¿En qué se parece la economía actual a la del final de la convertibilidad?

Déficit fiscal y atraso cambiario, problemas similares a los del final de la convertibilidad

El modelo económico K comenzó a mostrar graves falencias desde 2007 y está agotado desde el 2012, aunque no sus consecuencias sobre la economía, que perdurarán incluso hasta la próxima administración. En promedio, entre 2012 y 2014, el PIB no creció, las exportaciones cayeron 5% anual (y 18% en enero de 2015), la inversión bajó 1% anual y el consumo masivo (ventas en supermercados) subió sólo 0,3% anual, aunque mostró una caída del 1,5% en 2014. Detrás de ese comportamiento del consumo está el salario, cuyo poder adquisitivo bajó 5% en 2014 (y bastante más que eso para quienes son alcanzados por el Impuesto a las Ganancias).

Una serie de graves problemas y desequilibrios macroeconómicos, así como el fin del viento de cola, fueron minando la salud de la economía K y sus posibilidades de seguir aumentando los niveles de consumo de la población, que tan buenos frutos le había dado en años anteriores. Ahora, con importantes desequilibrios fiscales y externos, con consecuencias sobre el nivel de reservas del BCRA, el Gobierno ha decidido desarrollar una política económica en sus últimos meses que sólo tiene como objetivo evitar volver a dañar el salario y el consumo de la población, como ocurrió en 2014, aunque eso implique dejar una pesada herencia a sus sucesores en el poder (en materia de competitividad cambiaria, déficit fiscal y reservas del BCRA, entre otros).

Para que esta estrategia cortoplacista resulte posible, el Gobierno necesita, básicamente, que no exista otra suba abrupta de la inflación este año, para que los salarios no vuelvan a caer en 2015, y para eso debe evitar devaluar mucho la moneda. Y para evitar devaluar mucho necesitan conseguir dólares para el BCRA, a través de préstamos de corto plazo y la posible emisión de nueva deuda en dólares en los mercados. Si no se obtienen los dólares suficientes, aumentarán las restricciones sobre las importaciones, para reducirlas a niveles inclusive menores a los existentes en 2014.

Ahora bien, ¿qué puede fallar en esta estrategia de transición relativamente ordenada de la economía hacia la nueva administración? Varias cosas. Por ejemplo, las consecuencias económicas de los actuales conflictos institucionales, si éstos se agravan en los próximos días o meses. También podría ocurrir una huída hacia el dólar blue en los meses previos a las elecciones, ante la percepción de que el nuevo Gobierno deberá resolver los problemas de competitividad cambiaria. O quizá termine siendo el actual Gobierno el que se vea obligado a devaluar más rápido (subiendo así la inflación y cayendo nuevamente los salarios reales), si el atraso cambiario aumenta su impacto sobre las variables laborales.

Lo curioso del caso es que si bien la economía de la convertibilidad y la de la última década K son muy diferentes, en realidad se parecen bastante con relación a la evolución de dos variables clave para cualquier economía emergente: el déficit fiscal y la competitividad cambiaria. Con relación al déficit financiero del sector público (nacional + provincial), tanto en los últimos años de la convertibilidad como de la actual gestión económica, se produjo un impresionante desequilibrio financiero (se acercó a 6% del PIB en 2001 y se está acercando a 7% del PIB en 2015). En el primer caso pesaban mucho los intereses de deuda y el déficit en las provincias, mientras que en los últimos años afectan también los voluminosos subsidios económicos existentes en el sector energía, agua y transporte (superaron 5% del PIB en 2014).

También se repitió en ambos procesos el problema de la baja competitividad cambiaria. El tipo de cambio real del peso contra el dólar se halla en 2015 incluso por debajo del de 2001. Mientras que el tipo de cambio real multilateral, que se apreció bastante menos que el bilateral hasta 2013, en 2014 terminó ubicándose sólo 8% arriba del 2001, y en 2015 podría terminar 8% debajo del nivel del final de la convertibilidad, al ritmo del encarecimiento del dólar en el mundo (y los ajustes en Brasil). En esto también se parecen la economía actual con la de los últimos años de la convertibilidad, pues desde mediados de los ‘90 el dólar se había fortalecido mucho en el mundo. Brasil devaluó fuertemente su moneda en 1999, año con elecciones presidenciales en Argentina. En ese momento, el Gobierno que salía ni el que entraba quiso modificar la paridad cambiaria, sino que se lo hizo algunos años después, en dramáticas circunstancias. Ahora la historia parece repetirse cuando Brasil ha depreciado mucho su moneda en los últimos meses, y ello coincide con una nueva elección presidencial en Argentina. La estrategia cortoplacista lleva al Gobierno a no salirse de su esquema de depreciación muy medido del peso hasta entregar el poder. Pero las actividades productivas, especialmente las economías regionales, sufren cada vez más el impacto.

Ello puede observarse comparando salarios industriales en dó- lares entre Argentina y Brasil. Entre 1997 y 1998 los salarios industriales formales en Argentina resultaron entre 29% y 49% superiores a los de Brasil. Tras la devaluación del real en enero de 1999 (constituyó una depreciación inicial del 60%) se ingresó a una etapa récord de diferencial salarial, que en el mes de octubre de 2001 llegó a representar una brecha del 176%; esto es, los salarios industriales de Argentina llegaron casi a triplicar a los de Brasil en aquel año. La devaluación de Argentina en 2002 emparejó salarios en ambos países, pero desde 2012 existen nuevamente diferencias notables. En febrero de 2015, los salarios industriales argentinos, medidos en dólares, duplican a los de Brasil, una brecha similar a la que existía en el 2000.

Así las cosas, la economía K se desvanece jaqueada por similares problemas que los del final de la convertibilidad: fuerte déficit fiscal y atraso cambiario. La proximidad de las elecciones presidenciales postergarán las soluciones, y en el ínterin sufrirán las actividades productivas, principalmente los productores de bienes transables y los ubicados en las economías regionales. Argentina tropieza varias veces con la misma piedra, aunque los discursos parezcan muy diferentes.

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