Fin de época en Brasil

Las políticas industriales han resultado en el “empresario proteccionista”

(Columna de Ramiro Albrieu, economista e investigador del CEDES)

Hubo una época en la que para los países de la región las palabras industrialización y desarrollo eran sinónimos. Y la industrialización deseada, seguía el mantra de la época, debía ir en contra de las ventajas comparativas, y debido a ello, debía ser intensiva en políticas públicas. La “industrialización dirigida por el Estado” como la llamaron José Antonio Ocampo y otros fue la norma para América del Sur desde la salida de la crisis del ‘30 hasta mediados de los ‘70, cuando por motivos diversos y que aún se debaten, simplemente dejó de funcionar. Luego, en algún momento del último cuarto del Siglo XX, todos los países de la región revisaron a la baja sus esquemas de intervención en la economía. Brasil fue una excepción: allí hubo cambios pero no se vivió una etapa de “reforma estructural” similar a ocurrida en el resto del mundo emergente. Al menos hasta ahora.

Los vicios de vivir en autarquía

La economía del Brasil se expandió en forma ininterrumpida desde 1948 hasta 1981. Detrás de ese “milagro”, que incluyó una fuerte diversificación exportadora, estuvo un conjunto amplio y variado de políticas industriales, dentro del cual se destaca la creación del Banco Nacional de Desarrollo (BNDES), pero en el que también tuvieron un rol clave otras empresas de propiedad estatal (Petrobras, Electrobras, etcétera) y los severos controles al comercio internacional, tanto de bienes como de activos financieros. Complementaba el panorama el “empresario desenvolvimentista”, que llegaría a incorporar en su análisis de costo y beneficio privados una valoración sobre el modelo de desarrollo. Las políticas de Dilma Rousseff parecen intentar replicar esa coyuntura que alguna vez fue virtuosa.

Sin embargo, una mirada a la economía de Brasil devuelve una imagen las cuales las propias políticas industriales, antes que actuar como soluciones, están en el centro del problema. Tomemos como ejemplo el BNDES. Recientemente capitalizado por el Tesoro a tasas subsidiadas, el banco de desarrollo presta a tasas muy por debajo de las de mercado y no hay evidencia de que los financiados hayan aumentado la productividad, las exportaciones, o la formación de capital. O considere mos las políticas de ampliación del contenido local en la producción, como los PPB’s.

Si bien han logrado en parte su cometido, esto ha sido a costa de una anemia exportadora y mayores costos para el consumidor local, en tanto las empresas beneficiadas terminan actuando con poder oligopólico.

En suma, las políticas industriales han resultado en el “empresario proteccionista” y una marcada pérdida de terreno en las exportaciones de los sectores supuestamente beneficiados. El hecho de que la mitad de las exportaciones sea de bienes primarios no manufacturados es quizás el mayor indicador del resultado de la política industrial de los últimos años (que China sea el principal destino de las ventas externas podría agregarse al diagnóstico).

Los costos de abrir la economía

Hacer el diagnóstico parece más sencillo que definir los pasos a seguir. Seguramente, se trata de abrir la economía. Pero allí hay obstáculos de diferentes tipo. El primero, de economía política: ¿cómo hacer cambios que perjudicarían a la élite paulista? El segundo, que el cambio estructural tiene costos, y en este caso quiere decir un retroceso del nivel de actividad (y del empleo) industrial, al menos en el corto plazo. Cómo manejar estos dilemas será, sin duda, uno de los temas centrales de la política de Brasil en los próximos años.

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