La crisis de legitimidad de las finanzas

Tres lecciones del caso Barclays.

(Columna de opinión de Simon Johnson, ex economista jefe del FMI, profesor de la Escuela Sloan del MIT e investigador superior en el Instituto Peterson de Economía Internacional y coautor de varios libros. Project Syndicate, 2012)

La reciente salida de Robert Diamond de Barclays es un punto de inflexión. Desde luego, varios CEO’s de bancos importantes habían sido forzados a retirarse en el pasado. Chuck Prince perdió su empleo en Citigroup por haber corrido riesgos excesivos en el período inmediatamente anterior a la crisis financiera de 2008 y, más recientemente, Oswald Grübel, de UBS, fue despedido por no haber impedido transacciones no autorizadas que ascendieron a US$ 2.300 millones.

Pero Diamond era un banquero que, supuestamente, estaba en su mejor momento. Se decía que Barclays había superado la crisis del período 2008-2009 sin haber contado con apoyo estatal y, aunque recientemente se había descubierto que su banco había violado diversas normas (entre otras cosas, por determinados productos vendidos a los consumidores y por cómo había notificado las tasas de interés), Diamond había logrado distanciarse de los daños resultantes.

Las crónicas periodísticas indican que los reguladores estaban dispuestos a concederle a Diamond una especie de indulto… hasta el momento en que hubo un súbito y grave contraataque político. Diamond, a su vez, reaccionó y comenzó a apuntar su dedo acusador al Banco de Inglaterra. Y, a partir de allí, estaba claro que tenía que irse.

Tres lecturas

Del final de Diamond en Barclays se desprenden tres enseñanzas más generales. En primer lugar, el contraataque político no procedió de simples diputados o espectadores carentes de información y marginales al mainstream. Los políticos más importantes de todos los partidos del Reino Unido condenaron unánimemente las acciones de Barclays, en particular en relación con sus engaños sistémicos al informar sobre las tasas de interés, como quedó expuesto en el escándalo de la Libor. La Tasa de Oferta Interbancaria de Londres es una tasa de referencia fundamental para los préstamos en todo el mundo, y también para la fijación de precios de los derivados.

De hecho, el ministro de Hacienda del Reino Unido, George Osborne, llegó hasta el extremo de decir: “Si el fraude es un delito en los negocios ordinarios, ¿por qué no habría de serlo en la banca?”. De ello se desprende claramente que en Barclays se cometió fraude, una afirmación grave por parte del ministro de Hacienda de Gran Bretaña.

Después de cinco años de escándalos en gran escala en el sector financiero mundial, se está agotando la paciencia. Como escribió Eduardo Porter en The New York Times: “Los mercados más grandes permiten fraudes más grandes. Las grandes empresas, con hojas de balances más complejos, tienen más lugares en los que ocultarlos y los bancos, cuando llegan a ser demasiado grandes para que ningún gobierno permita su quiebra, tienen el incentivo mayor de todos”.

En segundo lugar, Diamond pareció pensar que podía enfrentarse al poder británico en su conjunto. Subordinados suyos filtraron el tenor de una conversación que afirmó haber mantenido con Paul Tucker, funcionario superior del Banco de Inglaterra, de la que parecía desprenderse que éste había dicho a Barclays que notificara cifras de tasas de interés inexactas. Diamond olvidó, al parecer, que la continuidad de cualquier banco con un balance grande en comparación con la economía nacional –y su capacidad para conseguir beneficios para los accionistas– depende enteramente del mantenimiento de una buena relación con los reguladores. Barclays tiene unos activos totales de US$ 2,5 trillones de dólares –aproximadamente, el tamaño del PIB anual del Reino Unido– y ocupa entre el quinto y el octavo puesto –según cómo se valoren los balances– del mundo en importancia. Los bancos de esa escala se benefician de enormes garantías estatales implícitas; eso es lo que significa ser “demasiado grande para quebrar”.

Al parecer, Diamond se creyó su propia retórica: que su banco y él eran decisivos para la prosperidad económica del Reino Unido. Los reguladores no aceptaron sus palabras y lo obligaron a dimitir. Ante esa noticia, el precio de las acciones de Barclays subió ligeramente.

Un camino largo

La enseñanza final que de ello se desprende es que los grandes enfrentamientos entre la democracia y los grandes banqueros están aún por llegar… tanto en los Estados Unidos como en la Europa continental. En la superficie, los bancos siguen siendo poderosos, pero su legitimidad sigue desmoronándose. Jaime Dimon, CEO de JP Morgan Chase, presidió este año decisiones financieras arriesgadas del tenor de casi US$ 6.000 millones (podríamos llamarlo “el desastre Grübel triplicado”) y, sin embargo, su empleo parece seguir estando seguro. Es más: Dimon sigue incluso en el consejo de administración del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, pese a que este banco está profundamente implicado en la investigación no sólo de las pérdidas en transacciones de JP Morgan Chase, sino también de su posible participación en el escándalo de la Libor, que va en aumento.

Como Dennis Kelleher, presidente de la agrupación Better Markets, documentó en un reciente testimonio ante el Congreso, dos años después de la aprobación de la legislación Dodd-Frank el sistema bancario de los EE.UU. sigue peleando mucho –y eficazmente– para socavar una reforma válida. El testimonio de Kelleher es una evaluación de lectura imprescindible, como también su declaración inicial ante el Congreso. Pero, aun así, se están logrando avances. Dimon es el rostro público de la resistencia de los megabancos a las reformas, por lo que las repetidas ocasiones en que ha quedado en ridículo en público fortalecen a quienes quieren frenar los excesivos e irresponsables riesgos a los que se han expuesto dichos bancos.

Entretanto, la situación europea parece explosiva. El planteamiento de la reglamentación bancaria hecho por la Unión Europea alentó a las entidades financieras a cargarse de deuda soberana, un activo supuestamente “carente de riesgo”. Ahora bien, dada la profunda crisis de la deuda soberana en la periferia de la zona del euro, las suspensiones de pagos estatales amenazan con arrastrar a los bancos grandes. El Banco Central Europeo ha facilitado mucha “liquidez” de emergencia a los bancos, que éstos utilizan para comprar más deuda soberana, lo que reduce sus tasas de interés a corto plazo, pero crea posibles pérdidas aún mayores en caso de una posible suspensión de pagos. L

os bancos y la política están profundamente imbricados en todas las economías avanzadas. Diamond descubrió que en última instancia los políticos vencen a los banqueros… al menos en el Reino Unido. Pero lo que de verdad importa es la legitimidad y la opinión pública informada. ¿De verdad se sigue creyendo en la dudosa idea de que los megabancos, tal como están constituidos actualmente, son buenos para el resto del sector privado y, por tanto, para el crecimiento económico y la creación de empleo? ¿O se está empezando a considerar más en serio la idea, cada vez más generalizada, de que los megabancos mundiales y sus dirigentes han llegado a ser, sencillamente, demasiado poderosos y peligrosos?

(De la edición impresa)

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