El dólar y el humor social

Un vínculo íntimo

En pocos días, un gobierno puede pasar a ser considerado hegemónico y acusado de intentar perpetuarse a ser considerado débil y rodeado de dudas sobre la posibilidad de concluir su mandato. La marcha de la economía es el elemento que explica semejante volatilidad. Más aún: una sola variable es en realidad la determinante y esa es la cotización del dólar.

Cuando se producen las corridas parece que la crisis es inevitable y esa percepción, a su vez, potencia la huida del peso. Por otra parte, cuando el mercado cambiario entra en etapas de mayor tranquilidad porque se incrementa la oferta de dólares o porque se supone que llegó a un nivel que el Gobierno puede sostener – al menos por un tiempo– la situación parece estar controlada. Y esto es así a pesar de que nada haya cambiado en el resto de la economía porque la inflación sigue alta, la creación de empleo privado continúa estancada y una recesión –aunque moderada– asoma como inevitable.

De allí la preocupación de las autoridades con la evolución del dólar y su reacción cuando comenzaron a derretirse las reservas y la brecha entre el oficial y el paralelo llegó a niveles muy altos. Fue tanto el temor a perder el manejo del proceso económico que se tomaron medidas que hubiesen sido impensables tiempo atrás porque estaban totalmente alejadas de la práctica y de la retórica del Gobierno. Así se produjeron una fuerte devaluación y una abrupta suba de tasas. Esta sensación de control de las variables es la que se necesita en la etapa más álgida de las negociaciones salariales. Se pretende que los aumentos no superen el 30% y de allí que sea clave que el dólar se mantenga quieto y que se demore cualquier ajuste tarifario.

Pero esta situación de mayor tranquilidad cambiaria puede ser transitoria si se percibe que, por efecto de la inflación, el dólar vuelve a atrasarse. En ese caso retornará la puja cambiaria y con ella la sensación de que la economía está fuera de control. Así se vuelve al punto de partida de siempre: la necesidad de poner en marcha un esquema creíble para bajar la tasa de inflación. Y el Gobierno debería aprovechar esta etapa para ponerlo en marcha.

También resulta clave continuar con la política de normalización de relaciones económicas y financieras con el resto del mundo que comenzó hace unos meses. Eso permitiría abrir la puerta al financiamiento externo, que si bien significaría arriar la bandera del desendeudamiento levantada por el Gobierno, descomprimiría el mercado cambiario. Además, evitaría una recesión más pronunciada porque de lo contrario habría que obtener más dólares de un superávit comercial mayor, que se lograría disminuyendo las importaciones a partir de un menor nivel de actividad. Si el Gobierno ya dejó de lado algunas de sus consignas por temor a perder el control de la situación económica con su consecuente impacto político, no se entiende porque no lo haría también con el endeudamiento. Se aliviarían, simultáneamente, muchas presiones en un momento decisivo.

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