Milagros y oportunidades

Las cuatro claves

(Columna de opinión de Carlos Leyba)

No debería haber ninguna duda acerca de que la performance de largo plazo de la economía argentina es decepcionante, tanto en relación a las aspiraciones colectivas como en cuanto a la percepción generalizada de lo que podemos esperar de nuestro potencial versus lo que efectivamente hemos realizado.

En los treinta años que van de 1974 a 2004 –Indec no cuestionado– el PIB por habitante de la Argentina creció, de punta a punta, 3%. No creció. Estancamiento. En cada una de esas tres décadas, aunque cueste creerlo, se celebró “un milagro económico”. Los oficialistas de cada período aplaudían, y era tan fuerte el predominio del exitismo que los opositores, en silencio, envidiaban “el éxito”. Durante la gestión de J.A. Martínez de Hoz el “milagro” fue, para los sectores de mayor poder económico, el equipamiento de bienes durables y automóviles de alta gama importados, y las tasas de rendimiento, en dólares, que en una semana aquí cubrían un año en Estados Unidos gracias a la conversión por la tablita. Los sectores medios festejaban el “déme dos” de Miami o la posibilidad de hacerlo. Con Raúl Alfonsín el “milagro” fue el avance del Plan Austral contra la inflación. Los radicales decían “ahora sí”. Y con Carlos Menem el “milagro” fue la estabilidad convertible más el mismo equipamiento de Martínez de Hoz. Ante cada “milagro” los oficialistas de turno tenían tal convicción de que, entre los opositores, se mascullaba envidia por la “suerte” de los oficialistas. Los tres milagros nunca fueron tales. Y estallaron por los aires.

Igual que los prodigios del alquimista Marco Bragadino, que asoló a Venecia con sus “milagros” hasta que lo decapitaron. El embajador don Francisco de Vera y Aragón, en febrero de 1590, le escribió a José Vázquez de Acuña una misiva que decía: “Espántame mucho que (…) siendo tan cuerdos quieran estar pertinaces en creer que con polvos y agua se puede hacer oro, que yo jamás creeré aunque lo vea”.

Aplausos inconducentes

Los alquimistas económicos de aquellos años lograban cosas con “polvos y agua”. Pero acumulaban una pendiente de decadencia que sintetiza el crecimiento de 3% del PIB por habitante en treinta años. Todos los períodos previos fueron de crecimiento (y sin esos milagros). En 1884/1914, el crecimiento del PIB por habitante fue 67%; 40% entre 1914/1944, y 60% entre 1944 a 1974.

¿En que consistieron los “polvos y agua” de treinta años de decadencia? El paradigma neoliberal. Produjo el ocaso de los precios sombra y del Estado en la inversión; logró el predominio de la tasa de interés como racionalidad de los proyectos, y puso a cargo a los gestores financieros. Nunca sacaron los dientes de la presa. Esa visión “financiera y de mercado”, en definitiva, instaló el presente en el alfa y omega de todas las decisiones, y desplazó al pasado las estrategias de largo plazo que corresponden al desarrollo del potencial de crecimiento que es lo que importa. Veamos.

Las cuatro claves

Primero, la productividad. Ella no es consecuencia ni del incremento del capital ni del número de trabajadores. Depende de la organización colectiva, de la cultura de trabajo y del sistema de confianza social, entre muchos otros factores. La “productividad” es la base de la ampliación del potencial. La innovación tecnológica es parte de ella. J. A. Schumpeter definió el capitalismo como “un sistema de propiedad privada en la que la innovación se financia con crédito”. En Estados Unidos, la investigación y desarrollo (I+D) representa 2,8% del PIB. La productividad está asociada a la innovación y al sistema de confianza social que incluye a la moneda y al sistema financiero. ¿Cómo estamos ahí?

En segundo lugar, está la acumulación de capital. La inversión, en la contabilidad nacional, tiene una trampa. La “inversión” en el PIB puede ser importante y, sin embargo, el potencial de crecimiento puede no aumentar. ¿Cuál es la trampa? Por ejemplo, toda construcción se computa como inversión. Pero no es razonable vincular construcciones residenciales de lujo o los complejos comerciales urbanos con el potencial de crecimiento de largo plazo. En realidad, a mayor construcción en Puerto Madero o de algunos shoppings gigantes, menor potencial de crecimiento. Por ejemplo, la población de Buenos Aires es la misma desde 1960 y ha crecido de manera exponencial el número de metros cuadrados por habitante. Ese crecimiento no aporta nada al crecimiento del potencial. Es ahorro esterilizado. Y nuestro problema es la bajísima inversión reproductiva oculta por la trampa de la contabilidad. La acumulación reproductiva es lo que hace al potencial e incluye además infraestructura económica (transporte y energía) y social (salud y educación). ¿Cómo estamos ahí?

El tercer factor es el número de personas en edad de trabajar en relación a los pasivos. Este es nuestro elemento más favorable de los hasta aquí mencionados. Pero nuestro problema es el retroceso educativo y el peso (20%/30%) de la pobreza en esta demografía favorable que, a su vez, afecta estructuralmente al nivel educativo. En educación superior, Estados Unidos (2009) invierte, en dólares a la paridad del poder adquisitivo, US$ 29.000 millones por año y US$ 14.000 millones Europa. ¿Cómo estamos ahí?

El potencial de crecimiento está asociado a la productividad, a la inversión y a la demografía. Pero estos tres factores están adjetivados por innovación, carácter reproductivo y educación.

El cuarto factor es el de la naturaleza. Nosotros tenemos muchísimo para computar en cartera, y mucho para sumar activamente. En nuestro caso, las fuentes no convencionales de la energía convencional (Vaca Muerta), la riqueza minera y el potencial agrario, constituyen una base de potencial de crecimiento que requiere que se pondere con la perspectiva de las consecuencias ambientales y sociales, y bajo el principio de que el beneficio de largo plazo tiene que demostrar ser mayor al costo para no convertirse en “polvo y agua” o “pan para hoy y hambre para mañana”. ¿Cómo estamos ahí?

Liberar el potencial

El crecimiento de esta década ha sido importante. Mucho lo debemos al punto de partida y a los términos del intercambio, que no entran en la expansión del crecimiento potencial. Ha habido, y aún hay hoy, muchas cosas importantes y favorables comparadas con el estancamiento de treinta años. Pero hay mucho de encandilamiento. La única manera de tener un juicio ponderado y sensato sobre el presente, y más relevante, sobre el futuro instalado es interrogarnos sobre productividad, inversión y demografía o más precisamente sobre innovación, acumulación reproductiva y educación. Y lo que estemos haciendo en torno a ello. ¿Cómo estamos ahí?

La conclusión es que todavía no empezamos ese camino; nos falta energía en los pasos o no tenemos el mapa bien trazado. Esas carencias pueden erosionar lo mucho que se ha avanzado. Tenemos la experiencia de milagros, Bragadino y el plano inclinado de la decadencia. La presión o la demanda por más “potencial” son evidentes. Y el juicio de la historia de un buen gobierno pasa por cuánto hizo por el potencial, más que por el aplauso del brillo del presente. Es crucial capturar la oportunidad de la historia para no tener que escribir la historia de la oportunidad, que es con lo que empezamos esta nota.

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