La “eterna” restricción externa

Quien asuma deberá implementar un plan antiinflacionario integral y creíble

(Columna de Eliana Scialabba, economista, consultora y docente)

El 10 de diciembre asumirá una nueva administración, la cual tendrá la ardua tarea de comenzar a corregir los errores macroeconómicos de los últimos años. Sin embargo, no es nuevo para los argentinos que el cambio de Gobierno coincida con un escenario de crisis, es algo a lo que nos hemos acostumbrado desde el regreso de la democracia, y el mismo tiene su origen en la maximización del ciclo político, en detrimento de la implementación de políticas económicas sustentables de largo plazo.

De la hiperinflación de Alfonsín, al sobreendeudamiento de Menem. Del “corralito” de De la Rúa, al default de Rodríguez Saá y la devaluación de Duhalde, la cual liberó a la economía (al menos por un tiempo) de su problema endémico: la restricción externa.

En 2003 Néstor Kirchner llegó a la Presidencia y con él se inició el período K. Durante los primeros años, los superávit gemelos constituyeron un resultado inédito, aunque los mismos no se debieron a la implementación de un “plan económico” sino a las condiciones iniciales preexistentes y al favorable escenario internacional.

La inexistencia de un plan llevó a que durante la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, el manejo de la política económica se desvíe de su trayectoria inicial, acumulando un sinnúmero de desequilibrios, los cuales, al no ser “atacados” desde el principio, no hicieron más que agravarse, llevándonos a la situación actual.

¿Y cómo llegamos?

Los recurrentes episodios inflacionarios responden a la lógica de las políticas procíclicas llevadas adelante por los gobiernos de turno, que en lugar de tomar decisiones racionales de política económica, sólo buscan maximizar los resultados del ciclo político.

En este escenario, la insuficiencia de ingresos públicos de los últimos años (a pesar del incremento de la fuerte presión sobre los contribuyentes), en un contexto de creciente aumento del gasto público, generó la necesidad de fuentes adicionales de financiamiento. Con la imposibilidad de seguir emitiendo deuda, terminó recurriendo a la última y más perniciosa fuente: la emisión monetaria.

Con una fuerte suba de la emisión de dinero, y con una demanda no tan dinámica como en períodos anteriores, se produjo un exceso de oferta monetaria, la cual se tradujo en un aumento del nivel general de precios. Esta alza en la inflación, con un tipo de cambio nominal estancado y en un escenario internacional no tan favorable como los años previos debido al fortalecimiento de dólar, el descenso de precios de materias primas y el fin del crédito externo “barato”, dio lugar a un fuerte atraso cambiario en términos reales.

La restricción “eterna”

Hasta mediados de 2010 la balanza comercial, principal generadora de entrada de divisas, presentó resultados positivos, dando lugar a la acumulación de reservas internacionales. En tanto, a partir de ese momento, se produjo una ruptura y el sector externo comenzó a presentar resultados alternados, con preponderancia de déficit por la fuerte alza de las importaciones, a pesar del cepo impuesto a las mismas.

Con una cuenta capital cerrada, debido a la imposibilidad de endeudarse en el sector externo y al escaso ingreso de capitales vía Inversión Extranjera Directa (IED) o de cartera, la balanza comercial fue casi el único generador de dólares. Es por eso que la dinámica de la actividad, vía aumento de las importaciones, y una menor demanda externa, debido a menores precios y desaceleración de los principales socios comerciales, minaron las bases de la acumulación de divisas.

Asimismo, el atraso cambiario generado por el aumento de precios incrementó la demanda de dólares, presionando aún más a la baja a las escasas reservas, lo cual el Gobierno busca contrarrestar con recursos heterodoxos como los swap con China.

Por otra parte, si bien desde el Gobierno buscan limitar las importaciones, la matriz productiva de sustitución de importaciones no ha sido tal como figura en el discurso. Parte importante de los insumos son de origen importado, sumado a la escasez de energía y la creciente necesidad de compras al exterior, generan una demanda de importaciones bastante rígida a la baja.

Por lo tanto, en este contexto en el que el BCRA perdió su autonomía para manejar libremente la política monetaria en pos de la asegurar la estabilidad de la moneda, el cepo cambiario implementado en 2011 terminó de sepultar cualquier posibilidad de recuperación económica. La imposibilidad de comprar dólares por parte de los privados agudizó la crisis de una economía fuertemente endeudada, con el recurrente problema de estrangulamiento externo y el debilitamiento del contexto macroeconómico general.

No obstante, a pesar de la escasez de divisas, el Gobierno decidió mantener el tipo de cambio nominal estable como ancla antiinflacionaria. En los tres meses transcurridos de 2015 acumula un alza del 10% interanual, y la brecha cambiaria frente al dólar paralelo se está cerrando, a tal punto que de mantenerse la tendencia al alza (marginal) del dólar oficial, y la caída de la cotización paralela, pagar con tarjeta seguirá siendo un negocio para aquellos contribuyentes que puedan deducir la alícuota del 35% en sus liquidaciones de Ganancias o Bienes Personales, pero no para los que se encuentren exentos.

La estrategia oficial para mantener el tipo de cambio informal a raya ha sido incrementar mes a mes la venta de dólar ahorro, aun a costa de sacrificar reservas internacionales. Sin embargo, la “estabilidad” nominal en un contexto de fuerte avance de precios (38% estimado para 2014, 30% para 2015) no ha hecho (y no hace) más que reforzar la restricción externa: en febrero el tipo de cambio real multilateral se ubicó en 1,27 $/US$, 23% por debajo del mismo mes del año anterior, alcanzando su nivel mínimo desde 2001.

De esta manera, con precios de las commodities a la baja, y con un tipo de cambio atrasado, el volumen de exportaciones cada vez se contrae más, y de esta forma se pierde el único ingreso genuino de divisas.

Consideraciones finales

Los ciclos económicos en Argentina se caracterizan por seguir la dinámica de los llamados stop and go: presentan períodos de importantes crecimiento que duran unos años, y cuando comienzan a mostrar signos de agotamiento –a través de la restricción externa–, significa que la recesión ha irrumpido. De esta manera, se encuentran en constantes y continuas fases de expansión/recesión.

Lejos de disiparse los temores sobre una nueva crisis, la marcha de la economía no hace más que reafirmarlos. Atrás quedaron los años de prosperidad tras la asunción de Néstor Kirchner en la posconvertibilidad, cuando la economía resurgió impulsada por un contexto interno y externo altamente favorable, cosechando los efectos positivos que generó un tipo de cambio real alto y el incremento de competitividad que dicha situación trae consigo, beneficiando la balanza comercial y la acumulación de reservas.

Una economía que se encuentra estancada, con una tendencia alcista de la inflación, un tipo de cambio que se deprecia muy por debajo de la tasa de inflación, un cepo cambiario parcial que mina el stock de reservas internacionales, un “default selectivo, descontento social, problemas en el sector externo e interno, son algunas de las dificultades con las que se enfrenta el Gobierno.

No obstante, pese a los esfuerzos por ocultar aquello que ya no tiene margen para ser dibujado porque la realidad supera cualquiera de esos intentoses indudable que el modelo económico nacional y popular se encuentra agotado.

Para sortear el problema de la restricción externa, la administración que asuma el 10 de diciembre deberá implementar un plan antiinflacionario integral y creíble, que permita al tipo de cambio real ubicarse en un valor que garantice el equilibrio del sector externo y de certidumbre para atraer capitales externos.

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