La meta del trabajo productivo y joven

La Argentina que viene

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En la Argentina hay dos desafíos de mediano y largo plazos. El primero es crear puestos de trabajo productivos y formales. En la Argentina existen cerca de siete millones de trabajadores con ocupaciones precarias, que llegan a representar el 39% de los puestos ocupados. Esto es, prácticamente, cuatro de cada diez ocupados se desempeñarían en empleos precarios y de baja productividad.

Además, las últimas cifras de evolución del empleo muestran que desde el año 2008 se halla estancada la generación de empleos en el sector productor de bienes transables, lo cual coincide con el período en que han comenzado a sentirse con más intensidad los problemas de competitividad en la economía. Así, en los últimos años se contrajo sostenidamente la participación del empleo formal en el sector transable (alcanzando casi al 22% del total) y se acentuó una mayor participación de los puestos en el ámbito público, que llegaron a representar el 20% del total de trabajadores asalariados formales. De modo que la participación del empleo transable en el total resulta en 2014 sustancialmente menor que la que existía en 1998. En este contexto, la Argentina enfrenta el desafío de lograr mercados laborales más inclusivos y promisorios, en línea con los objetivos de desarrollo productivo local correspondientes a las características propias de cada región.

Para sacar en forma sostenida a la población de la pobreza, la Argentina necesita definir un modelo económico que asegure la creación de empleos productivos, con un sector transable competitivo, que aproveche las ventajas comparativas estáticas y dinámicas de cada región del país. En ese camino podrán superarse las restricciones que imponen la pobreza y la marginalidad, logrando condiciones sustentables para afianzar un desarrollo equilibrado y dotado de mayor equidad.

El problema de los ni-ni

El segundo desafío es, sin duda, incluir a los jóvenes ni-ni al mercado laboral. En el transcurso de los últimos años se ha incrementado la proporción de jóvenes que no estudian, no trabajan, ni buscan trabajo. Por este motivo, entre los problemas sociales y del mercado laboral, un primer conjunto que debe ser focalizado corresponde a aquellos jóvenes de entre 18 y 24 años, aquellos que se encuentren en edad de haber culminado sus estudios de nivel medio y deban insertarse en la vida adulta.

Evolución de la tasa de empleo público y privado registrado (transable y no transable) con relación a la población total  Índice Base 1er. Trim. 1998 = 100

Fuente: IERAL de Fundación Mediterránea sobre la base de MECON e INDEC.

Para el primer semestre de 2013 existía 15,3% del total de jóvenes de dicho rango etario en esa condición, cuando hacia el año 2003 la incidencia de jóvenes ni-ni alcanzaba al 13,1%. Pero la “no participación” de los jóvenes en el mercado laboral no es el único inconveniente. Entre los jóvenes activos laboralmente, se observa que la tasa de desempleo juvenil (para aquellos de entre 18 y 24 años) casi triplica a la tasa de desempleo general de la economía pero que, además, ha alcanzado un nivel mínimo que roza el 20% (respecto al total de jóvenes activos), más allá del cual no pueden lograrse mayores reducciones. Asimismo, entre los jóvenes que consiguen empleo, la mayoría sólo logra insertarse en puestos de baja calidad. Uno de los indicadores más trascendentes para analizarlo implica observar la incidencia del empleo asalariado informal, que alcanza al 54% de los jóvenes ocupados en puestos asalariados.

En suma, por las escasas oportunidades de inserción y progreso en el mercado laboral, fundamentalmente entre grupos vulnerables que requieren estrategias activas en este sentido (como es el caso de los jóvenes), el cumplimiento de la meta del trabajo decente aparece todavía lejano.

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