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Las hojas son amarillas

 

por Carlos Leyba

 
Ni los precios aflojan, ni la producción aumenta. El segundo semestre no llega. Y pareciera ser que nadie, por ahora, está dispuesto a ir a buscarlo. Y lo que es seguro es que, el segundo semestre, solo no va a venir. Por eso creo que en el primer trimestre “algo” va a cambiar. Espero.

 

A los números…

 

Los analistas oficiales ven “brotes verdes” donde hay “hojas amarillas”. Dicen “brotes verdes en el empleo” porque en promedio el empleo privado subió 0,2%. Pero en realidad bajó 3% en la industria manufacturera y 11,4% en la construcción. El empleo subió en servicios, pero no en todos. Como la población aumenta, el estancamiento, que de eso se trata, no es buena noticia. El estancamiento no es un brote verde: genera hojas amarillas.

 

Ni producción ni inversión. Las ventas, es decir, el consumo, cayeron 7,3% en septiembre. No es para menos cuando la mitad de los que tienen trabajo ganan menos de $8.000 por mes y los precios de los alimentos no dejan de subir. Menos que antes. Pero suben.

 

El nivel de actividad, para el Indec, en agosto cayó 2,6%. Por cierto, mejor que el 6% que había caído en julio. Pero cuando uno se aproxima al piso, el piso queda más cerca.

 

Los pronosticadores oficiales anunciaban la llegada del segundo semestre. Buenas noticias y materialidades conducentes.

 

Ni lo uno ni lo otro. No hay buenas noticias porque nunca el costo de arreglar puede conformar un paquete de buenas noticias. Más bien todo lo contrario. Y las materialidades conducentes no llegan. El Gobierno no las ha ido a buscar (política). Y segundo, porque lo único que puede surgir espontáneamente, es decir sin verdaderas decisiones que las procuren, es el módico rebote propio del gato muerto. Y ese rebote –que va a llegar- es pan para hoy, para cuando llegue, y hambre para mañana, cuando el efecto rebote propio del ciclo se haya agotado.

 

Me explico. La economía, toda ella, empleo, salarios reales, consumo, inversión y nuevas oportunidades, exportaciones y ganancias de competitividad vienen en un tobogán desde hace 5 años y todas aproximándose al piso. Siempre hay un piso para aterrizar. Hoy ir más abajo de lo que hemos llegado nos pondría en condiciones de desorganización económica que es un paso anterior a la desorganización social.

 

Plata y problemas

 

El Gobierno (y la oposición que ayuda) si no lo sabe, lo intuye y, por eso, cuando la situación se pone pálida, reacciona con plata…

 

Un aporte para la gobernabilidad o para la administración de la crisis. Mientras se la administra, las causas que la hicieron aparecer no hacen más que acumularse en silencio hasta que lleguen a un nivel en el que la crisis vuelve a hacerse presente de manera desordenada.

 

El Gobierno no cree que esté administrando. Está convencido que está cambiando las causas estructurales de la crisis. No es así: llama gradualismo a la administración de la crisis que nunca es un mérito porque no la resuelve.

 

Como dijo Luis Tonelli, en el PRO subestiman los problemas presentes -básicamente la herencia que dejó el kirchnerismo y que se sumó a las herencias de 40 años iniciados en 1975– y sobrestiman lo que han hecho y la capacidad de “confianza” que su presencia, creen ellos, genera.

 

¿Hacia dónde vamos?

 

Sub y sobreestimaciones sumadas algebraicamente dan los resultados que encabezan esta nota en lo que respecta al corto plazo. Y que en lo hace al mediano y largo se objetivan en la profundización de la pobreza y la ausencia de un proyecto convocante.

 

Anotemos algunas cuestiones que merodean un debate no asumido por la política y que tienen y tendrán consecuencias de extrema gravedad en el corto plazo (agotamiento rápido del rebote inevitable) y en el largo plazo (ausencia de estímulo a la inversión). Veamos.

 

Nos enteramos que el ministro de Producción, Francisco Cabrera, está en Estados Unidos “negociando” un Tratado de Libre Comercio. Si encierra una mirada estratégica, estamos en el horno. Ingresar en un TLC con Estados Unidos es entrar a un molde que está fabricado y que nos hará crujir las coyunturas. El fast track aprobado (Trade Promotion Authority o TPA) iguala para abajo. Nada será distinto a lo que firmó Perú, Colombia, Chile, Australia, Israel, etcétera. Será como ponernos debajo de una morsa que nos apriete de arriba y desde los costados. No es sólo un programa de reducción de tarifas sino un proceso de adecuación a normas sistémicas que, en ambos casos, están a años luz de nuestras posibilidades.

 

No se trata sólo que –como dijo Alfonso Prat-Gay– las empresas argentinas se pongan a “hacer gimnasia”. Ni tampoco –como dijo Mauricio Macri– con natural vulgaridad que se “rompan el traste”. Sólo con el traste roto y con mucha gimnasia empresaria, nuestro país, no alcanzará los estándares de competitividad necesarios para crecer, acumular y distribuir.

