No llores por mí, Argentina

Incertidumbre y volatilidad van ganando la escena mientras se va asimilando la posibilidad de que haya más continuidad que cambio

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El plan ideado por el Gobierno para llegar a las elecciones tiene su recompensa política. Con el dólar planchado, sin movimiento en las tarifas de los servicios públicos y con la ventana de financiamiento de China logró el aire necesario para estabilizar las expectativas cambiarias y bajar la inflación. Si bien no tocó ninguno de los problemas de fondo, permitió que las expectativas de los consumidores se recuperen y que mejore la confianza e imagen del Gobierno.

De hecho, de acuerdo a varios estudios de opinión pública, más de la mitad de la población se siente “cómoda” con su situación económica y no reclama grandes cambios. Incluso hasta la demora en las paritarias le jugaron a favor al Gobierno: con ajustes salariales por encima del 30% (a lo que se suma el retroactivo) en los próximos meses el consumo podrá tener su “primavera” y mostrar, al fin, signos de recuperación.

Así las cosas, hay una clara disociación entre lo que la sociedad pide y lo que la economía necesita. En este contexto, para el candidato oficialista “equipo que gana, no se toca”.

Mientras se va asimilando la posibilidad de que el esperado cambio no se materialice –incluso peor, que haya más continuidad que cambio– la incertidumbre y volatilidad van ganando la escena. Los hechos de la semana pasada así lo indican: la Bolsa local volvió a ajustar, el dólar paralelo subió, el riesgo país superó los 600 puntos básicos y la tasa de interés de los bonos en dólares cerró en casi 10%. Estimamos que el resultado de las PASO será un punto de inflexión: si el oficialismo obtiene más del 35% de los votos, será difícil que no gane en primera vuelta. Nuevamente, el desafío será descifrar el peronismo: ¿Quién es Daniel Scioli? ¿Quiere y puede generar las condiciones necesarias para llevar a cabo las reformas necesarias? ¿Podrá mantener un esquema de poder vertical como el de sus “compañeros”? Son muchas preguntas que aún es difícil –y apresurado– responder.

En este último punto se filtra la pesada herencia que recibirá el próximo Presidente, no sólo por los problemas de siempre (falta de dólares, default técnico, desequilibrio fiscal, inflación y estancamiento del nivel de actividad) sino por la velocidad en el deterioro que tomaron en el último tiempo algunos indicadores clave. Al ya comentado notable déficit fiscal del primer trimestre se suman a nuestras preocupaciones una peligrosa aceleración en la expansión monetaria que, fruto de la mayor asistencia al Tesoro, se aproxima a un crecimiento anual de 40%.

Este contexto de pérdida de confianza, incertidumbre y, por qué no, desilusión, irán copando el tercer trimestre del año. Se avecinan tiempos de mayor dolarización de carteras y presión sobre las reservas internacionales del BCRA justo en tiempos en que se deberá abonar más de US$ 6.000 millones del Boden 2015 y en el que la soja aporta poco. No esperamos que el Gobierno limite el dólar ahorro pues compensará dicha demanda con nuevos swap de China (el comodín del último año). La transición se queda sin activos para lucir y los pasivos aumentan. La transición deberá enfrentar sus propias debilidades.

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