Apostando al 2015

Concentrar las medidas impopulares

El kirchnerismo, dicen los que saben, hay que analizarlo por lo que hace y no por lo que dice. En momentos como el actual, cuando la disociación entre lo dicho y lo hecho exhibe niveles crecientes (y se agrava aún más, paradójicamente, en los cuadros más “técnicos”), la advertencia se asemeja a una regla de oro. Lo que dice es harto conocido por todos: está todo bien en líneas generales. Siga siga. Cuanto mucho, se dirá que estamos ante una nueva etapa que requiere nuevos instrumentos.

Pero, mientras se dice eso, hay un activismo económico que nos veía desde hace mucho tiempo. El kirchnerismo está cambiando políticas, orientaciones, funcionarios, montos, aliados. Muchas cosas se mantienen, desde ya. En el pasado, un “cambio” de estas características fue empaquetado bajo el título de planes o programas. Ahora no se va a hacer, pero se podría. “No lo dicen…es un plan”, es el título de uno de los últimos informes del Estudio Bein. Y la implementación del (no) plan avanza, y rápido. Enfrascados en el corto plazo es difícil recordar todo lo que cambió luego de las últimas elecciones legislativas, pero fue mucho.

Muchos especulaban con que el retiro paulatino de los subsidios comenzaría luego del final de las paritarias, y no en el punto más candente del conflicto docente, con un paro nacional que amenaza con inmovilizar hasta los alfileres el 10 de abril (como prometieron sus autores intelectuales), con los salarios viejos y los precios nuevos y tan sólo dos meses después de devaluar el peso como nunca antes desde 2003. Sea por necesidad o por convicción, o un mix de ambos, el Gobierno está muy comprometido con el programa de ajuste. “Parece un programa del FMI”, chicanean, no sin razón, desde la oposición.

La última novedad son las “medidas fiscales”. Era uno de los exámenes más anticipados y ácidos: empezar a retirar los subsidios a la clase media que tanto rédito político le dieron al Gobierno. La “pata fiscal” era, precisamente, la que le faltaba al modelo para enderezar el rumbo de las cuentas públicas, reducir la presión sobre el BCRA (y la inflación) y, también, en el tipo de cambio. Si fuera por ideología, los subsidios seguirían in eternum; ahora, los costos de seguir financiándolos superan a los beneficios. Los cambios que ha realizado el Gobierno en los últimos meses fueron inesperados para muchos. Y la tendencia, se espera, seguirá en los próximos meses.

Los escenarios de crisis y/o de “chavización” parecen haberse descartados, aunque todavía nadie ve la luz al final del túnel del ajuste y la situación empeorará antes de que mejore. Por ahora, la economía estará cada vez más fría y la inflación, cada vez más alta. Nadie descarta, tampoco, un nuevo salto cambiario que, de ocurrir, sería otro shock negativo para el nivel de actividad y la inflación. Asimismo, y mientras todos siguen encandilados por “la macro”, es muy probable (aunque, Indec mediante, no cuantificable) que se esté deteriorando, y con una velocidad considerable, el cuadro social, básicamente por la elevada inflación de los alimentos y bebidas, la suba de otros precios sensibles de la canasta popular, la licuación de muchas de las prestaciones sociales (las jubilaciones, otrora las transferencias que más crecían por encima de los precios, incluidas) y los problemas que hay con la demanda de empleo, que siempre son mayores en el inmenso circuito económico informal. ¿Habrá problemas en “la calle”? Si la inflación no cede unos puntos, si la actividad se deprime más de lo esperado o si la “paritaria social” no se actualiza a niveles razonables, habrá que ver.

Apostando al 2015

Pero, dada la viralidad con la que el Gobierno decidió ajustar la economía, la hipótesis de que esté apostando todo a que la economía mejora para el año presidencial adquiere más validez. “Si bien este giro de la política económica no se presentó como un programa económico tradicional, sino que se planteó como el resultado de una corrida del mercado, lo cierto es que la estrategia apunta a ganar grados de libertad en el manejo de las variables en los próximos 21 meses apuntando a transitar un 2015 más holgado a costa de una tasa de inflación más elevada que la prevista hasta ahora en nuestro escenario base, y un freno mayor en el nivel de actividad”, dicen desde el Estudio Bein.

“Lo que haya que hacer, hagámoslo rápido”, le dijo M. Angel Pichetto a Julio Cobos en la memorable madrugada de 2008 del “no positivo”. Ese pedido, o súplica, parece haber vuelto hoy al Ministerio de Economía. Estratégicamente, entonces, lo que parece errado (tomar todas las decisiones “poco felices” juntas) o muy arriesgado en el corto plazo, puede no serlo dentro de una estrategia de más alcance, ya que aún falta mucho para los comicios y el Gobierno necesita tiempo para que los beneficios del ajuste (algo menos de inflación –o estable-, tranquilidad cambiaria, algo más de consumo, mayor apertura del cepo, menos inestabilidad laboral, relajamiento de las importaciones, posibilidades de ahorro en pesos, más competitividad para los sectores transables y la posibilidad de que el país coloque deuda afuera) comiencen a sentirse. Los electores votarán de acuerdo a cómo estará la economía en octubre de 2015 y no en base a lo que pasó en marzo de 2014.

¿Es posible que el ajuste funcione, entonces? Algunos consultores, al menos, los están incluyendo como un escenario posible. “En el escenario optimista, el Gobierno promueve algún ajuste fiscal y recupera el acceso al crédito externo, logrando así prolongar la actual pax cambiaria y construir un puente de relativa estabilidad hasta el final de su mandato en 2015”, sostiene Federico Muñoz en su último informe de proyecciones. Si el Gobierno juega bien sus cartas, la economía durante las próximas elecciones puede no ser tan negativa como muchos, incluidos los que quieren suceder a Cristina, creen.

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