 

Es bueno recordar que la manera más sencilla de pensar la idea de competitividad es vincularla a ganancia de participación en el mercado mundial, incluido el propio y siempre y cuando no bajen ni el empleo ni los salarios. Si ganamos participación en el mercado con menos empleo y menos salario no es que somos más competitivos sino que lo somos a costa de una factura social que, como está visto, se torna sencillamente impagable. Aparte de esas exaltaciones, el Gobierno no propone absolutamente nada. No son Winston Churchill proponiendo “sangre, sudor y lágrimas”. Vaya metáfora.

 

Mientras tanto, el Gobierno se empecina en el atraso cambiario. Víctor Becker (en Clarín) nos llama la atención sobre ese atraso cambiario. Nuestra inflación es mayor a la del resto del mundo: en el año tuvimos un ritmo anual de alrededor de 40%, los BRICS en 2016 se aproximan al 5,8% anual. En el área del euro, la inflación es de 0,2% y en Estados Unidos, 1,3%. Mientras dormimos, nos revaluamos. La revaluación cambiaria es el dato para las distintas plataformas de la economía argentina.

 

Roberto Frenkel (también en Clarín) advierte sobre el atraso del tipo de cambio y dice que, en estas condiciones cambiarias, todo proceso de apertura es peligroso “porque caería sensiblemente el empleo”.

 

¿Quién dijo apertura?

 

Toda solución tardía se agrava porque hemos abandonado la herramienta imprescindible para la política de equilibrio en Argentina que son las retenciones. Herramienta propia de una economía en la que el sector primario (agropecuario en particular) tiene una productividad que supera ampliamente a la de la industria castigada por toda la particular estructura de la economía nacional.

 

La preocupación cambiaria está. Los hechos la confirman. Sin embargo, Nicolás Dujovne, un economista de la camada de los ‘90, afirma todo lo contrario. Dice (en La Nación): “La apertura comercial en los países con poco capital y muchos trabajadores disponibles, como es el caso de Argentina, genera una mejora del precio del factor abundante, es decir, el del trabajo (los salarios). Sólo podemos ir en una dirección: más apertura, más competencia y mejores salarios”.

 

Esta afirmación contradice la experiencia argentina: los períodos de mayor apertura (José A. Martínez de Hoz y/o Carlos Menem) han sido los de mayor desempleo, caída del salario real y pobreza. Sin contar el déficit comercial que acompañó esos períodos.

 

Dadas las distancias de criterio y su importancia, esta es una de las cuestiones centrales que deberíamos estar debatiendo en la Argentina. Tanto para la política económica de corto plazo como para la estrategia económica de mediano y largo plazo.

 

Es que detrás de está cuestión está el empleo y la distribución mundial del trabajo. La cuestión del empleo es clave en la sustentabilidad de cualquier proyecto. Por ejemplo, tenemos un sistema de seguridad social universal. Y todos los partidos están de acuerdo. Pero los aportes específicos a la seguridad social sólo los tributa la mitad de la población activa (desempleados y trabajadores en negro no aportan). Además de 36% de trabajadores en negro y un excedente notable de empleados públicos (se incrementó 50% la planta de personal público en los últimos 10 años), solo el 10% de la Población Económicamente Activa (PEA) está ocupada en trabajos de alta productividad. Es decir, somos un país con empleo de media o baja productividad.

 

“La política” no incorpora este tema a la discusión. Hacer política obliga a elegir y resolver problemas a costa de generar otros. Los debates políticos deberían focalizarse en las soluciones y los costos que se generan. La sabiduría es generar una solución para el problema mayor, sabiendo que se ocasionará problemas en otro ámbito, decisión que será criteriosa si, efectivamente, el nuevo problema es menor que el que ha ocasionado la resolución del problema tratado. La política debe prever el problema que se generará y adoptar las decisiones compensatorias. Esa discusión está ausente. Pero las cosas ocurren igual.

 

Para la visión neoliberal sólo hay necesidad de instalar unas reglas y la creencia en que lo demás vendrá por añadidura. Porque el mercado y las decisiones racionales de los operadores harán su trabajo. Solo hay que darle tiempo. Es decir, no van a buscar al segundo semestre ni a la productividad: esperan que vengan solas, atrasando el tipo de cambio y abriéndose al TLC.

 

Como bien señala Frenkel, con este tipo de cambio, la apertura acrecentará el problema de empleo. Para Dujovne, la apertura (bajar los aranceles ingresando a nuevas alianzas comerciales) generará aumento de empleos y aumentos de salarios reales. Sin embargo, si la economía crece, en estas condiciones, por cada punto de crecimiento las importaciones crecen 3 puntos (Frenkel y Miguel Cuervo) No son estas (tipo de cambio) las condiciones para crecer. Más allá de que en estas condiciones tampoco creceremos.

 

La economía argentina lleva cinco años de estancamiento, la población crece, el problema distributivo se acrecienta. La plataforma exportadora, con este tipo de cambio nominal, para mantener el tipo de cambio real actual y suponiendo que los precios relativos de los exportables no tengan un incremento a favor (lo que es previsible), deberían tener incrementos explosivos de productividad. El tipo de cambio actual es favorable a la importación.

 

En el horizonte hay más riesgo de desequilibrio comercial que de superávit y, por lo tanto, más ingreso de capitales (deuda y especulativos) para acompañar el proceso. Haciendo lo mismo es difícil que no ocurra lo mismo. Las hojas amarillas se caen.

 

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