El reparto de la torta

¿La era de la desigualdad?

“La cuestión de la creciente desigualdad de los ingresos ahora está en la primera plana de la discusión pública”, sostienen los economistas del FMI David Coady y Sanjeev Gupta en un paper reciente titulado “Desigualdad de ingresos y política fiscal”. En los últimos años está claro que, al menos en el mundo desarrollado, la cuestión ha ganado protagonismo, especialmente luego de la implosión de 2008-2009. Aunque, como dicen Coady y Gupta, el problema ya lleva varias décadas. ¿Por qué salió al tapete ahora, entonces? En épocas de crisis económicas y alto desempleo, como las que atraviesan varios países desarrollados, el enojo del gran público con la política económica aumenta y los problemas salen a la luz. Máxime si se percibe que la “solución” para encararlos privilegia los intereses de los más poderosos y muchas de las medidas adoptadas implican el desarme de los Estados benefactores que fueron liminares para reducir la desigualdad durante los treinta años gloriosos de la segunda posguerra.

La actual coyuntura no invita a una proyección optimista sobre la evolución de la desigualdad en las economías avanzadas. Desempleo alto, crecimiento bajo, niveles de endeudamiento altos del sector privado y público y restricciones fiscales serán un combo nuevo con el que deberán lidiar y que, sin duda, conspirará contra un reparto más igualitario del ingreso nacional. Según Coady y Gupta, desde mediados de los ’90 el impacto redistributivo de la política fiscal y del esquema tributario (es decir, su capacidad para revertir las desigualdades de “mercado”) ha mermado y probablemente seguirá esa tendencia en los próximos años, dado que muchos países han comenzado un proceso de consolidación fiscal.

Coady y Gupta miden la desigualdad a través del coeficiente de Gini en base al ingreso disponible, es decir, los ingresos “de mercado” menos los impuestos más las transferencias estatales. De acuerdo a sus números, la desigualdad ha aumentado sin pausa desde 1980 en las economías avanzadas. Aún así, las economías avanzadas muestran un reparto mucho más igualitario que las demás regiones y tipos de economías estudiadas: Africa subsahariana, América latina, Asia-Pacífico, Oriente Medio y Norte de Africa. Las regiones más desiguales del mundo son América latina y Africa subsahariana. Si bien la foto es mala, la película es auspiciosa. En América latina, la desigualdad comenzó a caer con el cambio de siglo y en Africa subsahariana lo hace desde 1990. Pese al elevado crecimiento, sigue en niveles altos. En el ranking de desigualdad le sigue Asia-Pacífico, otra región estelar en términos de crecimiento acelerado, donde la distribución, pese a ello, ha empeorado en los últimos años. Más atrás aparece Oriente Medio y el norte de Africa, donde el reparto se ha mantenido inalterado en los últimos años. En Europa emergente, en tanto, la desigualdad es baja y con una tenencia levemente declinante.

El crecimiento es una condición necesaria, pero no suficiente, para resolver este desequilibrio. Según Coady y Gupta, la política fiscal y el esquema tributarios son las dos principales herramientas con las que cuentan los hacedores de política económica para revertir la desigualdad. Para los países emergentes, la receta es aumentar la recaudación para poder hacer política fiscal. Según sus datos, la principal causa del diferencial de desigualdad entre los emergentes y los avanzados es la debilidad de la política fiscal del primer grupo de países. También recomiendan reducir la dependencia de los impuestos regresivos y aumentar el alcance de los programas de transferencias de ingresos.

¿Tema nuevo?

La desigualdad en el reparto de la riqueza no es una cuestión nueva ni del Siglo XXI. Como muestra, basta leer lo que decía John Maynard Keynes allá por 1936 en “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero”: “Los principales inconvenientes de la sociedad económica en que vivimos son su incapacidad para procurar la ocupación plena y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos”. Sin duda, la desigualdad es una cuestión económica pero, al mismo tiempo, más que eso. La persistencia de altos niveles de desigualdad no es sólo un problema económico sino también social, político y ético, incluso.

En la edición de 2011 del Foro Económico Mundial de Davos, la desigualdad fue señalada como uno de los dos principales desafíos de los tiempos que vienen.

La gran pregunta es si, como dicen Coady y Gupta, la cuestión seguirá en el tapete y, en base a ello, qué rol ocupará en el diseño de la política económica. Todo indica que seguirá allí, especialmente si el desempleo sigue alto y el crecimiento brilla por su ausencia. Pero no será una discusión fácil. “El debate sobre las causas de la desigualdad es complejo y a menudo caótico, y en cuanto al modo de resolver el problema, puede ser más complejo aún”, sostiene el economista chileno Andrés Velasco, ministro de Hacienda entre 2006 y 2010.

Para algunos, la solución es promover el cambio tecnológico (aumentar la productividad y promover los sectores más modernos), ofrecer empleos de calidad y educar a la población para que pueda ocuparlos. Sin duda, nadie estaría en contra de ello, pero la capacidad de lograrlo a gran escala es baja en la actual economía global. Mientras otros creen que la solución consiste en incrementar la presión impositiva en la cúpula socioeconómica, otros creen que hay que reducirla para, de esa manera, incrementar la inversión. Mientras algunos están a favor de políticas redistributivas como las transferencias de ingresos, otros creen que sólo estimulan la “vagancia”. Mientras algunos creen que se necesitan mercados laborales rígidos y con sindicatos influyentes, otros abogan por más flexibilización.

Lo que está claro es que los debates serán intensos, y que no habrá soluciones fáciles. Un claro ejemplo es lo que ocurrió en EE.UU. con el proyecto de extender la cobertura del sistema de salud pública o la discusión que existe sobre si deben extenderse los recortes impositivos sobre los más pudientes. El reclamo social que comenzó a surgir en EE.UU. en 2011 ya está impregnando la política. “Podemos conformarnos con un país en el cual a una porción decreciente de la población le va bien mientras que una creciente proporción de americanos vive con lo justo. O podemos recuperar una economía en la cual todos tengan una oportunidad, cada uno aporta su parte y es regido por las mismas reglas del juego”, dijo Barack Obama, presidente de EE.UU., recientemente en plena campaña electoral.

Es una buena noticia que el tema hay entrado en agenda, y sería aún mejor que, más allá de las palabras, haya políticas contundentes para evitar que el Siglo XXI, como anticipan algunos analistas, pase a los libros como la era de la desigualdad.

(De la edición impresa)

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