Las instituciones y el desarrollo

La visión de Daron Acemoglu

¿Qué necesita un país para crecer sostenidamente y desarrollarse? ¿Recursos naturales en abundancia? ¿Líderes políticos honestos? ¿Una cultura o un “espíritu capitalista”, como sugería Max Weber? Si bien son bienvenidas, ninguna de estas variables determina, per se, que una Nación crezca, se desarrolle y, al decir del economista Daron Acemoglu, “triunfe”. Lo que precisan, aquello que constituye el sello distintivo de los países desarrollados, son instituciones económicas inclusivas. Ese es el hallazgo que Acemoglu, junto a su colega James Robinson, encontró luego de una década de investigación y que plasmó en el libro “Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza”, publicado en 2012, y repitió esta semana en Buenos Aires, invitado por el IAE Business School, UdeSA, UNSaM, CIPPEC, la agrupación RAP y financiado por una entidad empresaria.

¿Qué son, entonces, las instituciones económicas inclusivas? ¿Cuál es la llave al desarrollo que encontró este economista de origen turco, formado en la Escuela Económica de Londres (LSE) y que dicta clases en el Massachusetts Institute of Technology (MIT)? Según Acemoglu, estas instituciones son las encargadas de generar incentivos y crear oportunidades. Esas son sus funciones básicas. ¿Cómo lo logran? Asegurando los derechos de propiedad; ofreciendo una Justicia que, valga la redundancia, sea justa; asignando premios a los innovadores; generando opciones de trabajo que sean compatibles con los deseos individuales y “nivelando el campo de juego” para todos, lo cual incluye, entre muchas otras cosas, la oferta educativa.

Opuestas a estas instituciones inclusivas están las extractivas, que ostentan su apodo no por depredar el medio ambiente sino por quitarle recursos a un sector de la población para dárselos a otros. La tesis de Acemoglu y Robinson es que las instituciones económicas extractivas conviven con instituciones políticas que tienen el mismo sesgo. Hay, sostienen los autores, una connivencia entre las élites políticas y económicas. Cualquier similitud con el “capitalismo de amigos”, término que Roberto Lavagna chapea haber ingeniado, (no) es plena coincidencia. “Las naciones fracasan cuando concentran el poder en pocas manos”, dijo Acemoglu en una entrevista al diario Clarín previa a su visita. Por lo tanto, dispersar el poder político es un requisito para cambiar las instituciones económicas.

Las diferencias

Un caso de estudio “fascinante”, según Acemoglu, es Corea. Pese a la homogeneidad original de ambas coreas, los norcoreanos están entre los más pobres del mundo mientras que sus vecinos del sur, entre los más ricos. “Corea del Sur forjó una sociedad que creó incentivos, premió la innovación y permitió que todos pudieran participar de las oportunidades económicas. El éxito económico que generó fue sostenido porque el Gobierno fue controlado y debió responder a las mayorías ciudadanas”, explica Acemoglu. Las diferencias actuales, según su teoría, responden a la calidad de sus instituciones.

Y, ¿entonces?

Lo positivo de los hallazgos de los autores es que no adscribe a la tesis, conocida por estas pampas, que sostiene que “pobres habrá siempre” y que hay países condenados.  Pero tampoco a otra tesis, también conocida por estas latitudes, de “países condenados al éxito” por sus excelentes dotaciones de recursos. Los críticos del trabajo de Acemoglu y Robinson le endilgan que la capacidad analítica retrospectiva de los autores queda opacada por la escasez de propuestas o líneas directrices. No hay un “esto es lo que hay que hacer” en su teoría. Pero ese no es el objetivo de su trabajo.  Más bien, el mensaje es que hay que avanzar hacia una democracia, tanto política como económica, más plena. Este año se cumplen 30 años de democracia ininterrumpida en el país.  El mensaje es claro: hay que ir por más.

 

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