Llegó la hora de seducir al capital

Si bien las noticias económicas de este año se concentraron en la caída del nivel de actividad y en la aceleración de la inflación, una mirada más amplia nos dice que hace diez años que el país dejó aquellas “tasas chinas” y que desde 2011 la economía prácticamente no crece.

 

Esta muy mala performance se apoya en el muy pobre dinamismo de la inversión en la última década y ello se reflejó en la muy baja creación de empleos del sector privado. Argentina volvió al pecado original que la caracteriza por sobre todas las economías del planeta: la volatilidad en la tasa de crecimiento. La lección que no aprende es que, más allá de todos los esfuerzos que se ensayen para sostener el consumo, si la inversión productiva no acompaña, el empleo y los salarios reales no mejorarán y más temprano que tarde la actividad lo padecerá.

 

El enfoque de la política económica de Mauricio Macri parece estar orientado a revertir este contexto. Las primeras medidas adoptadas, además de haber sido necesarias para evitar una nueva crisis de balance de pagos y un ajuste desordenado, apuntaron a ordenar la macroeconomía y generar los incentivos necesarios para mejorar el clima de inversión tras una década de destrato.

 

Justificativos no le faltan: la participación de la inversión en el PIB es muy baja y tiene enormes oportunidades para aprovechar, entre las que se destaca el potencial energético y la necesidad de mejorar una infraestructura obsoleta que limita cualquier intento de mejorar la competitividad a través de la “trampita” de la devaluación. En este contexto se destacan la liberalización del mercado cambiario, el acuerdo con los holdouts y mayor integración financiera al tiempo que encargó al BCRA la tarea de bajar la inflación y, con todas las limitaciones que tiene, intenta cierto orden en las cuentas públicas.

 

Como lo vengo destacando en otras columnas, reducir el tamaño del rojo fiscal no es tarea sencilla considerando el récord de presión tributaria y una estructura de gastos inflexibles. En este sentido, el Gobierno apostó a un camino de corrección gradual, combinando una reducción de la carga impositiva (retenciones, impuesto a las ganancias, devolución de IVA, mayor coparticipación) con moderación del gasto, ajustando donde puede y acelerando donde debe. Con esto, el déficit fiscal en 2016 no bajará y seguramente en 2017 baje menos de lo que el Gobierno tenía previsto al principio. La idea es clara: para lograr equilibrio fiscal en 2019, la economía debe crecer.

 

Así las cosas, “hay que agrandar la torta” y para ello hay que lograr estabilidad macroeconómica para incentivar la inversión de largo plazo. Es a partir de ello que el país logrará mejorar la productividad, aumentar el empleo y romper con la historia de volatilidad en la tasa de crecimiento.

 

Con este marco de fondo, el Gobierno armó el Argentina Business & Investment Forum o mini-Davos, en la cual intentará a seducir a inversores de todo el mundo y mostrar las oportunidades que ofrece Argentina. Para ello deberá explicitar sus planes para apuntar a una economía menos intervenida, con más mercado, menos discrecionalidad y el compromiso de ubicar a las cuentas públicas en un sendero sostenible. El contexto internacional juega a favor y Argentina tiene una nueva oportunidad para lograr una integración económica y financiera más inteligente.

 

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