Más allá del desempleo

Otros indicadores del mercado de trabajo

(Columna de Jorge A. Paz, economista, investigador del CONICET y del IELDE)

Haber alcanzado un nivel de desempleo razonablemente bajo obliga a plantear la discusión del mercado laboral desde otra perspectiva. Es lo que ocurre en la Argentina actual con una tasa de desocupación de alrededor del 7% que, si bien es alta con respecto a muchos otros países, es mucho más baja que registrada en el país luego de la gran crisis de 2001-2002. En principio, 7% de desempleo significaría que el mercado laboral no está funcionando mal y que la actividad económica agregada no se encuentra tan lejos de su máximo potencial productivo.

Sin embargo, tal como se vino argumentando desde esta columna, la situación del mercado de trabajo dista de ser satisfactoria. Para concluir esto sólo hay que mirar indicadores alternativos a la tasa de desocupación: la proporción de asalariados sin aportes a la seguridad social o trabajadores ocupados en empleos de baja productividad y, por ende, de bajos ingresos, entre otros.

¿Qué es lo que puede verse, entonces, si se combinan más indicadores de la situación del empleo en el país? La idea sería explorar la situación de la Argentina centrando la atención en la población que presenta problemas de empleo más que únicamente desempleo; o solamente empleo asalariado informal o precario, etcétera. Esto proporcionaría orientaciones útiles para la política pública a la vez que permitiría cuantificar el volumen de población del país que podría ser el blanco de dicha política.

Más allá del desempleo

Ir más allá del desempleo implica explorar en la estructura del empleo y, en consecuencia, en el conjunto de dimensiones que la constituyen. Un “buen empleo” puede ser definido en términos de su productividad, de la remuneración quepercibe el trabajador, como así también de la medida en que su ejercicio permita asegurar el cumplimiento de los derechos de aquellos que los desarrollan. Derecho a una remuneración acorde con la productividad, a una intensidad razonable en términos de secuenciación de tiempos de trabajo y de descanso, de compatibilidad entre el estilo de vida valorado por las personas y su desarrollo profesional. Un “empleo bueno” puede definirse también en términos de su contrapuesto: el “empleo malo”. Podría decirse que un mal empleo es aquel que no permite al trabajador desplegar su potencialidad productiva (un puesto de tareas simples, que no requieren cualificación especial para ser desarrolladas), de baja productividad y remuneración asociada; un empleo que, independientemente de todo, exija el cumplimiento de más horas que aquellas que permiten a las personas dedicarse a otras actividades por ellas valoradas (actividades de ocio o de recreación, por ejemplo), o que no le permita trabajar más para obtener un ingreso más elevado, y así.

Al combinar estas características se podría caracterizar en términos multidimensionales un empleo y contar la cantidad de trabajadores o de población económicamente activa (PEA) que tiene alguna de esas características. Este indicador, algo así como una “tasa de problemas de empleo”, daría una indicación más completa de la situación del mercado laboral, la cual podría incluir la falta de trabajo –el desempleo– como la manifestación extrema de esos problemas de empleo.

El desafío sería entonces mirar dentro de la población económicamente activa y conocer más la situación actual y su evolución a lo largo del tiempo. Con datos de fines de 2013 calculamos que en la Argentina alrededor del 76% de la PEA tiene al menos uno de los problemas de empleo listados, y que alrededor del 40% tiene más de dos privaciones en el campo laboral. Estas cifras contrastan claramente con el 7% de la desocupación mencionado antes. Además se pudo comprobar que el promedio de privaciones en el país es de 1,3, esto es, que hay más privaciones que PEA, o bien que cada componente de la PEA tiene en promedio más de una privación.

Oferta y demanda

Estos problemas de empleo pueden provenir también de los propios trabajadores y no sólo se desprenden del puesto que les toca desarrollar. Así, la escasa educación formal o la capacitación específica son limitantes que impiden a las personas a acceder a los “buenos” puestos de trabajo. Cabe mencionar también situaciones familiares (como por ejemplo el desempleo, la enfermedad o la muerte del principal aportante de ingresos de un hogar) que conduzcan al trabajador a trabajar más horas que las consideradas adecuadas y suficientes. Esto es, los problemas de empleo requieren mirar no sólo las características del puesto (la demanda de trabajo) sino también de los trabajadores que van a ocuparlos.

El diferenciar estos dos elementos conduce a pensar la política justa para cada tipo de problema que habrá de atacarse. Todo lo dicho es de vital importancia, dado que el trabajo es el principal activo con que cuentan los hogares en el país. Alrededor del 85% de la población ocupada vive de los ingresos que genera en el trabajo. Al decir vive, se quiere significar que se alimenta, alimenta su familia, educa a sus hijas e hijos, y se integra socialmente. El trabajo también le permite satisfacer otro tipo de necesidades, desde la cobertura por posibles problemas de salud, hasta la situación económica durante la etapa pasiva (jubilación y/o pensión). Lo anterior es una forma de afirmar que el trabajo no sólo importa en sí mismo, sino como uno de los principales medios de desplegar las capacidades de las personas.

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