Otra Argentina en el G-20

 

por Julio Burdman (Analista internacional)

 

Cuando en 1999 la Argentina fue convocada al naciente “G-20 financiero” –había, también, un “G-20 comercial”, al que ya pertenecíamos– para discutir acerca del futuro del sistema financiero internacional, éramos uno de los países más endeudados del mundo. El resto de los comensales era, en su gran mayoría, acreedores, por lo que nuestra presencia allí siempre generó suspicacias. Poco después caíamos en default, y nos convertimos desde entonces en un país que daba testimonio de crisis financiera, y llevaba a partir de su experiencia los discursos más críticos de toda la reunión.

 

La Argentina que ahora concurre al G-20 es otra. El país que redujo sustancialmente su deuda en relación al PIB –pasó de ser el país más endeudado del grupo, al que menos lo está–, resolvió los conflictos remanentes del default, y ya no tiene un Gobierno que propone reformar el sistema financiero internacional. Cristina Kirchner denunciaba el desempeño del FMI y el rol de los fondos buitre en la globalización financiera; Mauricio Macri cargó contra el populismo y el proteccionismo, en línea con el discurso de otros líderes mundiales. Fuimos a agradar, no a cambiar el mundo. El resultado está a la vista: Mauricio Macri cosechó elogios de todos.

 

El G-20, con el correr de los años, fue cambiando su objetivo específico de repensar la gobernanza económica mundial, y se fue moviendo hacia una agenda cada vez más amplia y difusa. Es otro foro de países grandes (desarrollados & emergentes) que es utilizado por los presidentes del mundo con fines varios.

 

Para Macri, fue otro escenario más para desplegar la lógica dominante de sus relaciones exteriores: buscar inversiones y oportunidades de financiamiento para el país. Así fue como en su discurso habló casi todo el tiempo de Argentina, y poco de política mundial. Sin herencia recibida, y haciendo un racconto de las políticas económicas que introduce su Gobierno, el presidente vendió Argentina en Hangzhou.

 

Que la cumbre se realizase en China resultó muy conveniente para el Gobierno. Pudo entrevistarse con Michel Temer sin necesidad de viajar a Brasil, lo que le hubiera valido críticas en momentos en que la región está dividida en cuanto a la legitimidad del nuevo Gobierno.

 

Y tuvo el argumento perfecto para ir al segundo país más importante para nuestro comercio –después de Brasil–, con el que planea mantener una alianza sin estridencias. Allí pudo conversar con Xi Jinping y con varios titulares de empresas chinas.

 

Y con Vladimir Putin, presidente del otro país de los BRICS con el que tenemos relaciones estratégicas, legadas por Cristina Kirchner. Macri tiene decidido, tal vez desde el comienzo de su Gobierno, mantener las mejores relaciones posibles con China y Rusia, países clave para nuestra inserción económica. Pero la decisión inicial de su política exterior era el alineamiento político al bloque occidental, que estaba algo resentido por la geopolítica autonomista que había perseguido Cristina Kirchner en los últimos años. Ello implicaba una serie de gestos políticos, que pudimos ver a lo largo de estos meses.

 

En China, vimos la faz más pragmática de Macri: el occidentalismo inicial no quería decir que se iba a descuidar al mundo emergente. La meta de Macri –y Malcorra– es la sociedad con el mayor número de amigos. Veremos hasta qué punto es posible mantener la política de amistad con todos, una vez que los diferentes amigos de la política mundial requieran de nuestros compromisos.

 

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