China #1

¿Cómo será el mundo con el Gigante en la cima?

(Columna del economista Ramuiro Albrieu, profesor de la UBA e investigador del CEDES)

El ya mítico tour de Deng Xiaoping al sur de China para “difundir la palabra de la reforma” en 1992 dio inicio a una etapa de aceleración del crecimiento del país asiático sólo comparable con el ascenso de Estados Unidos en la segunda mitad del Siglo XX o Europa occidental en el Siglo XVII y XVIII. Las recientes estimaciones del International Comparison Program del Banco Mundial colocan al PIB total de China por encima del PIB de Estados Unidos, lo que implicaría el primer cambio de guardia en la economía global desde 1872 (cuando la economía norteamericana sobrepasó al Reino Unido). A pesar de algunas voces que opinan lo contrario, hay consenso sobre la permanencia de esta tendencia con la reforma en curso en China (el rebalanceo), de manera que podemos decir que estamos frente a una nueva normalidad para la globalización.

¿Qué nos deparará un mundo guiado por China?

Ante otro escenario

Las modificaciones en la dinámica del PIB mundial que mencionamos más arriba representan sólo un signo de la creciente importancia de China en la economía global. Al concentrarnos en las relaciones entre los países, vemos que los indicadores de comercio internacional muestran un cambio estructural aún más profundo. Las exportaciones de China aumentaron de manera espectacular desde la adhesión a la OMC en 2001, y pueden crecer aún más con la obtención de la condición de “economía de mercado” en 2016. China es ahora el mayor exportador del mundo y el segundo importador, sólo superado por Estados Unidos. Su centralidad en el comercio internacional es indiscutible, desplazando ya a Estados Unidos y Alemania como el principal socio comercial de más de la mitad de los países del mundo.

En las finanzas globales, los cambios también están ocurriendo rápidamente. De hecho, en el top-4 de acreedores internacionales (tomando la medida activos internacionales menos pasivos internacionales) se encuentra China, junto con Alemania, Japón y Arabia Saudita. El creciente papel de China como “financista global” durante los últimos diez años hace que el país asiático se haya convertido en un actor clave en las finanzas internacionales, muchas veces actuando a contramano de las instituciones globales como el FMI o el Banco Mundial. Incluso con la reciente tendencia a la apreciación del renminbi, los activos externos netos de China superaron en 2011 a los de Alemania y los de los países ricos en petróleo como Arabia Saudita. Tomando Japón y China como a un todo, es evidente que una de las características de la economía mundial poscrisis será la pax asiática, es decir, el surgimiento de Asia como la principal fuente de financiamiento para el resto del mundo.

¿Cómo alteran estos nuevos desarrollos las condiciones relativas de los mercados internacionales de bienes y activos? En primer lugar, si se desagrega el comercio exterior aparecen patrones de exportaciones e importaciones muy diferenciados. Básicamente, China es un país que exporta manufacturas de origen industrial (alrededor del 70% de las exportaciones totales)e importa materias primas y sus manufacturas asociadas (más de un tercio de las importaciones totales). Una década y media atrás, el perfil de comercio exterior era bien distinto, y detrás de este cambio estuvieron las características del modelo de crecimiento: las mutaciones en la estructura de las importaciones, por ejemplo, se derivan directamente de la rápida urbanización y el auge de la inversión.

Todo ello aumentó la importancia de China en la esfera global, pero también modificó los precios relativos a favor de las materias primas, lo cual no tiene nada de extraño si se recurre a la historia y se piensa que ocurrió algo similar con la aceleración del crecimiento durante la primera globalización a fines del Siglo XIX.

Finanzas e inversiones

En cuanto a las finanzas, la estrategia de crecimiento guiado por las exportaciones llevó a un aumento en la tasa de ahorro global, representando una cara de los desbalances globales, y motivando una reducción en el costo global del dinero. Pero a diferencia de otros países exportadores de capital, el exceso de ahorro chino se destinó fundamentalmente a activos libres de riesgo. Para entender este punto basta con comparar la cartera de activos externos de los financistas globales que mencionamos más arriba. Tanto Alemania como Japón destinan ocho de cada diez dólares a activos de riesgo, mientras que la cartera de China y la de Arabia Saudita están sesgadas hacia las reservas. De hecho, en China siete de cada diez dólares se asignan a estos activos líquidos. En tanto sólo los países desarrollados pueden emitir esta clase de activos, ello direcciona los flujos de capital en un sentido contrario al esperado por la teoría: de los países en desarrollo a los países desarrollados. Además, como la emisión de esta clase de activos por parte del sector público es relativamente inelástica, son los mercados internacionales de capital los encargados de absorber buena parte del exceso de demanda, y seguramente allí se encuentra una de las causas de la crisis subprime –y de las crisis futuras por venir–.

La emergencia de China también modificó los mercados de inversión directa. A diferencia de la estrategia japonesa, la política china de “puertas abiertas “ con respecto al capital extranjero, en práctica a partir de principios de 1990, generó un boom de entrada de capitales, lo cual sirvió para complementar el masivo desplazamiento de la fuerza laboral desde el campo a las ciudades.

La segunda y más reciente política tiene relación con la inversión extranjera hacia el exterior. China ha pasado a ser una de las principales fuentes de inversión extranjera en todo el mundo, a tal punto que en un artículo de octubre de 2013 The Economist se preguntó si es el “momento Rockefeller” para China, dada la presencia cada vez mayor de la economía asiática tanto en países desarrollados como emergentes (no libre de polémica, cabe agregar, particularmente en Africa). De hecho, los datos más recientes muestran que la inversión directa de China en el exterior acaba de superar a la inversión directa extranjera en China.

Por último, y en forma subrepticia, las economías occidentales van ajustando lentamente sus “parámetros estructurales” a esta nueva normalidad de la globalización. No debe extrañar en un futuro cercano que tanto la tecnología como las preferencias y los hábitos de la economía asiática se mezclen con aquellas que popularizó la supremacía norteamericana (y antes la europea). Por lo pronto, la marcada asincronía entre el ascenso de China y la relativa quietud de las estructuras de gobernanza global (FMI, Banco Mundial, OMC) dan cuenta de que no será un proceso libre de rispideces.

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One Comment

  • Boris dice:

    “deEstados Unidos en la segunda mitad del Siglo XXI”

    Creo que debería decir Siglo XX .y, ya que estamos, falta un espacio antes de “Estados”.

    Saludos!

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