000 millones. Más de US$ 200.00 millones según los organismos oficiales. Los dos fenómenos van paralelos.

El incremento de los capitales fugados es paralelo al incremento del número de excluidos. Y hay dos razones que los asocian. El capital fuga, entre otras razones, porque el incremento de la pobreza es un alerta de la ausencia de futuro. Y la fuga es la mutilación del futuro colectivo porque hace que no todo el excedente social se aplique al proceso productivo: una filtración destructiva. Genera la pobreza. Un círculo vicioso que no se arregla con deuda externa ni con términos del intercambio favorables.

La pobreza no es un fenómeno PRO. El núcleo duro de la pobreza, con la desindustrialización, el desempleo y el endeudamiento, lo generó la dictadura pero lo multiplicó el menemismo y lo alimentó el estancamiento de la industria y del empleo formal que se consolidó en “la década ganada”. La negación estadística de la pobreza, disparada por Guillermo Moreno y llevada al paroxismo por Axel Kicillof, es la peor enfermedad del kirchnerismo que, al menos, el PRO ha revertido. Hoy la radiografía es correcta pero el mal sigue siendo grave. Pero la mentira y la hipocresía que impiden curarlo han finalizado. Eso es bueno.

¿Hay camino?

Lo malo, para la pobreza ahora identificada, es la errada concepción ?si es que la hubiera? de la política económica. Un marasmo de contradicciones, repeticiones e improvisaciones, que sorprenden después de tantas experiencias fracasadas.

No lo están haciendo bien y las cosas están mal. Y no lo perciben. Están autobloqueados para el presente. Eso es un mal presagio.

Pero así como la información la han retornado a su función de veracidad, también es cierto que este gobierno ha abierto instancias que apuntan al futuro y al encuentro.

Sobre el futuro, el Presidente integró un consejo ad honorem de personas calificadas, aunque algunas han sido responsables de las más nefastas experiencias de estos 40 años. Disponerse a escuchar acerca del futuro es un paso adelante y nuevo. Sobre el encuentro está, al menos, la mesa de diálogo del trabajo y el empresariado. La CGT será portadora de una agenda sobre el futuro. Tal vez la abran.

La separación entre “intelectuales”, por un lado y “fuerzas productivas”, por el otro, pone en evidencia un pensamiento fracturado. No son Carta Abierta, pero repiten lo conceptual y profundamente reaccionario de sus errores. Por ahora el futuro y el encuentro deberán esperar en una sala acondicionada para ellos.

Esas dos instituciones creadas ad hoc (el consejo y la mesa) hablan de una sensibilidad mínima del gobierno que vale la pena rescatar.

No menos cierto es que esa sensibilidad nada aporta para alimentar la espera en un presente muy poco propicio. El Gobierno devoró su primer año. No supo conducir la economía para resolver los gigantescos problemas heredados. Y en parte eso es la consecuencia de no haber sido capaz de pensar un rumbo, un futuro y de no haber practicado de verdad la cultura del encuentro para consensuarlo. Repitió lo que hace cuarenta años se repite.

Ahora abre estas dos instancias. Escasas de ambiciones. Carentes de recursos. Un año más tarde de lo necesario y cuando el presente empeoró. Es algo.

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