Un primer semestre para el olvido

Un deterioro significativo

(Columna de Lorenzo Sigaut Gravina, economista jefe de Ecolatina)

El conflicto con los holdouts y la posibilidad de caer en default a fin de julio monopolizó la agenda económica de las últimas semanas. Como una espesa niebla que no permite ver más allá de unos pocos metros, el problema de la deuda redujo el horizonte temporal de planeamiento al mínimo. Pese a la pérdida de referencia, las cuestiones estructurales siguen impulsando al país en una dirección poco agradable. Si se disipara esa niebla, podríamos ver un paisaje árido: más allá del conflicto con los holdouts, el deterioro económico-social durante el primer semestre fue significativo.

En los primeros seis meses de 2014 la economía sufrió una devaluación, aceleración de la inflación, recesión, caída del poder adquisitivo, encarecimiento del crédito, problemas en el mercado laboral y aumento de la pobreza. Y, pese a ello, no mejoraron sustantivamente los desequilibrios existentes: los déficit gemelos persisten, hubo una corrección marginal del atraso de precios relativos pero a costa de una aceleración de las variables nominales; no hay mejoras en la disponibilidad de divisas (las exportaciones no reaccionan; el cepo ahuyenta la inversión extranjera directa y el acceso al mercado de capitales quedó jaqueado) y los incentivos a invertir disminuyen.

Respecto de los déficit gemelos podemos observar una incipiente mejora de la cuenta corriente producto de la recesión, el encarecimiento del tipo de cambio y la suba del impuesto a los gastos en el exterior (en conjunto redujeron sensiblemente las importaciones de bienes y servicios). En cambio, se profundizó el deterioro del déficit fiscal: los datos del primer cuatrimestre muestran gastos creciendo por encima de la inflación e ingresos por debajo de ella.

En cuanto a los precios, no sólo preocupa la aceleración observada en el primer trimestre (+13% según el IPC Ecolatina), que elevó la inflación interanual al 35%, sino que en el segundo trimestre esta no bajó del 2% mensual. Que en un contexto recesivo con tipo de cambio cuasi fijo en 8 $/US$ la suba de precios haya sido superior al 2% mensual, habla de una inercia inflacionaria muy difícil de desarticular.

Además, dicha inercia impulsa al resto de las variables nominales a moverse a la par para no atrasarse en la carrera de los precios relativos. Por caso, tanto el tipo de cambio oficial como las tasas de interés van a tener que ajustarse a un ritmo mensual similar al 2% si el BCRA quiere desincentivar la dolarización de activos.

En el frente cambiario, pese a que la liquidación de la cosecha agrícola y el férreo control de las importaciones (DJAI y trabas al giro de divisas para saldar las operaciones) permitieron acumular reservas en el segundo trimestre, el stock del Banco Central cayó respecto de fines de 2013. Y aún falta transitar la segunda mitad del año, signada por una menor oferta estacional y mayores vencimientos de deuda en dólares.

Por último, los incentivos a invertir en el país siguen deteriorándose. No hay reglas de juego claras para el sector privado, la presión fiscal es elevada, hay atraso de precios relativos, importantes cuellos de botella, creciente incertidumbre y las firmas ya no cuentan con una demanda pujante. Este punto es quizás el más importante de todos, no sólo porque la inversión garantiza un crecimiento sostenido sin excesivas presiones inflacionarias, sino porque puede resolver genuinamente la escasez de divisas. Si bien es deseable apuntalar el ingreso de dólares por IED, la clave para morigerar la restricción externa es lograr que los residentes en vez de dolarizar y fugar capitales inviertan sus ahorros en el país. Para ello hace falta generar incentivos, confianza, estabilidad, certidumbre, retornos. El cepo cambiario fracasó justamente porque no actuó sobre estas causas: sólo logró frenar la sangría vía la formación de activos externos, pero la salida se profundizó por otros canales.

La estrategia

Hace un mes comentaba en esta columna que el giro de 180° del Ejecutivo en torno a la política de endeudamiento externo no busca solucionar los desequilibrios existentes sino conseguir las divisas suficientes para transitar el último año y medio de mandato sin sobresaltos cambiarios y alguna recuperación de la actividad en 2015. Más aún, con financiamiento de los déficit gemelos, el tipo de cambio y las tarifas volverían a operar como anclas nominales para contener la inflación.

El atractivo político del camino del endeudamiento es indudable, ya que permitiría al oficialismo relajar el ajuste implementado en el primer semestre y cerrar su mandato con mayor popularidad. Sin embargo, al no corregir las causas de los desequilibrios (incluso se profundizarían) dicho rumbo nos lleva a una colisión en el mediano plazo. Lamentablemente, que se disipe la niebla (se abra el financiamiento tras solucionarse el tema de los holdouts) no implica que lleguemos a buen puerto.

La clave detrás de una política exitosa de endeudamiento es el para qué. El financiamiento externo sólo será beneficioso para el país en la medida en que ayude a solucionar las causas de los desequilibrios económicos existentes. Sabemos qué sucede cuando se acumula deuda pública para barrer los problemas debajo de la alfombra: no deberíamos tropezar más con la misma piedra.

Esperemos que el próximo presidente electo no se vea tentado por el canto de sirenas del endeudamiento externo, y que lo utilice sabiamente como un instrumento para lograr el desarrollo del país. Tampoco hay que olvidar la importancia de cimentar instituciones fuertes (confianza en la moneda local, alternativas de ahorro interno, una justicia imparcial, etcétera) que nos permitan una inserción inteligente en el mundo. Este es el principal desafío económico a futuro: dejarle a la próxima generación un país avanzado y no endeudado por encima de sus posibilidades.

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